El debate presidencia en Colombia del jueves 22 de mayo

La noche del jueves 22 de mayo de este año, se celebró un debate entre los candidatos a la presidencia de Colombia por el período 2014-2018. El debate se realizó por una de los dos más importantes cadenas de la televisión nacional y a pesar de haber sido calificado de antemano como “el gran debate”, no fue ni lo uno ni lo otro. La pobreza de los planteamientos, la carencia de programas efectivos para el desarrollo del país y la ausencia de planteamientos hacia una visión de corto y largo plazo brillaron por su ausencia. La más pobre de las intervenciones corrió por cuenta de Marta Lucía  Ramírez, quien en ausencia de un programa real y efectivo, se limitó a hacer duras críticas a la gestión adelantada por el presidente Santos. Zuluaga, no pudo escapar a los ofensivos  señalamientos de ‘títere’ que le hicieran los otros candidatos y se sostuvo en hacer unos planteamientos hacia el futuro que fueron precisamente de los que no se ocupó el gobierno anterior, aún cuando fue ministro de hacienda en ese período. Peñalosa, sigue sin convencer y, salvo en dos planteamientos estuvo claro, se mantuvo casi a la medida de la candidata Ramírez.  Clara López quiso brillar con luz propia con planteamientos diferentes y del corazón de su partido, el Polo, pero le faltó fuerza para diferenciarse de los otros candidatos y a la hora de establecer distancias pasó casi inadvertida. Le falta imagen, mucha imagen. El presidente santos, por su parte, quien no obstante detentar el poder presidencial desde el 2010, no estuvo a la altura ni como mandatario para defender ni para responder por graves omisiones, como lo son el grave estado del sistema de la salud en el país, el empleo decente y de primera y el daño ambiental que está causando su locomotora minera. A excepción del director de la cadena radial, al resto de los periodistas entrevistadores les faltó objetividad y contundencia a la hora de preguntar y más bien se limitaron a dejar al descubierto sus propias preferencias. En definitivas, la parte económica fue la huérfana del llamado debate, ya que no hubo referencia alguna seria, de fondo y capaz de plantear soluciones. Frente a todo este estado de cosas, nada diferente le espera al país con cualquiera de los candidatos en el poder, salvo con el candidato títere, que quizás sería el peor, por aquello de las chuzadas.

Cuento Los días de la neblina azul

Cuento

Los días de la neblina azul

Leonardo Gutiérrez Berdejo

Desde entonces, después de escuchar durante muchos días las palabras de su maestra, Jacinto sintió que no era el mismo. Advirtió con brutal crudeza que su cabeza era todo un caos. Sólo con el paso de los días y muy lentamente, sus ideas se han ido ordenando, aunque no como él quisiera. Se da cuenta de que el interés que antes tenía por muchas cosas ahora toma un rumbo insospechado y repentino. Con inusitada brusquedad, tira al cesto de la basura la colección de canicas de diferentes colores y tamaños; obsequia el aro que ha rodado casi a diario por las únicas doce o trece calles rectilíneas del pueblo en el que vive, y vuelve trizas la cauchera, la misma con la que tantas veces asustaba a las aves por su mala puntería. En abierta rebeldía, deja de ir a la iglesia. Esconde en cualquier lugar el librito de oraciones, las estampas y las medallitas con las imágenes de santos que el padre Javier, el cura del pueblo, viene regalándole en los últimos seis o siete años, desde cuando apenas era un niño. Ya no practica, como antes lo hacía, el fútbol, su deporte favorito. De respuestas rápidas y oportunas, perspicaz y de mente abierta a cualquier idea nueva, hoy se le ve más a menudo por la escuálida biblioteca municipal, que más parece un depósito de chécheres viejos. Aun así, se siente bien entre los escasos libros del lugar. Próximo a cumplir los quince años, espigado, de piel trigueña y cabellos negros y ensortijados, rebela una vivacidad contagiosa. Desecha varios proyectos infantiles, pasa menos tiempo con los amigos y se le nota más ocupado, elaborando aforismos, acrónimos, crucigramas y metáforas. A ratos se le ve más agitado, y juguetes de tiempos pasados terminan en otras manos o en el cesto de la basura. Rescata de un malogrado estante un viejo cuaderno en el que se encuentran varios versos que de niño había escrito. Los relee uno por uno, como si quisiera cincelarlos en su mente juvenil. Elimina de su computador el archivo de juegos y comienza a elaborar, por encargo, dedicatorias y cartas de amor para las novias y las amigas de sus compañeros. Hay días en los que una insolente sonrisa lo acompaña y, cargado de ilusiones, ostenta un activismo fuera de lo común. Cualquier día, su agudeza y su curiosidad lo llevan a preguntar por Nazim Hikmet y Neruda. Eso incomoda a su madre, que no sabe qué responder pero, sobre todo, sobresalta al padre Javier, a quien ella recurre para indagar por estos extraños nombres que ella en su vida jamás ha escuchado. Por él se entera de que Neruda era un poeta chileno comunista, y de Nazim Hikmet le dice que no sabe nada, aunque sospecha que debe ser otro poeta comunista, igual que Neruda.

–Esto me preocupa, padre –dice ella–, y de inmediato pregunta: –¿Qué se puede hacer?

–No es para alarmarse tanto, son cosas de la edad –comenta Rogelio, un amigo de la mujer y quien también se encuentra allí participando de la improvisada conversación en plena calle. –Se presenta justo con el paso de la puerilidad a la hombría –agrega éste con aire despreocupado. –Ese momento no es fácil. Ella no lo cree así. De lo más recóndito de su pensamiento o quizá de su ser, brota un hilo de desconfianza, y aferrándose a su instinto maternal prefiere creer que todavía es un niño y mira al padre Javier, dándole a entender su incredulidad por lo que afirma Rogelio.

