Excelente memoria y cincuenta sombras

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La cumbre (fragmentos)

Presagios

…Un olor rancio, penetrante, invade el recinto y un ligero polvillo se adhiere a su mano al manipular los cuadernos. “Suficiente por hoy”, dice Granciano con voz apagada. Se muestra cansado, pero satisfecho. Muestra una sonrisa maliciosa.  Mientras se dirige a la salida, se alisa el desordenado cabello con las manos, apaga el interruptor de la luz y, cierra finalmente el lugar con una pesada puerta metálica.

Es una recóndita biblioteca, con la entrada camuflada entre una de las paredes de la antigua, pero bien conservada construcción. Es inmensa, como lo es la propia historia del lugar en el que nació Gambote. Al salir, Granciano asegura la puerta con una malla de acero y con un candado, tan viejo como lo es la propia edificación. Finalmente, camufla la acerada malla con una cortina de paño. Se encamina, luego, con pasos calculados y serenos, por un largo pasillo, débilmente iluminado, hacia el Salón de Clarividencia ubicado al otro costado de la casa, cerca de la gran entrada. Por varias claraboyas ubicadas en lo alto de las paredes se cuelan los primeros rayos del sol. Se le ve somnoliento.

Varias semanas después, con los primeros pasos que da para dirigirse de nuevo al Salón de Clarividencia, cree escuchar lo que parece ser la voz de su padre Benancio. Pareciera que, desde el lugar de la casa en el que se encuentra, la voz emergiera igual a como si brotara de lo profundo de una caverna o de un enredado laberinto. Pasmenio se detiene…, silencio…, la voz no está…

La cumbre

UNO
Presagios
Después de levantar, en compañía de su madre, a su padre Benancio que yace tendido y malherido en el piso al frente del Castillo, y atenderle las heridas sangrantes que tiene, Granciano se retira a su alcoba. Se tiende boca arriba sobre la cama. Por un instante, piensa en lo ocurrido y se pregunta sobre quién o quiénes pudieron haber lastimado a su padre y por qué. La última campanada, de once que dio el reloj, apenas la escucha. Dos minutos más tarde, percibe la cercanía de las tres figuras que a diario lo acosan. Dos de las figuras vienen adelante, vestidas con túnicas negras. El horror del odio y de la maldad se reflejan en las máscaras que usan. Blanden largas y afiladas espadas en actitud amenazante. La tercera figura, viene detrás de las otras dos, trae encasquetada una túnica roja y lleva una máscara diabólica. Tiene en una de sus manos un tridente con la que lo amenaza ensartarlo.

Las tres figuras vociferan maldiciones e imprecaciones vulgares y satánicas; el olor nausea-bundo del odio llega hasta él. Se encuentra indefenso y acorralado contra la pared. Suda, tiembla, el espasmo del pavor le corre por la sangre, lo paraliza. Está helado, como un tém-pano de hielo, respira horror, exhala pánico. Granciano, mira horrorizado a los dos hombres, con espadas en mano, lanzarse contra sus piernas con la intención de cortárselas, en tanto que el espectro de rojo lanza el tridente directamente a su pecho. Lanza un grito de dolor que se escucha en toda el Castillo y se levanta empapado en sudor. Permanece sentado un instante en el borde de la cama. Fidencia Concepción, su madre, que ha escuchado el grito, le trae un vaso con agua. Trata de conversar con él, pero Granciano está atemorizado. El sueño se ha ido.

