La palabra


La palabra

Leonardo Gutiérrez Berdejo

La palabra: verbo, parábola, sonido, voz; escritura, sermón, imagen, sonido.

Expresión imponente, referente obligado, significado abierto, códice sin barreras, segmento limitado…Sustantivo, adjetivo, acción, determinante, conjunción, adverbio, preposición, pronombre, conector. ¡Que importa!

Palabra, word, mot, parole, wort, parola, palavra, slowo, termo…Ella, la palabra, articula y conecta…Destella, cautiva, refleja, visibiliza, esconde, resalta, irradia. Es comienzo y fin.

Hay momentos en que la palabra es emoción, injuria, sortilegio, encantamiento, conjuro, exorcismo, hechizo, magia. A ratos se muestra despiadada y rebelde. En respuesta, se le ve imprecando, requiriendo, rogando…Atrae, sojuzga y aprisiona. Descubre y libera…Es llanto, risa; alegría, dolor.

Es averno o cielo; maldición o bendición; hielo o brasa…Abyección o nobleza, dulce o hiel…Saña o dulzura… Sarcasmo o amabilidad, sátira o elogio… Ansiedad, sosiego.

Frío o calor, nieve o infierno, tragedia o quietud, llanto o alegría.

Es lumbre, llama, hoguera, hogar, pasión, fuego que quema, ímpetu que arrasa, vivacidad atrayente, manantial que surte…Indiferencia y apatía, desdén y olvido.

En boca del mentiroso, se torna mentira; del corrupto, corrupción; del doctrinero, doctrina; del pervertido, perversión; del esclavista, prisión y del poeta, lírica, seducción. La palabra del sabio, enseña; la del necio, confunde.  Afirman algunos que en boca de Dios, es verdad, en la del diablo, mentira.

En el impotente, suele ser burla; en el envidioso, sarcasmo, sátira

Catequiza, adoctrina, sujeta, y amansa, en boca del conquistador. Es lamento, dolor, rabia o perdón, en boca del esclavo.

Es grosera o culta. Expresa emoción, llanto, risa, alegría, tristeza, virtud, pecado…Unas veces, nos hace soñar, reír, soltar carcajadas; otras, nos hace llorar y entristecer y, no pocas, nos llenan de ilusión o martirio.

Nos lleva a dudar y también a pecar… Santifica o endiosa…Conduce y transporta. Avanza o se detiene.

Se yergue o envanece; Es soberbia o humilde; Perversa o casta.

Vive con el tiempo, muere con él y en él. Es de ayer, de hoy, de siempre, se transforma y adapta.

Esa diminuta imagen, que a ratos se muestra extraña y escurridiza, también es sueño y realidad, a la vez… Asombra y maravilla. Mundos, espacios lejanos son conocidos gracias a su don. Realidades ciertas u ocultas saltan a la vista por el poder que encierra y ostenta…Exalta o brilla, disocia o une, obsequia o quita, abre o cierra mundos…Es luz, brillo o resplandor, también sombra u oscuridad.

Virtudes que ennoblecen los espíritus se acercan a nosotros como por arte de magia, gracias al imán de la palabra. Por ese mismo poder, sentimientos ocultos que pervierten y escandalizan, nuestras mentes y cuerpos se sumergen en los peores abismos. Ese es su don.

Es la fuerza de la palabra la que nos levanta, aviva y fortalece; también la que nos sepulta o envilece…Es poder que encierra y catapulta…Es gracia, donaire, pasión, simpatía, sensaciones que transportan o te sumergen. .

Ese minúsculo signo o extraña imagen nos conduce a la destrucción, a los sueños, a los encantos, al amor, al odio y en muchas ocasiones a la propia muerte…Te resucita.

Con ella: curiosidad e intriga, miedo o valor, pasión o dolor, vida o muerte, toman sentido en lo que pretende la mano o la boca del autor. No hay imposibles, no hay techos, el infinito es la frontera.

La palabra habla y las hay buenas y malas; bondadosas y siniestras…Reservadas y discretas, disimuladas, cautelosas y silenciosas. También prudentes, recelosas, secretas y privadas. Otras, por el contrario, son abiertas y expansivas como el viento. No menos, las encontramos cáusticas y agresivas.

Las hay de acción y de calma, derivadas, extensas y cortas, brillantes, acosadoras, viajeras, negras, blancas, macilentas, las que llegan o se van, perezosas o activas…Articula e integra, disocia o separa, juega, entretiene, enamora, trabaja o se lamenta.

A veces es siniestra, catastrófica, desastrosa, calamitosa; en otras ocasiones, es bonanza, suerte…Funesta, desgraciada, aterradora, espantosa, horrible, lúgubre, trágica, espeluznante, tétrica…Buena, coqueta, simpática, izquierda, zurda, derecha, diestra.

La palabra se asocia, se articula con otra y otras más, hasta formar el laberinto del lenguaje por el que transita la vida misma del hombre, su identidad y su accionar comunicativo. Llega, luego, a manos de quien imagina cosas y aspira a crear, comunicar ideas, pensamientos, emociones, deseos, apetencias, caprichos o voluntades y para eso recurre a la palabra manuscrita o impresa. Es lo humano: imaginar mundos, crear situaciones y plasmarlas de manera coordinada para darlas a conocer. Lenguaje y hombre, hombre y lenguaje, enfrentados el uno al otro; amacizados en uno.

Cada autor es único, amo y señor de su obra… Cada autor es un artesano que labra, un arquitecto que diseña, un artista que moldea… Cada proceso, es particular, diferente. Está hecho para ser único e irrepetible. La escritura creativa es exigente, esclavizante, trasnochadora, perversa, morbosamente paciente y solitaria. Precisa de la técnica, de herramientas, de la capacidad del autor para unirla, integrarla, obviarla y romper moldes, hacerla diferente a cualquier otra.

Cada autor aspira a crear con la palabra una obra perfectamente escrita, sueña con la armonía, la sonoridad y la musicalidad que brindan las palabras al fundirse y acrisolarse en un manto grato a los sentidos. Sueña con que lo suyo sea una obra de arte. Es lo difícil. La literatura clásica, ejemplar, maravillosa, es fruto del conocimiento, de la técnica, del valor y de la superación. También de la constancia y del esfuerzo, de la tenacidad y del coraje. Jamás sobrará un poco de inspiración.

La obra enraizada en estos elementos, en esta vorágine de exigencias y esfuerzos, alcanzará de alguna manera ciertos méritos y resultará aceptada, al menos para su propio autor. Sin más ayuda, se defenderá por sí misma. La obra hablará de sí misma, contará su historia, revelará su estructura, sí la tiene, y nos mostrará, al desnudo, sus debilidades o suficiencias. Logrado esto, la palabra, satisfecha, hablará del autor y habrá cumplido otra de sus cualidades: la de engrandecer o envilecer; la de honrar o fulminar, la de resaltar o hundir.

 

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