–Es cierto, todo el mundo ha pasado por esa etapa. Pero el problema no es ese… sostengo que el problema es otro: son las ideas comunistas que le ha inculcado la nueva maestra de Ecología y Medio Ambiente en la escuela –replica el padre Javier, y se retira sacudiendo con sus manos un poco de polvo impregnado en la vieja sotana que lleva puesta, y dejando sola a la mujer, hablando con Rogelio. Éste, sonriendo un poco, también se retira después con el recuerdo de cuando era joven. También recuerda que había leído poemas de Neruda, algunos de los cuales le motivaron a participar en las jornadas de protesta contra la dictadura militar que se instauró en ese país al sur del continente. Extrae de esos viejos recuerdos “guerrero solitario, ángel de todas/ las latitudes, apareces/ tal vez en las sombrías cavidades/ de la mina,…”* ¡Oh, no!, Jacinto, tú no te hundirás en las oscuras cavidades de La Mina, no lo permitas, no dejes que… ¡no!… sé que eres un guerrero…, pero ¿alcanzarás a ser lo que este pueblo, en su silencio cómplice, clama?…, el intentarlo te costará caro. Mientras Rogelio se aleja con sus recuerdos, ella, por su parte, dirige sus pasos hacia la casa, como si en sus esqueléticos hombros cargara pesados bultos de pensamientos agobiantes.

En ciertos días, deambula risueño, de un lado a otro y sin rumbo fijo, y otras veces pasa las manos por sus cabellos, siempre alborotados al viento. La neblina azul de siempre, que mantiene a la gente en un estado de delirante y mágico sortilegio, se esconde a su vista. Jacinto parece escapar a ese hechizo. La magia que él cree ver en las palabras lo mantiene en un estado de ensueño. Y, entonces, la idea de la vida, de las cosas de la naturaleza y de la libertad, le domina todo el tiempo y lo mantiene absorto y envuelto en un torbellino de insólitas ocurrencias con las que parece desafiar el espacio, mirando cada noche hacia las estrellas… hacia el infinito. Confiado en lo que hace, se sorprende un poco de sí mismo cuando con determinación y voz firme dice un no, entintado de rabia, a la invitación de consumir alcohol y drogas. Oye decir a sus espaldas: “Tiene temple el muchacho”. Él nada dice y se aleja. Abandona algunas actividades… –de niños –dice él. Le dedica más tiempo a sus clases de violín, pues encuentra en la música una respuesta a sus inquietudes sobre la libertad.

– ¿Conciencia liberadora? No, no sé qué es eso –le confiesa a secas su madre, un día en que él se lo pregunta–, pero no creo que te sirva de mucho para vivir en este pueblo, y mucho menos me servirá a mí para aliviar mis días y mis largas noches de penuria y mi eterna carga de pobreza agrandada a cada instante. –Aquí en este pueblo –prosigue la madre–, la gente se ocupa en cosas prácticas, de esas que dan para vivir el día a día, pero no se ocupa en estar indagando por la vida y mucho menos por eso que me acabas de preguntar.

–Son cosas diferentes, son cosas del espíritu, de los sentimientos… de la vida interior de uno –dice Jacinto.

–Aquí la gente crece y estudia para emplearse en La Mina –le asegura ella.

 

La voz de su maestra parece acompañarlo adonde quiera que vaya. Con su ayuda, Jacinto crea el Grupo de Estudios Filosóficos y Literarios Roca Firme, Luna Viva. Es la primera vez que un grupo así de estudios literarios se crea en el pueblo y esto causa algún revuelo entre las gentes. Allí comienzan a estudiarse y discutirse temas y autores diversos. –Sin dogmas ni normas –se repite Jacinto a sí mismo, cada día, con sereno optimismo. También allí, en Roca Firme, Luna Viva, se incuba la sospecha de que la reforma de la educación y la enseñanza que pretende el alcalde está dirigida a preparar trabajadores para La Mina, a infundir una disciplina de esclavos y también a aceptar, sin chistar, el destino impuesto desde el más allá, predicado por el cura Javier.

– ¡Sólo pasividad y resignación!… ¡todo a favor de La Mina, del alcalde y del cura! –dice Jacinto en voz alta. Entonces su madre le dice que calle pero él sigue.

–Nunca más en la escuela se hablará de amor ni de la vida, y mucho menos del valor de la misma ni de la conciencia liberadora si se hace la reforma educativa del alcalde. Madre, por favor, respóndeme: ¿Quién platicará sobre la poesía, de las metáforas y de su sentido? –le pregunta a su madre.

–No sé de lo que me hablas, pero ¿quién puede vivir de la poesía? –le responde ella.

–No se trata de dinero únicamente…

–Entonces, ¿de qué se trata? Aquí en este pueblo la gente vive de trabajar en La Mima.

–Madre, se trata de la vida, de lo sublime, del amor, de la libertad, de… la lucha por la vida y por defender lo que nos pertenece. ¡Tú no querrás que yo me ahogue en La Mina!, ¿verdad?

–El alcalde dice que los poetas terminan locos, borrachos o presos por revoltosos.

– ¿Qué sabe el alcalde de poesía?

–No sé, pero es el alcalde.

–Él sabrá de lo que saben todos los alcaldes de todos los pueblos de este país: enriquecerse con los dineros de las regalías que paga La Mina y llevar a prisión a quienes se le oponen. Lo que el alcalde debe hacer es ir buscando un lugar donde pueda disfrutar del dinero que le han pagado por entregar La Mina… mientras pueda.

–¡Cállate, muchacho, cuidado alguien te escucha!

–Sí, ya sé que es peligroso, tiene ojos y oídos por todas partes, y es amigo del gobernador, muchos lo dicen aquí.

–Recuerda que es él quien recomienda a las personas que desean trabajar en La Mina, y tú estás a punto de terminar tus estudios y ya casi debes empezar a trabajar.

–¡Seré poeta, madre! Ese será mi trabajo. Quiero, con mi poesía, narrar lo que es este pueblo y lo que le pertenece; quiero expresar con metáforas cada color, cada emoción, cada sentimiento, para cambiar la historia de este pueblo, para que nunca más sea simplemente un pueblo perdido entre las montañas de este país.