Después de que se le ha pasado el temor, se levanta y se dirige a la biblioteca. Saca un vo-luminoso cuaderno, toma un bolígrafo y escribe: “Las pesadillas de los tres malditos han vuelto de nuevo, no me dejan dormir. Cual inexorable cita a cumplir, apenas me sumerjo en el sueño, hacen de inmediato su diabólica aparición… Cada noche es lo mismo, siento que los tres me acorralan y cada vez más, el frío de las cimeras afiladas de las espadas destroza mi piel, me amputa las piernas, en tanto que la rústica y pesada lanza tridente desgarra mi corazón. Estoy desesperado. Siento que mi alcoba y toda la casa es una caja de horror, tiene el olor de la sangre impregnada…He de protegerme y proteger a mi madre Fidencia y a Benancio, mi padre. Nada parece ser igual, después de lo sucedido a mi padre Benancio… Desde el tenebroso e indescifrable mundo de las pesadillas, la envidia y el horror, las ame-nazas y el odio, han empezado acechar la vida de El Castillo, su casa, su hogar de siempre, que nada de especial tiene…salvo la historia, además del tamaño y la ubicación… frente al mar…”. (Punto final)”.

Por un instante, recuerda a su antepasado Ramaben Benítez, el primer y más antiguo de los Benítez que llegó a estas tierras, ciento ochenta y un años antes de que lo hiciera el almiran-te Cristóbal Colón. “Aquí, en este lugar, se estableció y pudo preservar de la mejor manera los cuadernos y el péndulo ojo de tigre que trajo consigo, además de otros objetos que pudo rescatar cuando huyo de Egipto. Razones de sobra tuvo para construir este caserón, cons-truido con la ayuda del jefe indígena Pascual y su pequeña tribu con quienes se encontró en este lugar, y hacer dentro de esta inmensa mole, este reservado lugar en el que ahora me encuentro, sólo para resguardar, en lo más recóndito de los pasadizos de esta colosal y la-beríntica estructura, lo mejor que pudiera el Codex-Benítez”.

 

Cuando Granciano termina de releer varias veces las quince páginas que ha escrito en un voluminoso cuaderno, lo cierra, y lo regresa al estante al lado de otros idénticos. Con deli-cadeza, examina otros, y selecciona uno más. Lo abre en la parte en la que está una pequeña concha rectangular de carey que hace de separador y lee unas diez o doce páginas. Al ter-minar la lectura, lo regresa al mismo lugar en el que estaba, al lado del anterior.

Son más de ciento cuarenta y tres cuadernos los que allí se encuentran. Algunos tienen hasta dos mil páginas. La mayor parte de ellos, están plegados, cosidos y encuadernados a mano y otros están guardados en estuches bellamente de cuero decorados. También se encuentran rollos y pergaminos antiguos. Todo este conjunto de cuadernos, rollos, pergaminos, es el Codex en el que los Benítez han consignado durante siglos el testimonio fiel de su historia, logros destacados y avances culturales y científicos. Allí se encuentran relatos de mitos, leyendas, inventos y de fórmulas químicas de medicamentos. Se reseñan, también, costum-bres y prácticas, recetarios de cocina. La similitud y el estricto orden que guardan los cua-dernos en los estantes es asombrosa, pero los tamaños y los colores varían. Su nombre completo es el Codex-Benítez…

James Joyce y la palabra exacta

Frank Budgen, un pintor inglés amigo del gran novelista James Joyce, relata haberse encontrado con el escritor y haberle preguntado por cómo avanzaba su libro (Ulises):

—He estado trabajando duro durante todo día—respondió Joyce.
—¿Significa esto que has escrito mucho? —pregunté.
—Dos frases —respondió.
Esto me hizo gracia, pero al darme cuenta de que no sonreía, me acordé de Flaubert.
—¿Has estado buscando “le mot juste”*?
—No —me dijo— las palabras ya las tengo. Lo que estoy buscando es el orden correcto de las palabras dentro de la frase.

Tal vez este empeño obsesivo por la perfección sea un privilegio de otros tiempos, pero no está de más recordarlo para comprender que, detrás de las maravillas de la literatura, hay siempre un esfuerzo titánico.


*”Le mot juste” es una expresión francesa que significa “la palabra exacta”. Gustave Flaubert popularizó la expresión. Según él, cada palabra del texto debía elegirse con sumo cuidado para asegurar que fuera justo la necesaria.