La cumbre


UNO
Presagios
Después de levantar, en compañía de su madre, a su padre Benancio que yace tendido y malherido en el piso al frente del Castillo, y atenderle las heridas sangrantes que tiene, Granciano se retira a su alcoba. Se tiende boca arriba sobre la cama. Por un instante, piensa en lo ocurrido y se pregunta sobre quién o quiénes pudieron haber lastimado a su padre y por qué. La última campanada, de once que dio el reloj, apenas la escucha. Dos minutos más tarde, percibe la cercanía de las tres figuras que a diario lo acosan. Dos de las figuras vienen adelante, vestidas con túnicas negras. El horror del odio y de la maldad se reflejan en las máscaras que usan. Blanden largas y afiladas espadas en actitud amenazante. La tercera figura, viene detrás de las otras dos, trae encasquetada una túnica roja y lleva una máscara diabólica. Tiene en una de sus manos un tridente con la que lo amenaza ensartarlo.

Las tres figuras vociferan maldiciones e imprecaciones vulgares y satánicas; el olor nausea-bundo del odio llega hasta él. Se encuentra indefenso y acorralado contra la pared. Suda, tiembla, el espasmo del pavor le corre por la sangre, lo paraliza. Está helado, como un tém-pano de hielo, respira horror, exhala pánico. Granciano, mira horrorizado a los dos hombres, con espadas en mano, lanzarse contra sus piernas con la intención de cortárselas, en tanto que el espectro de rojo lanza el tridente directamente a su pecho. Lanza un grito de dolor que se escucha en toda el Castillo y se levanta empapado en sudor. Permanece sentado un instante en el borde de la cama. Fidencia Concepción, su madre, que ha escuchado el grito, le trae un vaso con agua. Trata de conversar con él, pero Granciano está atemorizado. El sueño se ha ido.

Después de que se le ha pasado el temor, se levanta y se dirige a la biblioteca. Saca un vo-luminoso cuaderno, toma un bolígrafo y escribe: “Las pesadillas de los tres malditos han vuelto de nuevo, no me dejan dormir. Cual inexorable cita a cumplir, apenas me sumerjo en el sueño, hacen de inmediato su diabólica aparición… Cada noche es lo mismo, siento que los tres me acorralan y cada vez más, el frío de las cimeras afiladas de las espadas destroza mi piel, me amputa las piernas, en tanto que la rústica y pesada lanza tridente desgarra mi corazón. Estoy desesperado. Siento que mi alcoba y toda la casa es una caja de horror, tiene el olor de la sangre impregnada…He de protegerme y proteger a mi madre Fidencia y a Benancio, mi padre. Nada parece ser igual, después de lo sucedido a mi padre Benancio… Desde el tenebroso e indescifrable mundo de las pesadillas, la envidia y el horror, las ame-nazas y el odio, han empezado acechar la vida de El Castillo, su casa, su hogar de siempre, que nada de especial tiene…salvo la historia, además del tamaño y la ubicación… frente al mar…”. (Punto final)”.

Por un instante, recuerda a su antepasado Ramaben Benítez, el primer y más antiguo de los Benítez que llegó a estas tierras, ciento ochenta y un años antes de que lo hiciera el almiran-te Cristóbal Colón. “Aquí, en este lugar, se estableció y pudo preservar de la mejor manera los cuadernos y el péndulo ojo de tigre que trajo consigo, además de otros objetos que pudo rescatar cuando huyo de Egipto. Razones de sobra tuvo para construir este caserón, cons-truido con la ayuda del jefe indígena Pascual y su pequeña tribu con quienes se encontró en este lugar, y hacer dentro de esta inmensa mole, este reservado lugar en el que ahora me encuentro, sólo para resguardar, en lo más recóndito de los pasadizos de esta colosal y la-beríntica estructura, lo mejor que pudiera el Codex-Benítez”.

 

Cuando Granciano termina de releer varias veces las quince páginas que ha escrito en un voluminoso cuaderno, lo cierra, y lo regresa al estante al lado de otros idénticos. Con deli-cadeza, examina otros, y selecciona uno más. Lo abre en la parte en la que está una pequeña concha rectangular de carey que hace de separador y lee unas diez o doce páginas. Al ter-minar la lectura, lo regresa al mismo lugar en el que estaba, al lado del anterior.

Son más de ciento cuarenta y tres cuadernos los que allí se encuentran. Algunos tienen hasta dos mil páginas. La mayor parte de ellos, están plegados, cosidos y encuadernados a mano y otros están guardados en estuches bellamente de cuero decorados. También se encuentran rollos y pergaminos antiguos. Todo este conjunto de cuadernos, rollos, pergaminos, es el Codex en el que los Benítez han consignado durante siglos el testimonio fiel de su historia, logros destacados y avances culturales y científicos. Allí se encuentran relatos de mitos, leyendas, inventos y de fórmulas químicas de medicamentos. Se reseñan, también, costum-bres y prácticas, recetarios de cocina. La similitud y el estricto orden que guardan los cua-dernos en los estantes es asombrosa, pero los tamaños y los colores varían. Su nombre completo es el Codex-Benítez…