–Por favor, Jacinto, dime qué vas a cambiar.

–Madre: las palabras están ahí frente a ti y frente a todos, flotando en el aire; basta con agarrarlas y ordenarlas para crear metáforas; las metáforas dicen todo, hablan por sí solas. Si las ordenas bien, ellas serán un canto y te harán ver las cosas como son, y, además, todos las entenderán. Si, por el contrario, no las ordenas bien, ellas te causarán problemas. ¡Yo voy a ordenarlas bien para que me entiendan!

–Nunca tendrás nada. Aquí las personas trabajan en La Mina para comprarse sus cosas.

–¿Cuáles cosas, madre, a qué cosas te refieres? La Mina no es más que polvo, sudor, lágrimas, fatiga y dolor para quienes trabajan en ella. Algún día se acabará toda la riqueza que extraen, los que hoy la explotan volverán a su país, y nosotros nos quedaremos con los huecos y nuestra eterna miseria.

–Algún día tú tendrás que comprarte la comida que te alimenta, la ropa que te viste y… no sé, aquello que necesites para vivir.

–Luego… ¿qué tanto se necesita para vivir? Yo no me compraré nada…

–Ya ves… ¿Así viven los poetas, sin nada?

–Julio Flórez tenía una finca, era ganadero y viajó mucho.

–¿Te refieres al poeta que está enterrado por allá en un pueblo muy lejos de acá? ¿Cómo se llama el pueblo?

–…Usiacurí, y él es el mismo que escribió “Mis flores negras”, la canción que tú cantas en algunas mañanas cuando amaneces contenta o triste, no sé, y el poema “La araña”, esa que te he escuchado declamar tantas veces muy despacito, eso sí, cuando estás contenta.

–¿Eso lo escribió él?

–Sí, eso lo escribió él y escribió muchos otros poemas.

–No creo que haya vivido de la poesía. Viviría del ganado o de la finca que tenía, como me lo acabas de decir. Tú tienes que hacer lo mismo, tienes que vivir de algo… como, por ejemplo, de trabajar en La Mina. El alcalde me dijo el otro día que Neruda terminó preso y que murió en la cárcel.

–¡Madre! ¡Neruda era un poeta que le cantó a la libertad, le cantó al amor, a las estrellas, a la noche, a la lucha de los obreros… en fin… le cantó a la vida!… y no “se murió”, como dice al alcalde… lo…

—Pero terminó preso… ¿por qué terminó preso?

—No terminó preso, como afirma el ignorante ese del alcalde. Murió en su lucha por la libertad, y contra la dictadura militar de Pinochet, allá en Chile, y no quiero continuar esta conversación. Creo que es inútil discutir contigo.

–¿En Chile?… entonces, ¿eso fue en Chile?

–Sí. Pero eso también está sucediendo aquí en este pueblo. La Mina se lleva todas nuestras riquezas y extirpa, destruye lo que no se puede llevar: el alma, los sentimientos, los colores de la naturaleza, el aire… y… también la vista. ¿Sabes una cosa, madre? La neblina azul de todos los días, y que todos creen ver, no existe…

La madre, sumida entre la desesperanza y la veneración por Jacinto, no responde. Parece que ya nada tiene que decir y piensa en su suerte y en el camino que le ha tocado recorrer. Con la frente surcada, siente que su destino cifrado en la esperanza de ver a Jacinto trabajar en La Mina, para redimir su pobreza, fue un sueño; que toda esa esperanza acumulada por años no hizo más que alimentar un funesto destino; que el esfuerzo de la servidumbre realizado por muchos años, y que le dobló sin piedad su espalda y le molió sus manos, de nada valió; que las humillaciones recibidas durante toda una vida, esperando a que Jacinto creciera y comenzara a trabajar como minero, fueron auroras truncadas que ya, para ella, carecen de sentido. Todo parece diluirse o esfumarse en el aire sofocante de las cuatro paredes de su habitación, y mira con amargura y rabia de madre los cuatro enseres viejos de su destartalada casa, y cae rendida sobre uno de los dos asientos que allí hay. –He deseado muchas veces apartar de mí la imagen de La Mina para olvidarme por siempre de ella, pero es imposible. Al comienzo pensé que era ella nuestra redención para escapar de esta pobreza, y es ahora cuando comprendo que ha sido una maldición. Mira con ojos desesperados a Jacinto, pero le sonríe. Él cavila. Está próximo a terminar sus estudios y dejar la escuela. Nadie disertará sobre la libertad ni de luchar por la vida –piensa él para sus adentros. ¡No, ya no será para mí esa escuela que se viene con la reforma del alcalde! No será lo mío lo que se viene. Mi mundo está y estará en la vida… en el valor de la vida. Mi mundo estará con Nazim Hikmet. De inmediato lo recuerda: Estemos donde estemos/ hemos de vivir/ como si nunca hubiésemos de morir.

Ha pasado ya algún tiempo y Jacinto termina sus estudios. Camina por el frente de la alcaldía. Mira con arriesgado desdén la extensa fila de jóvenes esperando hablar con el alcalde. La neblina azul los tiene ensimismados, y con su mirada fija y cargada de esfuerzo en el aviso que a todos se les presenta con letras borrosas pero, aun así, son legibles. Él se detiene un poco para leer lo que dice el anuncio colgado en una de las paredes del edificio de la alcaldía. Ve con sobrada claridad las letras grandes y negras que resaltan del tablero y las lee en voz baja, casi imperceptible:

La Mina necesita obreros fuertes,

competentes y con buena vista.

