Diciembre 31


Cuento

Diciembre 31

Leonardo Gutiérrez Berdejo

Sucedió en medio del descanso permanente. Fue algo repentino, como suceden las cosas en este apartado silente. En este diciembre 31, de nuevo dejaría desbordar su buen ánimo y se contagiaría del espíritu de la celebración como lo había hecho en los años anteriores, desde cuando la razón apuntaba certera al regodeo de los placeres de los primeros festejos.

Como en anteriores celebraciones, en esta fecha, desde el amanecer, escucharía los sones bullangueros alusivos, los animados vítores y las consejas y agüeros de todo tipo anunciados para la espera de la hora decisiva en la que las tres saetas del reloj se alinearan coquetas y delirantes al señalar las 12 en punto, instante este en el que se enterraría el viejo año y se iniciaría el nuevo.

Alistaría la ropa, los zapatos y se pertrecharía de toda clase de bebidas y alimentos con los que arreglaría la mesa alrededor de la cual se sentaría acompañado de sus hijos, nietos, nueras, hermanos y amigos, para esperar el estruendoso momento en el que, uno a uno, o todos juntos, de una sola vez, nos trenzaríamos en un sólo abrazo y nos estamparíamos vivaces y sonoros besos, en un ritual de mutuos y abundantes deseos para el nuevo año que vendría. Cada detalle estaba previsto con la estricta meticulosidad que merecía el asunto. Hasta media docena de velas, un poco resecas por el tiempo y el sol, rescataría de los alrededores para adornar la mesa.

Dispondría su ánimo para escuchar de boca de sus vecinos todas las cosas que dirían sobre lo que prepararían para celebrar el esperado suceso. Unos dirían haber engordado un pavo; otros, varias gallinas y no pocos, un marrano para la obligada cena de fin de año. Las recetas culinarias se intercambiarían y él las guardaría en su memoria, como lo había hecho en otros años. No pocos comentarían que este acontecimiento lo venían celebrando desde hacía varias o muchas generaciones, siempre con la idea de desearse y esperar para los otros, en medio de la cena, lo mejor para los días que se avecinaban. Disfrutaba de estos decires.

Recordó haber despachado tiempo atrás el saludo de navidad y año nuevo, impregnado de una viva esperanza por mejores días, a sus tres hijos, a los ocho hermanos, a innumerables amigos, a un par de compañeros y a otros tantos que no le venían a la mente. Quizá les habría aconsejado a todos olvidar los días que no llenaron las expectativas esperadas en el anterior 31 de diciembre. Tal vez, resaltó con vehemencia la invitación a que lo acompañaran. Se vio, entonces, rodeado de todos ellos y dispuestos a disfrutar este especial momento a su lado.

El rito sería igual, y los deseos los mismos, pero los recuerdos, como en otros años, correrían presurosos a su mente desde el amanecer para indicarle cada detalle a tener en cuenta en este nuevo treinta y uno de diciembre que no deseaba pasar otra vez inmerso en la resignada soledad y en el silencio hostil que lo devoraba. Abrazaría con fuerza todo aquello que, desde niño, en su pequeño pueblo, había aprendido de sus padres, abuelos, tíos y amigos. También, de otros familiares y de gente cercana. Repasaría cada pasaje de su extenso repertorio hagiográfico.

Desenterró de su lúgubre memoria algunas cosas y melancólico se dijo: “Todo, entonces, se reducía a escoger el lugar de reunión y a esperar la hora cumbre, sentado en la puerta de la casa, degustando golosinas, mientras que manos expertas se encargaban de preparar la cena que por lo general era un pavo asado repleto de ciruelas y verduras.  Se repetía, una y muchas veces, la canción ˂faltan 5 pa´las 12˃ hasta cuando ya, verdaderamente, faltaban esos minutos y, como en un ritual sacrosanto, todos nos levantábamos de nuestros asientos, brindábamos, sonreíamos y nos ofrecíamos partes de la cena. Al llegar el último minuto de ese tan esperado día, empezábamos en coro a contar, uno a uno, los segundos faltantes: 59, 58, 57… hasta llegar al instante en el que las tres manecillas del reloj se alineaban frenéticas sobre el sosegado 12. En ese instante, todos los objetos, sustancias y oraciones secretas, útiles para reforzar los agüeros y las creencias de todo tipo, estaban listos: maletas, lentejas, monedas de a centavo, uvas verdes en la mesa, interiores amarillos, incienso, los riegos y muchos otras cosas más se sumaban al esperado nuevo año. Todo esto en medio de un familiar barullo y de una limpieza deslumbrante de la casa por el aseo realizado”.

