Relatos


2. Astucia y linaje

El intradós de la bóveda del Salón de Clarividencia es amplio y lo rodea un misterioso y atrayente aire místico. Pareciera que todas las respuestas a las preguntas de la vida estuvieran ahí. Granciano, a diario, se extasía con las pinturas al fresco del augur y de otros famosos clarividentes que Ramabén y otras generaciones de los Benítez dibujaron sobre esa superficie. Se les observa con la mirada austera y la severidad en los rostros, perfectamente delineados, traducen rigor y sabiduría.

Entre la gama de sobrios colores y con alucinante nitidez, resaltan las imágenes de un augur de la antigua Roma y de la diosa egipcia Nut, diosa de los cielos, hija de Shu y Tefnut, esposa de su hermano Geb, madre de Osiris, Isis, Seth, Neftis y Horus y creadora del universo. Aparece desnuda y con su cuerpo arqueado. Al pie del augur se encuentra un ave, es un gallo, muy parecido al que Granciano tiene en el jardín. Los contornos de las figuras son claros, precisos, bien definidos y los colores conservan la frescura y la tonalidad aplicadas. Las dibujó Ramabén Benítez, influenciado como estaba por la filosofía griega y por esa diosa, después de recorrer Egipto y otros territorios árabes.

Siete generaciones más tarde, Gregorio Benítez dibujó la imagen de Leonardo Da Vinci y, años después, Brauliano Benítez pintó la de Nostradamus y la de Rasputín. Aunque a los dibujos les falta el toque maestro de la genialidad, Granciano vive satisfecho con ellos. A pesar de los años, parecen recién acabados de pintar. Es increíble pero sus miradas y sus labios reflejan grandes momentos solemnes de la humanidad y resaltan con gravedad la imperturbable actitud como si estuvieran expectantes de lo que abajo, en la mísera tierra, pasara, que no es poco.

En alguna ocasión, a Granciano le pareció que su imagen resaltaría como la de esos reconocidos clarividentes. Aspiraba figurar en esa solemne galería. Se dio, entonces, por divulgar la idea de que sus ancestros se remontaban hasta los de un faraón, pero ni los meticulosos registros de nacimiento de los Benítez ni los más avanzados estudios realizados por los más sobresalientes genealogistas de Gambote, pudieron encontrar rastro alguno de esta conexión. Por más esfuerzos de indagación que se realizaron, nada se comprobó y, aunque fuera cierto eso de que las raíces de sus antepasados se perdieran en la inmensidad del tiempo, no había prueba alguna que lo testificara.  Así que Granciano no tuvo más remedio que abandonar esta pretensión y conformarse con la imagen que hoy proyecta en los demás.

Pero Granciano sabe que, si bien su imagen y su ancestro no están ligados con la de ese desconocido faraón, si es la de un auténtico y aplomado Benítez. Que es heredero de la más rancia alcurnia y de la más original de las tradiciones de la humanidad, diferente de cualquier otra imagen o a la de alguno de los Del Corral, unos allegados a Gambote, descendientes de un verdugo, que usurparon el poder y lo hicieron suyo, como si fuera un legado divino o descendiente de alguna fuente autoritaria para ejercerlo. Su apellido Benítez significa mucho para él y para Gambote, y, quizá, hasta para la humanidad.

Por el contrario, está registrado que el primer Del Corral que llegó a Gambote fue el verdugo oficial de Pablo Morillo. Ese tétrico y cruel personaje cuyo único acto de piedad que se le conoció fue el que realizó con una mujer negra a la que le perdonó la vida en una ceremonia de ajusticiamiento masivo en la plaza pública de Gambote. Ese día, después de decapitar por rebeldía, con una frialdad inenarrable a 474 escuálidas y esqueléticas mujeres, de 475 que estaban en lista para ser ejecutadas, se compadeció de la última.