Los interesados deben hablar primero con el alcalde. Gracias

 

 

 

 

 

Sigue su camino en medio de la tarde cubierta por un sol que se resiste a morir. Piensa de nuevo en Hikmet y Neruda. También en la fila de aspirantes a mineros con sus ojos atrapados en la alucinante neblina azul. Él escapa de ese maldito hechizo. Algunos aseguran que lo vieron murmurando algo. Pero nadie sabe con seguridad qué. Tal vez, él dijo: “Seré poeta”, señaló alguien, pero no está convencido.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

* Pablo Neruda, Ángel, oh, Camarada, Antología poética, Edición de Rafael Alberti, Compañía Editora Espasa Calpe Argentina S.A., Buenos Aires, 1993, p. 215.

Grost, el alcalde

Grost, el alcalde

Leonardo Gutiérrez Berdejo

El mismo día en que la maestra de Ecología y Medio Ambiente llegaba a El Poblado, el alcalde Grost recibía un sobre cerrado con el sello de confidencial. Provenía de la Comisión de Asuntos Ambientales con el informe del impacto de las explotaciones mineras en el medio ambiente y la salud de los habitantes del lugar. El informe era esperado por todos con sobradas expectativa aunque con pocas esperanzas. Con manos temblorosas, Grost rasgó la parte superior del sobre y extrajo del interior las tres páginas con el dictamen, y comenzó a leerlo con atención. Pasó por alto las dos primeras páginas y se detuvo en la última. Luego de una primera lectura, Grost cerró los ojos por un instante y, al abrirlos, leyó de nuevo la parte final, para cerciorarse bien del contenido: “No existe la neblina azul que todos creen ver. Por tanto, se recomienda adelantar con la mayor urgencia los exámenes médicos y oftalmológicos del caso a todos los habitantes de El Poblado, y proceder a las acciones clínico-sanitarias y ambientales necesarios, a fin de evitar mayores y graves consecuencias en la salud de la comunidad. Se presume la existencia de edema de la córnea y otras enfermedades causadas por la contaminación ambiental que La Mina produce en sus exploraciones”.Al terminar, Grost se asegura de que nadie más está allí con él. Es evidente su preocupación, y su pequeña boca deja escapar un rictus de rabia o quizá de desprecio. Toma una caja de cerillas para quemar el informe pero se contiene. Guarda de nuevo las páginas en el sobre, que dobla por la mitad y mete en la parte baja de una de las gavetas hasta lograr disimularlo entre algunos papeles que hay allí, de tal modo que queda bien oculto. Finalmente, cierra con llave la gaveta y se olvida del asunto. Más adelante, la memoria que de esta imagen hará, lo lanzará al piso ennegrecido de una escuela y al interior de una ambulancia.

Tiempo después y unos días antes de hacer pública una reforma educativa, el alcalde Grost viene haciendo, tres veces al día, mañana, tarde y noche, gargarismos con agua de azúcar para afinar su voz. En las mañanas, luego de los enjuagues, con el dedo medio se aplica miel de abeja en la faringe y con los labios enchupados pronuncia algunas notas musicales. Canturrea la letra de alguna canción de moda y se mira desnudo en el largo y ancho espejo que tiene en su habitación. Presume un poco de su trasero. Quince minutos más tarde, luego de las gárgaras, se ducha. Su obsesión es estar en forma y poder enfrentar la andanada de preguntas que se le vendrán de los profesores cuando exponga la pretendida reforma. La ha recibido del gobernador con la instrucción precisa de darla a conocer a todos los habitantes de El Poblado. Lee el documento y, como no lo entiende bien, le pide a uno de los funcionarios que se lo lea en voz alta. Mientras éste cumple la orden, Grost se limita a confirmar con movimientos verticales de la cabeza que lo ha escuchado o comprendido bien. Nunca el gobernador le pidió su opinión. Su papel está limitado a exponerlo ante el público, tal como llegó a sus manos y en la fecha ya acordada. Según las indicaciones recibidas, todas las personas de El Poblado tendrían que estar avisadas del acontecimiento, de suerte que se da por segura una buena asistencia. De ponerse en marcha esta reforma, estará dirigida a preparar estudiantes competitivos con el fin de elevar la productividad de La Mina, así como a evitar en lo posible las continuas protestas que realizan los obreros, unas veces, para que se cumplan las normas de seguridad que garanticen la supervivencia en los trabajos de las exploraciones; otras, por los bajos salarios y, no pocas, por aquello de la defensa del medio ambiente y la licencia ambiental que la empresa no tiene y que además nunca ha conseguido.

Varios funcionarios extranjeros de La Mina, como llaman regularmente a la empresa extractora, y tres delegados del gobernador estarán presentes durante la presentación de la reforma para constatar que se adelante de acuerdo con lo previsto. Ha sido claro el interés del gobernador para que la reforma se ejecute lo más pronto posible. Para el alcalde Grost, esta sería una única oportunidad para lucirse y demostrar ante sus delegados y los funcionarios extranjeros de La Mina una presunta capacidad administrativa que nadie sabe dónde ni cómo él adquirió.El gobernador impartió las instrucciones del caso y habría ordenado lo necesario para que la lectura de la reforma deje a todos satisfechos y en especial a los de La Mina: de ahí su interés en la presentación del proyecto.

Enclavado como está entre las altas montañas que lo rodean, con más de nueve mil habitantes, El Poblado parece jugar a esconderse entre el espeso bosque de las laderas y el profundo verde del extenso valle que forma el caudaloso río que lo atraviesa luego de bajar vertiginoso de las altas montañas. Es la vía que lleva al mar. Allí, a doscientos kilómetros de la capital y a cuatrocientos del principal puerto marítimo, opera La Mina. Es una organización con experiencia en todo tipo de exploraciones mineras, pero de manera especial de carbón, níquel, cobre, oro, plata, platino y diamantes. Durante los últimos días, los habitantes del El Poblado han visto desfilar por las calles a varios personajes foráneos. Se escucha decir entre ellos que “son funcionarios de La Mina, agentes secretos del gobernador o integrantes del clandestino Frente Unido por la Reconstrucción del País (FURPA), un grupo que apareció para sofocar cualquier protesta, asegurar la paz y mantener en orden la actividad exploratoria en la zona”. Esta vez, el gobernador está seguro de que la gente del sindicato de profesores no protestará por la reforma. Tiene fuertes razones para creer que nada ni nadie podrán entorpecer o sabotear la presentación de la enmienda educativa que expondrá el alcalde Grost. Lo sabe bien. Él tiene razones de peso para creerlo.