Exhumó de la memoria el instante aquel en el que se escuchaba, al término de los últimos cuatro minutos y el comienzo del  último,  el coro uniforme del conteo final  de los segundos  y de cómo, al tiempo, la casa se iba llenando de decenas de personas, unas conocidas  y otras no tanto pero, todas  efusivas, y, en un solo abrazo, se confundían dando a conocer sus buenas intenciones con amistosas palabras, mientras que  otros dejaban escurrir alguna que otra lágrima, sin poder impedir la señal de una sensible nostalgia por lo que se dejaba atrás o por lo que llegaría en el transcurso de los nuevos días, semanas o meses. Nadie sabía. Lo cierto es que el primer saludo era para los padres, luego para la esposa o el esposo y, en tercer lugar, los hijos. Luego, en su orden, los hermanos, primos, sobrinos y, finalmente, todos los demás. El orden podía varia.

El caso era que todavía al amanecer, la totalidad del barrio o del pueblo ya se había saludado y si alguien, por alguna razón, había escapado al saludo, la visita o el encuentro en la calle del otro día, primero de enero del nuevo año, era un acto obligado para resolver la omisión, sentida o no, de la noche anterior y, así, de este modo, cumplir el rito de los deseos.  Nunca se vio una puerta cerrada. Después de esto, comenzaba el baile que se extendía hasta el amanecer.

Fue así como en uno de esos diciembres conocería a la más hermosa de las mujeres, la de las mejillas encendidas, tímida sonrisa y cabellera ensortijada con los rubores del trigo, a la que siendo niña aún, haría su novia. Tiempo después, sería su esposa y tendría con ella los tres hijos que, en esta fecha, esperaría, entusiasta y alegre, para celebrar como cuando con ellos vivía.

El cambio de ciudad, lo hizo adoptar otra manera de celebrar. Festejar a puerta cerrada esta y otras festividades, se hizo común. Se redujo el espacio y el número de personas. También los saludos, el horario y las amistades. Se limitaron las viandas y, sin darse cuenta, también los modales cambiaron: De lo efusivo y alborozado, se pasó a lo parco y a lo menos alegre y abierto. Eran otros tiempos. Todo, ahora, era más silencioso. Sin embargo, los recuerdos de todos los amigos de infancia y de la juventud seguían vivos, así como también los amaneceres, los ocasos y las leyendas de cada 31.

Este 31 de diciembre, como en todos los años anteriores, reviviría todos esos momentos y de nuevo la mesa luciría repleta de comida, de licores y de todo tipo de frutas y golosinas. Asearía lo que, ahora, era su casa, la aromatizaría y la llenaría de buena música, se olvidaría de todos los contratiempos,  se pondría el mejor de sus vestidos, calzaría zapatos nuevos y practicaría nuevos pases de bailes y, como nunca, se permitiría un poco más de iluminación  y se sentaría a recibirlos.

Llegado el momento, cuando las tres incansables saetas se unen sobre el sosegado 12, nadie ha llegado. No están sus hijos, ni sus hermanos, tampoco sus amigos ni los compañeros.  Mira la mesa y a unos desconocidos que, como fantasmas alocados, danzan a su alrededor. Otra vez, el silencio y la soledad infinita lo invade todo por completo. Cierra la puerta, corta el paso a la música y a la iluminación y continúa con su descanso por siempre, Igual que en otros tiempos. .

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