Era una mujer de raza negra. Mostraba el horror del hambre, pero, aun así, lucía una agraciada belleza y una destacada armonía que resaltaba a primera vista. El verdugo le aplazó la ejecución, pero no por piedad sino porque se había quedado sin fuerzas en los brazos de tanto decapitar mujeres rebeldes y no tuvo más remedio que dejar la ejecución de esta última hasta el día siguiente. Pero algo curioso sucedió entre la mujer y el verdugo.

Esto ocurrió en un día del mes de enero de 1816. Gambote mostraba el horror de la muerte. Los cadáveres se amontonaban por las calles y los que quedaban vivos apenas podían moverse, si era que podían hacerlo. Caía una pertinaz llovizna que los nativos llamaban pajareque. Para esa fecha, habían pasado más de trescientos años desde cuando Brauliano Benítez le había tendido la mano al almirante Cristóbal Colón, al capitán Vicente Yáñez Pinzón y al maestre Juan Niño para ayudarlos a descender de La Niña. Ese día, por la tarde, después de almorzar pescado, yuca y maíz, Brauliano les comentó sobre la hazaña realizada por su antepasado, Ramabén Benítez, al llegar a estas tierras en una nave frágil. Les dijo a los recién llegados que todavía hasta ese día no había nadie que pudiera explicar cómo fue que lo hizo, ya que la nave en la que atravesó el océano estaba fabricada de modo rústico con maderas de pino y chaparro, velamen latino, sin rizos y con un sistema de jarcias ajustados a un costado del buque que apenas podía resistir cualquier ventisca.

Apenas el verdugo le informó a la mujer que le fue aplazada la ejecución para el otro día, la mujer quedó con ganas de agradecerle ese acto compasivo que tuvo para con ella. Pero, también entró de inmediato en sospechas. Ella intuyó que el hombre no se había ajuntado con mujer alguna desde que llegó a Gambote.

Lo sospechó por la languidez de la piel, la tembladera de manos y piernas y por los ojos, que se le veían resecos como laguna en verano, y montó sin tardanza su estrategia. ¿Por qué no había tenido contacto con mujer alguna?, fue lo primero que se preguntó la negra. Y, al instante, astuta como era, ella misma se respondió: quizá, por andar ocupado en decapitar rebeldes o por estar en estos menesteres, sólo tiempo tendría para ocupar sus manos en complacencias íntimas personales o tal vez por no querer desprenderse de esa horrible máscara. ¡Vaya que tipo de vida para un hombre! Y la negra sonrió de manera maliciosa, como sonríen las mujeres cuando están seguras de su malicia, dejando ver la blancura y la uniformidad de su dentadura, porque creyó tener la respuesta a esos males.

 La mujer quería vivir y, para lograrlo, se propuso seducir al verdugo en las pocas horas que le quedaban de vida. Comenzó con espabilarse un poco y a enviarle señales provocativas con la boca y con los ojos, realzando sus pechos con ciertos movimientos y moviendo las caderas, un poco para allá y un poco para acá, hasta el punto de que el verdugo no resistió estos ataques de la mujer y se acercó. Se rindió, pensó ella. Él, dejó oír su voz ronca y atragantada por la máscara que llevaba puesta y le preguntó por lo que buscaba con esas morisquetas que hacía. Ella, entonces, ni corta ni perezosa, le habló para decirle que estaba agradecida por el aplazamiento, que lo veía seco como una plaga de sequía y quería concederle el deseo de satisfacerlo un poco.

El hombre, aunque desconfiado de la negra, pero reseco de mujeres como estaba, aceptó de inmediato. Es mío, pensó de nuevo la condenada, pero le dijo que sólo le permitiría que la poseyera una sola vez en esa única noche. El verdugo aceptó y cumplido estuvo en la celda a la hora convenida. Para la mujer fue traumática y decepcionante esta primera vez. El hombre alebrestado y muy arrecho como estaba, al ver desnuda a la negra, se le avanzó como caballo desbocado, con máscara, botas y polainas y con el resto de ropa que traía puesta. Sólo dos segundos duró esta relación. Como siguiera brioso y su falo erecto como una varilla acerada, el hombre le rogó para una segunda vez.