 

Después de cavilarlo mucho, Jacinto, un joven de escasos quince años y estudiante de la Gran Escuela de la Transformación, decide asistir a la reunión para escuchar la nueva propuesta educativa que el alcalde Grost expondrá. A la salida de su casa se encuentra con Porfirio, a quien saluda efusivo. Porfirio, antiguo trabajador de La Mina, viene sudoroso y ennegrecido del trabajo y se dirige hacia la suya. Jacinto recuerda cómo su maestra de Ecología y Medio Ambiente le ha explicado la lucha de los trabajadores de La Mina por la seguridad y la defensa ambiental. Desafiante, gira hacia el camino que conduce a La Mina, acotado por ambos lados con recias pircas. Nada dice. Con signos de admiración y respeto, dirige de nuevo su mirada expresiva hacia Porfirio. Le impresiona su apariencia y da signos de admirar su lucha. Él está por los treinta y cinco años y lleva más de veinte trabajando de minero. Luce un gorro de visera roja. Su tez amarillenta y cuarteada lo hace parecer con más años de lo que en realidad tiene. Más adelante, cuando Porfirio se convierta en un asiduo asistente del Centro Literario Roca Firme, Luna Viva, surgirá entre ellos un lazo de amistad que sólo terminará, tiempo después, con la muerte temprana de Porfirio, causada, según sus compañeros de trabajo, por las inhalaciones continuas del gas isocianato de metilo en el interior de La Mina. Este gas, según sus compañeros de trabajo, le llegaría a provocar quemaduras químicas en los pulmones. De acuerdo al médico de la empresa, la muerte fue por un descuido del trabajador al ignorar las medidas de seguridad. Hoy, muchos años después, aún no se ha determinado la verdadera causa de esta muerte, como tampoco se explica la de los continuos y dolorosos abortos espontáneos en la población ni la de los numerosos nacimientos de niños con malformaciones. Un misterio total parece cubrir estos casos. Todos en El Poblado esperan el demorado informe de una comisión. Por lo pronto, recurren con mayor frecuencia a la única iglesia existente a implorar misericordia, y también adonde el curandero. “No se sabe”, dicen.

Jacinto llega al sitio de la reunión unos minutos antes que el alcalde Grost. Cuando éste se acerca, lo hace con paso lento de animal pesado. Llega al recinto como si marchara al ritmo de alguna imaginaria marcha. Aunque su vestimenta es limpia, sus modales son torpes y salta a la vista que carece de refinamientos. Desde muy pequeño, su madre le habría dicho muchas veces que “ese caminadito, amanerado y medio raro, no le gustaba” pero, a pesar del empeño, nada pudo hacer para corregírselo. Llega hoy dispuesto a exponer el tan anunciado cambio en la educación que ha preparado el gobernador. Jacinto quiere estar alejado de esa sudorosa y maloliente masa de ciento cincuenta kilos de grasa, y mucho más de los globitos de saliva que brotan de su boca cuando habla y los esparce hacia todos los lados, al son –así parece– de sincronizados movimientos bucales. Se acomoda en la última fila. “Globitos pestilentes que no llegarán a mí”, piensa Jacinto.

El salón, con el piso ennegrecido por falta de limpieza, apenas deja distinguir las baldosas negras y blancas de muchos años. De su antiguo color ya casi nada queda. Apiñadas unas contra otras, se encuentran cerca de doscientas personas, en medio de un espeso y asfixiante calor y la densa nube de polvo negruzco que se esparce en el ambiente. Cuchichean sin que llegue a entendérseles algo. Allí, en el salón, todos observan fascinados lo que la escasa luz del sol de la neblina azul de todos los días deja ver. Cansada, la irrisoria luz entra por la única ventana abierta y hace apenas visible una asfixiante nube de polvo que se esparce por el aire. Sólo Jacinto y su maestra de Ecología y Medio Ambiente se muestran desapercibidos. Aparte de la nube de polvo que también los ahoga, a los dos no les llega la imagen de la neblina azul. Nada parece distraerlos, excepto las grotescas imágenes de las fotografías colgadas en la pared. La única abertura del salón deja ver en el patio, con alguna dificultad, dos ciruelos resecos, un trupillo, y algunas materas desocupadas, amarradas o clavadas a una vetusta pared. El intenso verano de los últimos días muestra sus garras sofocantes. En la pared del frente del salón, justo al lado izquierdo, está una imagen holográfica, iluminada con una luz deficiente y pálida, que refleja de manera asimétrica y fantasmal la figura del difunto abuelo del alcalde Grost, quien aclara que su abuelo tuvo una inteligencia fuera de lo común, hasta el punto de que también él, sin saber leer ni escribir llegó a ser alcalde. No explica que para entonces eso podía suceder, ya que bastaban sólo unas pocas cosas para que eso sucediera.  Ninguna importante. En el costado derecho de la pared donde está el cuadro del abuelo y en las otras hay varias fotografías de tamaño colosal del alcalde Grost. En todas ellas se muestra con cara de nene y con una sonrisa que parece escupida de su voluminoso vientre. Estas fotografías dominan todo el escenario. En el centro de la pared del frente del salón está dispuesto un lienzo blanco en el que se proyectarán las diapositivas de la reforma. Recostados sobre la pared, en la parte de atrás del salón, están varios policías, algunos con las piernas cruzadas de tal modo que la suela de los zapatos chocan contra la pared. A un lado del alcalde hay también tres policías con las manos en los bolsillos. Se ve que están armados y se muestran entre cansados y fastidiados. Los abanos suspendidos del techo no funcionan. El calor es intenso.

–Esta presentación del proyecto no será diferente de otras que ha hecho… ¡pura m…! –susurra Jacinto al compañero de al lado. No termina la frase. Le viene a la memoria que en sus frecuentes presentaciones en público, detrás de esa sonrisa entre ventral y afeminada, Grost ha mostrado una incapacidad para establecer conexiones lógicas en sus planteamientos, y casi a diario afirma que oye la voz de su abuelo animándolo a apoyar la reforma educativa del gobernador. Las reacciones emotivas y frías, y en ocasiones inapropiadas que lo acompañan, dejan traslucir un talante ambicioso, heredado de los Grost, y las permanentes alteraciones de los movimientos impulsivos e incongruentes de sus manos y sus hombros dejan traslucir una especie de catatonia.

Con sus ojos saltones y la voz aflautada, muy propia de los hombres codiciosos, el alcalde Grost inicia su exposición. Así lee una a una las coloridas y redundantes diapositivas en power point proyectadas desde su computador. Jacinto alcanza débilmente a escucharle “…será una reforma para ajustarnos a los nuevos tiempos, de cara a los cambios ocurridos, que nos llevarán al progreso y nuevos estadios de la civilización”. Poco a poco, Jacinto percibe que su pensamiento se escapa hacia la próxima sesión de Roca Firme, Luna Viva, a la que asiste todos los sábados… “Primero el Emilio de Rousseau y luego Veinte poemas de amor y una canción desesperada y Canto general, de Neruda, y más adelante Nazin Hikmet, y luego… ¡Oh! la larga mancha negruzca que se extiende a todo lo largo del camino que conduce a La Mina y cubre también los árboles que están a su alrededor y se entremezclan con el dolor y la muerte, ¿qué será?… ¡Cuánta resequedad en los ríos, cuánta tristeza en los árboles, cuánto silencio en el bosque! ¿Dónde está la vida que antes fue? ¿Dónde, los arroyos que surcaban estos campos? El dolor y el llanto se han enseñoreado sobre la tierra y ésta se ha llenado de maleza… La noche cubre con su manto negro las heridas de la tierra, y tu piel se ha desgastado con el horror de los azadones y las máquinas gigantes que hieren sin piedad tus entrañas para extraer la savia que te da la fortaleza. ¡Ah, camino aquel por donde otrora andaban quienes cantaban prosas y canciones que animaban el alma!… ¿Dónde están las ceibas, los cedros, las bongas, los robles y los guácimos en los que revoloteaban y aleteaban canarios, sinsontes, loros y azulejos? ¡Metáforas de vida, de lucha, de amor, pósense en la frente de todos, liberen sus conciencias, y que broten mil versos y cantos de amor, de vida y de libertad!…”. Una persistente tos seca, revolcada en la nube de polvillo negruzco lo vuelve al recinto. Es de Grost. Jacinto y la maestra, que parecen conocer sus oscuras pretensiones, lo miran con repulsión. El resto de quienes allí se encuentran, por la espesa neblina azul que lo envuelve todo, lo divisa con dificultad. Le oye decir ahora que “el estudio de la ciencia se mirará bajo la óptica del interés práctico de la producción minera…”. Jacinto se muestra vacilante y soñoliento con sus inquietas ideas que lo sacan del salón, y su pensamiento se pierde de nuevo en el vacío. La tos seca y revolcada de polvillo ataca esta vez a todos los presente. Un coro de toses se apodera del recinto. Las náuseas atacan a Jacinto, quien al término de la exposición de Grost se da cuenta de cómo éste, con la mirada fija y retadora en la maestra de Ecología y Medio Ambiente, le increpa que no hay evidencia de que exista la huella ecológica de la que viene hablando un tal Porfirio, un trabajador revoltoso de La Mina. Sin dejar de mirarla, amenaza con despedir a todos los maestros que se dediquen en clase a hablar del tema o apelen a la enseñanza de saberes ajenos al interés manifiesto de La Mina. La gente del gobernador y de La Mina muestra su satisfacción y sonríe.

–La reforma educativa viene con todo –afirma categórico el alcalde Grost.

Alguien le pregunta si La Mina tiene licencia ambiental. La pregunta no le gusta al alcalde pero éste responde que ese permiso no es necesario cuando se usa la más avanzada tecnología, y La Mina emplea lo más avanzado en técnicas de explotación. Desde cuando se inició la exploración –responde él–, nada extraño ha sucedido.

–¿Qué explicación tiene sobre las numerosas muertes de mineros y de los abortos en los últimos meses?, anota alguien de las primeras filas.

–Esa pregunta nada tiene que ver con el tema de la reforma educativa que he expuesto con claridad y que se va a implementar –contesta Grost.

–Creemos que sí –responde el otro–. Tenemos derecho a saber de qué mueren los mineros y el porqué de los abortos y las malformaciones que se presentan aquí para poder implementar en los programas educativos las enseñanzas y las medidas que conduzcan a conservar un ambiente limpio para una vida sana. Lo dice la ONU –agrega.

–Sobre estas muertes –responde Grost–, las investigaciones siguen su curso…

–¿A cuánto ascienden los impuestos que paga La Mina? –pregunta un profesor.

–Los impuestos que paga La Mina se han invertido de manera transparente en los contratos que se firmaron para la renovación de la escuela, en el estudio de los diseños del acueducto que se va a construir, en la pavimentación de las calles y en el pago de los salarios de los maestros. Todo claro y transparente como el agua –responde Grost.

–¿Qué hay de la nube tóxica? –pregunta otro de los asistentes–. Los gases venenosos…

—Nada de eso es cierto –le interrumpe Grost–. Las investigaciones realizadas nada han demostrado todavía. No ha llegado el informe de la Comisión Internacional.

–¿Y de la neblina azul, qué puede decirnos? –pregunta la maestra de Ecología y Medio ambiente.

…pasan eternos minutos y el alcalde Grost no responde.

–¿Qué puede decirnos de la neblina azul? –pregunta de nuevo la maestra.