Ella se negó al comienzo, pero, después de tanta insistencia del hombre, se compadeció de él y acabó por aceptar con la condición de que si quedaba embarazada el hijo que naciera llevara su apellido, que hasta entonces nadie sabía. Además, le dijo que fuera esa misma noche ya que, si era en otra noche, corría el riesgo de que sus propios compañeros de celda la descubrieran y la mataran por acostarse con un verdugo cruel y sanguinario. El verdugo aceptó y esta vez la relación duró tres segundos, y al terminar, como siguiera con igual o mayor ímpetu, de nuevo le insistió para una tercera vez.

Ella volvió a negarse como la primera vez, pero de nuevo se compadeció del hombre y aceptó con la condición de que le regresara el pato de oro que le había entregado. El aceptó, pero no había terminado de eyacular cuando ya estaba implorando por una cuarta relación. Y así siguió, una y otra vez, hasta la octava relación, en la que, igual a las ocasiones anteriores, ella terminó por decirle que sí, pero esta vez le pidió que se quitara la máscara para conocerle la cara al hombre con el que había tenido estado. Pero esta vez fue el verdugo quien no aceptó por temor a ser castigado por Pablo Morillo y, por más que la mujer le insistiera, el sombrío personaje prefirió alejarse de la mujer, todavía alborotado y con el falo tieso y parado como un mástil, antes que quitarse la fúnebre máscara de verdugo que le había encasquetado Pablo Morillo.

Fue suficiente esa única noche para que ella quedara embarazada y nueve meses después naciera el primero y único descendiente del verdugo. Fue bautizado en secreto con el nombre de Teótimo Del Corral.

De ese modo, la descendencia de los Del Corral, se aseguró, a través de ese hijo que tuvo el despiadado verdugo oficial de Pablo Morillo, cuyo nombre jamás se conoció. Tiempo después, un grupo de esclavos alzados en rebeldía lo ajusticiaron en la orilla del caño de Las Palomas a punta de garrotazos. La mujer nunca recuperó el pato de oro entregado y tampoco pudo verle la cara a ese tétrico personaje, pero se conformó con que le permitiera ponerle el apellido Del Corral a Teótimo. A ella, por extrañas creencias, le parecía que ese nombre era el indicado para timar a Dios o para averiguar el oro acumulado por el verdugo. Pero jamás se supo que hizo el verdugo el oro arrebatado. Iban en ese robo objetos y figuras decorativas, como un cerdo, una lora, seis patos y ciento cuarenta ratas de oro macizo, además de varias decenas de lingotes que les arrebató a quienes eran condenados a la decapitación.

Convencida estaba también la negra de que, con ese nombre, su hijo podría sacarla de la pobreza. Creía que, al heredar de su padre la facultad de acorralar a las víctimas con palabras convincentes para timarlos, podía enriquecerse. Así lo hacía el verdugo al decirles a los condenados que le entregaran el oro a cambio de perdonarles la vida. Y esa mujer negra, llena de atributos físicos y de extrañas creencias, creía que su hijo tendría suficientes armas para timar a las personas o para timar en nombre de Dios, que para ella era lo mismo. Y así fue. Teótimo heredó esa facultad de embaucar a todo el que se le atravesara en su camino.

Tiempo después, el rey de España, todavía con poderes en estas tierras y por sugerencia del propio Pablo Morillo, le concedió a Teótimo la administración de Gambote. Así, de esta manera, el Rey lo compensó por el asesinato que sufrió su padre, el verdugo. Sirvió este acto compensatorio para que la gente sospechara que el propio Rey tenía que ver con esa muerte, pero nada se comprobó. Desde entonces, los Del Corral, en estrecha alianza con los militares desocupados de las guerras de independencia y con los curas inquisidores que aún quedaban, se aferraron al poder empleando todo tipo de argucias y de trampas, pero de manera especial inculcando un miedo fóbico entre los habitantes de Gambote que los atenazaban a unas supersticiones y creencias de las que nunca pudieron librarse. (Actualmente, en Gambote, el miedo sigue, aunque disfrazado bajo otras formas, pero sigue siendo miedo)