Varias personas, entre ellas la madre del alcalde Grost de caderas anchas y tetas angulosas y revoltosas, voltean ágiles y sorprendidas para ver a la osada que hace la pregunta. Un silencio cómplice, lleno de miradas agitadas, se apodera del ambiente. Pasan algunos minutos y Grost no responde; no da señales de haber escuchado la pregunta sobre la neblina azul y mira hacia todos los lados. Olfatea el aire en el afán de una respuesta. No la encuentra. Escudriña su conciencia y se percata de que la vergüenza jamás ha habitado en ella. Su piel se cubre de un sudor maloliente; sus arrebatos prepotentes lo han abandonado. Siente en su cuerpo el aguijón de las miradas. Trata de sonreír, pero una mueca de mal gusto o un rictus nervioso aparece en su boca. Respira seguido, una y otra vez. La gaveta y el informe de la Comisión Ambiental le vienen a su mente. También la imagen del gobernador se le aparece y una corriente efímera de valentía lo invade. Quiere arremeter contra su opositora, pero su voz aflautada y quebrada lo delata y fracasa en su intento. Un sentimiento de soledad le acomete. El sol ha recogido los últimos rayos. Se percata de las miradas amenazantes que vienen de los delegados extranjeros de La Mina y de los hombres del gobernador. Siente punzadas en su estómago, mueve sus manos, palidece, y el sudor lo cubre. Sabe bien lo que el gobernador y la gente de La Mina esperan de él. Y la ambición le reclama su parte. Mira de nuevo al auditorio con ojos apabullados de miedo, pero la mirada suya choca con la serena y penetrante de la maestra. Se siente débil. Sospecha que su miedo y su codicia le desnudan su alma, que ponen al descubierto lo más despreciable de su ser. Carece del sentido de la moral. El aire del salón está viciado con el sudor y la transpiración hedionda de Grost. Luego, un sudor frío… y los ciento cincuenta kilos de carne y grasa se desploman El ruido ensordecedor de una ambulancia apaga todas las voces e impone un silencio desafiante, con olor a muerte. Varios disparos se escuchan a lo lejos. Son los hombres del gobernador y del FURPA. Con el ruido de los disparos y de la sirena, los perros de El Poblado multiplican con rabia sus ladridos. Es de noche y la fascinación de la neblina azul ha cesado. La escasa luz de los postes del alumbrado público solo deja ver calles desiertas pero en una de ellas coinciden la ambulancia que transporta el cuerpo del alcalde Grost y varios policías conduciendo a la maestra de Ecología y Medio Ambiente hacia la única Comisaría. Será judicializada, se le escucha decir a uno de ellos.  

 

El CARNAVAL DE BARRANQUILLA: HORA DE UNA REVISIÓN TEÓRICO-CONCEPTUAL

El CARNAVAL DE BARRANQUILLA: HORA DE UNA REVISIÓN TEÓRICO-CONCEPTUAL

 

Leonardo Gutiérrez Berdejo.

               

Hace algún tiempo, en un ensayo sobre el Carnaval de Barranquilla[1] recogía, quien esto escribe, algunas impresiones socio-culturales para señalar aspectos que no se evidenciaban con claridad en lo que regularmente se informa o se maneja sobre tal festividad. Anotaba, en ese entonces, partiendo de una concepción generalizada, que nNada hay tan numeroso y abundante en la sociedad colombiana como las celebraciones. Entre las más notorias y célebres, se observan aquellas de carácter colectivo, en las que se destacan las fiestas. Estas, tienen su origen religioso, profano y patriótico. Son las fiestas, las que mezclan en sus manifestaciones numerosos elementos propios de la identidad colectiva, de la cultura, del folclor, de las creencias y mitos, de imaginarios y miedos y de todo aquello que caracteriza, identifica y reafirma el grupo social.

 

Dentro de las fiestas de carácter profano, una de las festividades más importantes y célebres lo constituye, sin duda alguna, el carnaval. Como cualquier fenómeno folclórico, el carnaval es una manifestación de carácter popular y colectivo en el que se busca la satisfacción de carencias y necesidades psicológicas, sexuales, sociales, etc. Como se conoce, el carnaval ha estado presente en muchos calendarios de los pueblos, pero su carácter moderno está fuertemente ligado e influenciado por el pensamiento cristiano a pesar de que en su celebración coincidan rasgos de las festividades celebradas a los dioses Cronos y Dionisio en la antigua Grecia, llamadas kronias y dionisíacas y de las saturnales y bacanales,  en Roma.

 

Sir George Frazer, en su obra La Rama Dorada, describe la más famosa época del libertinaje que se realizaba en las saturnales, en cuyas celebraciones el amo concedía licencias a su esclavo y este hasta podía injuriarlo, sin que aquel le dirigiera un solo reproche por aquello que, en cualquier otra época del año, le hubiera significado, si no la prisión, al menos un castigo severo y cruel. Los bacanales, los saturnales y las lupercales, fueron fiestas que terminaron siendo celebraciones caracterizadas por el desorden y el sarcasmo. Su influjo fue de tal magnitud que se extendió a España, Italia y Galia. Julio Caro Baroja, ha demostrado en su obra El Carnaval, las sorprendentes semejanzas existentes entre las saturnales romanas y el carnaval de los pueblos de origen latino.

 

En nuestro país, son muchas las poblaciones que celebran estas fiestas, sin embargo, son los carnavales de Barranquilla los que, por su resonancia, repercusión y sonoridad, gozan de mayor prestigio a nivel nacional e internacional.

 

Sobre el Carnaval de Barranquilla, se ha dicho o, se ha querido decir mucho. Así por ejemplo, hay quienes afirman que “no hay nada igual en Colombia, ni siquiera, algo que se le parezca, en cuanto a despliegue de espontaneidad, folclor, imaginación y regocijo colectivo se refiere, basadas todas estas expresiones populares en los ancestros y las costumbres de un pueblo, noble y alegre como ninguno” [2]. Durante los cuatro días anteriores al Miércoles de Ceniza, la ciudad entera se transforma, “se vuelve loca”, afirman unos, “se paraliza, dicen otros, para dar paso a las celebraciones que según el parecer de muchos constituyen la mejor prueba de la madurez cultural de nuestro pueblo que, a diferencia de otros, canta, baila, bebe y se divierte en grandes muchedumbres durante cuatro días delirantes, sin dejar de ser el pueblo más pacífico del mundo”[3].