Cada uno de los Del Corral inventó cualquier cosa para inculcar, expandir y acrecentar el miedo entre la gente de Gambote. Teótimo, el primer Del Corral, hijo del verdugo, se inventó que la noche, fantasmas y seres malignos como La Llorona, el Perro Negro, La Mano Peluda, el Ánima Sola, rondaban por Gambote para desaparecer a quienes anduvieran por ahí deambulando sin rumbo fijo. Un descendiente de Teótimo, Timolano Del Corral, añadió la existencia de El Mandingas, la Cabellona, la del Angelito Toñeco y la del Cura sin cabeza.

Creencias fabricadas por los Del Corral aseguraban que los rayos, las centellas y las nubes negras que anunciaban borrascas, eran obras del mismísimo demonio. Imaginerías de todo tipo inundaron las cabezas de las gentes de Gambote, y leyendas espantosas, apariciones y aquelarres no hicieron más que amedrentar y aterrorizar. Así, cada generación de los Del Corral, atenazados al poder, poco a poco, fue añadiendo creencias medrosas, fanatismos, pareceres y sospechas, dogmas y doctrinas, que acrecentaron el miedo a cualquier cosa.

Gambote comenzó por temerle al trueno, al rayo, a la oscuridad, a los ruidos, a los animales, a las nubes, a las borrascas, a las crecientes y a los animales escondidizos. Siguió con el miedo al amor, al odio, al frío y al calor, a los vivos y a los muertos, a la soledad y a la multitud, a la gente, a las alturas y a las profundidades, a la noche y al día, a la eternidad y al tiempo, a los temporales, al coraje, a los animales, a las sombras y a las imágenes, al sol, a la luna, a las estrellas, al hambre y al placer. La lista a los miedos era interminable y se alargaba con el miedo al bosque, al chocolate, a los gatos, a los afectos, a las caricias, a los aromas, miedo a la felicidad, al ruido y al silencio, a no ser comprendido y a las vibraciones, al propio miedo, y a lo que fuere, pero nadie escapaba al sufrimiento de algún miedo.

Se sabía de personas que les temían a las nubes, otras al cielo, al agua, al aire, a la tierra y no pocos hombres les temían a las mujeres, a las tetas y a la vagina y mujeres había que, por su parte, les temían a los hombres y al falo, lo que resultaba una infinidad de mezcla de miedos que, a su vez, generaban otros miedos, hasta formar una telaraña infinita de miedos de la que nadie escapaba.

Con el paso del tiempo, a las personas no sólo se le hacían nudos en la garganta o se les helaba la sangre del miedo, sino que también morían asfixiados por esos nudos o porque las venas y arterias se les reventaban por la acumulación del hielo en la sangre. Muchos quedaron sin el don del habla y otros quedaron para siempre con los pelos de punta o con una tembladera, igual a la que le daba a Granciano cuando presagiaba algo.

Al miedo, por mucho que quisieron controlarlo, jamás pudieron hacerlo; por el contrario, se agigantaba. Fue gracias a la piedad de un sacerdote que viendo las trágicas consecuencias que el miedo venía causando entre la gente, predicó que lo mejor era encauzar este miedo hacia el creador de todas las cosas antes que perderse en las telarañas del miedo. Desde entonces se habló del temor a Dios. Esto alivió las cosas, pero no las acabó, ya que la gente de Gambote quedó sufriendo de toda clase de fobias, pero especialmente de tanatofobia, de filofobia, tripofobia y de nictofobia.

El miedo inculcado fue también aprovechado para explotar la Mina. Con el miedo inculcado a los trabajadores, fue como se pudo incrementar la producción de minerales preciosos. De ese modo también, fue como Gambote entró en la senda del olvidó de las enseñanzas humanísticas que Ramabén Benítez y sus más cercanos descendientes habían transmitido, gracias a los aprendizajes logrados en sus viajes por Grecia, Roma y los territorios árabes.