 

                A su propio origen, tal como el de la creación de la ciudad, se le ha querido dar un aire de imprecisión  e incertidumbre para, a su vez, rodearlo de cierto misterio. Nadie lo sabe. No obstante, la mayor parte de los autores están de acuerdo en afirmar que hace más de ciento setenta años se vienen celebrando en forma ininterrumpida. Su expresión ritual parece reafirmar la vigencia de la espontaneidad y autenticidad de las manifestaciones ligadas al alma popular y en ello se conjuga y exhibe al tiempo, con intensidad y musicalidad sin límites, el lenguaje del color y del folclor, el encanto de la música y la magia de la danza. Mucho más allá de esto, se afirma en editoriales de periódicos locales que las fiestas del Carnaval (en plural) de Barranquilla “son las más sanas, democráticas y pacíficas de todo el país”. 

               

Sin embargo, con las transformaciones presentadas en la sociedad en el campo socioeconómico y tecnológico y con la profundización del modo de producción vigente basado, entre otras cosas en la inserción mundial de la economía colombiana y un poco después del momento crucial en el que la región ha sido sacudida con inusitada fuerza por el flagelo de la violencia, el narcotráfico y la corrupción, me pregunto si todo lo que se ha afirmado sobre el Carnaval de Barranquilla y otras fiestas, continúa siendo válido. Es indudable que varios interrogantes surgen después de ver pasar (¿o sigue pasando?) la elevada cresta de esta ola negra de violencia, y corrupción  en la región. Un primer interrogante surge al observar los altos índices de criminalidad y los innumerables hechos de corrupción acontecidos en la ciudad de Barranquilla y a todo lo largo y ancho de la Costa Atlántica por la presencia y accionar violento de grupos paramilitares con vínculos estrechos a muchos políticos y funcionarios públicos.

 

La escueta realidad socioeconómica que padece gran parte de la población costeña y puesta al desnudo por la tragedia de las inundaciones, nos hace dudar sobre el carácter mismo del carnaval para no hablar de los dos tipos de lenguajes que se utilizan sobre el tiempo de carnaval: el destinado a la masa, al pueblo que no necesita ser procesado y el secreto o subterráneo de los organizadores o de quienes dirigen, con el que se logran los acuerdos.  De nuevo, me pregunto, al conocer estos hechos, si estos dos sucesos iniciales citados reafirman o invalidan algunas de las tantas afirmaciones que a común se hacen sobre la naturaleza, orientación y organización de estas fiestas y de otras más de la región o, por el contrario,  es hora de poner ya en discusión el verdadero carácter de control social que estas celebraciones anuales implican, al enmascarar una triste realidad de miseria, desamparo y desolación generalizada en la región.

 

De otra parte, con frecuencia, la élite empresarial del país anota sobre el potencial exportador de la Costa  y, entonces cabe preguntarse, si es cierto o no que la ciudad (región) pueda darse el lujo de paralizarse en tiempos de carnaval o si es una muestra de madurez cultural el que un pueblo cante, baile, bebe y se divierte en grandes muchedumbres durante cuatro días delirantes aún en la plenitud de la tristeza y el dolor y a flor de piel por los miles de personas asesinadas y desaparecidas por los violentos.  O, más aún, será válido afirmar hoy que el costeño siga siendo el pueblo más pacífico del mundo, después de haberse conocido, de boca de los propios autores, la comisión de tantas masacres, genocidios y actos de barbarie por unos salvajes que al contar con el apoyo de “connotados” políticos obraron contra cientos de sindicalistas, campesinos y dirigentes obreros y populares de la región.  

 

Con frecuencia he tratado de escudriñar en el verdadero significado de que “las fiestas de carnaval, de Barranquilla, son las más sanas, democráticas y pacíficas de todo el país”.  Conocido de tiempo atrás, las numerosas trampas y artimañas electorales que se han venido dando a favor de unos candidatos y sorprendido por las altas sumas invertidas en una campaña electoral en esta región, harta dificultad le cuesta a cualquiera creer que estas fiestas sean las más democráticas del mundo, cuando ni siquiera las propias elecciones a corporaciones públicas son un ejemplo de limpieza y de higiene política.

 

Se presencia con bastante nitidez y es indudable hoy, en la hora presente, la encarnizada lucha de una vieja cultura agonizante representada por el alma y el sentir popular  de las danzas, tradiciones, caña de millo, disfraces y coros que en su lenguaje reclama cambios y una nueva cultura representada por la “moderna” orientación y organización que se le viene dando a estas fiestas que impone cambios para acomodarla a las nuevas circunstancias reinantes del modo de producción.  

 

Al final de todo esto, estimo conveniente para los académicos, los intelectuales y estudiosos y para la población costeña en general que se depuren las convenciones, paradigmas teóricos – conceptuales y los códigos literarios vigentes que pesan sobre tales celebraciones para que se abra un nuevo escenario de análisis, como una manera propicia para la apertura de espacios hacia la convivencia, la paz, el progreso y a favor de una democracia cierta para una región sumida en el atraso, la incertidumbre y la desesperación.      

 

A

 

 

                                                                                                             

 

Leonardo Gutiérrez Berdejo


 

 

 

[1] Gutiérrez Berdejo, Leonardo. El Carnaval de Barranquilla: Ritual de Acción y de Control. Bogotá, 1983.

[2] El Heraldo, Notas al margen. Viva el Carnaval!. Sábado 3 de marzo de 1984. Pág. 3-A.

[3] El Heraldo, Editorial, Sábado 3 de marzo de 1984. Pág. 3