El pueblo de Gambote pasó de ser laborioso y dedicado a los menesteres que facilitaba y encaminaba el trajinar del hombre en la sociedad y para la vida, para dedicarse en cambio, al ocio, a la contemplación del más allá y al trabajo esclavizante de las minas. Los gambotenses se enemistaron con la naturaleza y olvidaron el álgebra y la forma de hacer casas, albercas, baldosas, albóndigas, arepas, buñuelos, y de preparar álcalis, elixires o jarabes; se olvidaron también de comer arroz y de sembrar naranjas, limones, berenjenas, albaricoques, zanahorias, y el hambre y el ocio que nunca se conocieron, gracias a los Benítez y al indígena Pascual, comenzaron a hacer estragos entre los pobladores.

Nunca más practicaron el intercambio de alimentos y de las otras cosas que producían y que realizaban entre sí para procurarse aquello que necesitaban. Lo mejor que encontraron, entonces, fue emplearse de sirvientes, por tan solo un plato de comida al día de los ricos hacendados, de los militares ávidos de guerra y de la familia de los Del Corral, que ocupaban hasta cincuenta personas para los oficios de la casa. Hacendados, militares y los Del Corral, llegaron al punto de controlarlo todo hasta que, muchísimos años después, aparecieron el Encomendador y la Sombra, unos seres extraños y malvados que, con los desalmados hombres a su servicio, despojaron y desplazaron a cientos de miles de campesinos para quedarse con sus propiedades, obligando a los Del Corral a compartir su poder.

***

La ventana del costado oriental de la pared del gran Salón de Clarividencia se abre hacia un hermoso jardín, en el que se encuentra un aljibe con capacidad para almacenar suficiente agua como para resistir varios veranos. El jardín se encuentra muy bien cuidado por un Omairo Calderín, hombre de confianza de Granciano. Omairo comparte su tiempo trabajando de medio tiempo con los Benítez en diferentes quehaceres de la casa y el otro medio tiempo en la mansión de Pasmenio.

El alcalde Pasmenio, conocedor de su laboriosidad, lo contrató para que en el tiempo que le quedaba libre cuidara el jardín de la mansión. Omairo sospecha, por los requerimientos y las preguntas que Pasmenio con frecuencia le hace, que lo contrató más bien para que le contara detalles de la vida íntima de los Benítez que para cuidar el jardín. Pero Omairo sabe callar.

Omairo mantiene el jardín de los Benítez repleto de diversas plantas ornamentales que sueltan diversidad de aromas que se mezclan entre sí y penetran al salón envolviéndolo en una atmósfera de agradables emanaciones que se elevan hacia la cúspide, a la espera de que Granciano les abra la ventana y así abrirse paso hacia las estrellas, al universo.

Con más de 80 kilos de peso, un metro y ochenta y dos centímetros de estatura y a punto de cumplir treinta y cinco años, Granciano sabe utilizar a la perfección la atmósfera mágica provocada por las fragancias de los aromas. De mirada penetrante y de musculatura firme y de atlética apariencia externa, da la impresión de dedicar buena parte del tiempo a los ejercicios físicos, pero es un maestro en usar el efluvio de las flores para dar rienda suelta a interpretaciones sibilinas y embaucadoras. La emplea para resolver los diversos casos o situaciones que le presentan quienes a él acuden en busca de ayuda espiritual o de consejo, que en su mayoría son mujeres deseosas de casamiento o de tener un hijo, comerciantes ávidos de riqueza y personas preocupadas por su futuro.

Paseándose por el jardín y luciendo una empinada y colorida cresta que resalta entre el follaje multicolor de las florecidas matas, un gallo gigante, parecido al que se observa al lado del augur, sobresale caminando solitario y con una extraña tembladera por entre las matas.

Es tal el parecido que guarda el gallo con la imagen del ave que está al lado augur en el intradós del techo que, puede decirse, que es el mismísimo animal. Alguien, alguna vez, llegó a afirmar que esa imagen dibujada en el intradós era la del gallo actual que se pasea vanagloriándose del don de la eternidad. También es posible que la tembladera de la que sufre el arrogante pollo, igual a la tembladera que le da a Granciano cuando presiente algo, sea un rezago del miedo que ronda todavía en Gambote, pero es difícil asegurarlo. Esta afirmación, a lo mejor se hace por la inseguridad reinante.

Con ojos vigilantes y ariscos se le ve siempre mirando hacia el interior del salón en donde se encuentra Granciano. Permanece atento como si esperara alguna orden o el inicio de las lecciones que a diario su amo le imparte con la intención de enseñarle a leer y orientarlo hacia las prácticas de alectomancia. Granciano es la única persona que alimenta el gallo y por nada del mundo permite que su madre Fidencia Concepción u Omairo Calderín lo hagan.

Para orientar al gallo hacia esta práctica, Granciano ha dibujado en la mitad del jardín un círculo de regular tamaño y a su alrededor ha dibujado los diez planetas de la astrología, incluyendo al Sol, la Luna y Plutón. Por encima de los planetas, pero por debajo del círculo están los cuatro elementos existentes: agua, tierra, fuego y aire. Debajo de los planetas se observan los doce signos del zodíaco y, más bajo de los diez planetas, las letras del alfabeto de tres idiomas diferentes. Encima de las letras, cada día, Granciano pone uno o dos granos de maíz o de trigo, según el grado de complicación del caso que tenga en sus manos.

Una vez que Granciano u Omairo abren la puerta del gallinero, el hambriento y presuntuoso animal corre veloz y en dirección hacia el círculo, y picotea a su antojo los granos puestos sobre las letras. De acuerdo al orden de los picotazos del animal y, a medida que gira, de derecha a izquierda, alrededor del círculo, Granciano interpreta las complejas relaciones que se dan entre los picotazos y los elementos, los planetas, los signos y las letras, para luego deducir el resultado, como si fuera un claro mensaje alectomántico. Es a este mensaje, al que Granciano le da un sentido adivinatorio o predictivo. Quienes más acuden a este método son las mujeres en edad de casarse y personas a quienes el miedo los tiene sumido en un terror abismal, como si estuvieran en las puertas del mismísimo infierno o quizás en algo peor.

Cada mañana, después de las lecciones de alectomancia y del aseo que su madre Fidencia Concepción hace en el Salón de clarividencia, Granciano pasa por la alcoba en la que está su padre. Lo hace, una vez finalizados los ejercicios con las cinco barajas de póker, cuatro negras y una roja, que tiene tendidas sobre el escritorio, puestas boca abajo, para comprobar el buen funcionamiento del péndulo ojo de tigre. Más tarde se dedica a la revisión de cada uno de los numerosos objetos empleados en la práctica de la clarividencia dispuestos sobre una mesa de seis metros de largo que tiene la misma forma circular de la pared.

***

Sin reparar en el tiempo que se demora en esta tarea, Granciano, con un paño de lana blanco, especialmente destinado para el caso, se aferra a abrillantar, aún más, los diferentes objetos adivinatorios que allí se encuentran, quizá para lograr un poco más del brillo que su madre Fidencia Concepción es capaz de sacar. Está en esas cuando unos persistentes toques en la puerta lo sacan de esa concentración. Los golpes resuenan en el interior de El Castillo por el efecto del abovedado techo del Salón de Clarividencia, pero Granciano no se sorprende y tampoco se inmuta. Cree saber quién es, pero no está seguro. Alza la vista hacía el intradós como si buscara una respuesta, y su mirada tropieza con la de Nostradamus. Pero Nostradamus nada responde. A lo mejor la respuesta que busca esté en el Codex-Benítez o en el péndulo ojo de tigre.