Cuando menos es más


Un relato de mi nueva novela

Cuando menos, es más

Leonardo Gutiérrez Berdejo

Cuando era comerciante, aprendí a escuchar y a guardar silencio. Mi silencio, bien podía no ser fruto de la prudencia, pero sí me fue de gran ayuda, dado que, a cada instante, andaba metido en negocios de toda clase, las más de las veces, raros y turbios. Lo mío era el acaparamiento, la especulación, y ¡claro!, no faltaba, el contrabando. Con la máxima “menos es más” pegada a mi cabeza, había aprendido que entre menos palabras dijera, más seguridad y confianza sentía, menos me exponía y mayores eran las ganancias.

No siempre fue así. Como buen egipcio, cuando joven era muy hablador. Hablaba tanto que muchos creían que terminaría siendo un politicastro. Tenía la madera para engatusar, pero me faltada la de corrupto y rastrero. Llegué a convertir mis galimatías en maravillosas obras de arte retóricas. Podía hablar horas y horas y no decir nada. En ocasiones me percataba de que terminaba fastidiando a los demás por las babosadas que decía, pero a mí eso poco me importaba. Estaba en mí ser locuaz. Pero un día leí un proverbio que me enganchó. Decía así: Dios nos creó con dos orejas, dos ojos y sólo una boca, es porque tenemos que escuchar y ver dos veces antes que hablar. Desde ese día comencé a cambiar.

Menos, es más, era un juego de palabras que aprendí en El Cairo de boca de mi amigo Manolo Inclán, el español gallego. ¡Qué tipazo!, ese Manolo. Gracias a él, aprendí a trampear en el comercio y a interesarme por su idioma. Orgulloso, un día me contó de las luchas libradas por los gallegos para defender la causa republicana y que él era descendiente directo de un tal Miguel Solís Cuetos, uno de los llamados Mártires por la Libertad. Yo no sabía quién era ese tal Solís, pero le creí, él no me mentía.

Manolo hablaba gallego, pero dominaba el castellano mejor que cualquier español. Cuando me enseñó lo de las tres palabras, me dijo que, bien aplicadas, ayudaba a entender el mundo. Y así fue: cuanto más empleaba esas tres maravillosas palabras en mi vida de comerciante, más eran las ventajas que obtenía. Palabras breves, pero precisas. Para lo que más me sirvieron fue para aprender a escuchar más y hablar menos. Aprendí que, entre menos hablaba, más escuchaba, más aprendía, más negocios realizaba, y más ganaba. Manolo era un sabio: me enseñó a manejar la palabra y el silencio. Espero que aun viva.

Admito que mi silencio no era producto de una inteligente prudencia, sino de una normal prevención. Todo aquel que del comercio vive, preocupado anda por los resultados de los negocios que realiza. Pecados menores son el acaparamiento, la especulación y el contrabando. De ahí que, entre menos palabras dijera, significaba no exponerme a divulgar ocultos secretos del comercio, lo que equivalía a más seguridad y más dinero. De la mano de Alá, esa era mi felicidad. Aprendí que del árbol del silencio pende el fruto de la seguridad.

Para quienes se muestren interesados, esta especie de paradoja tiene tropezones. Si bien la máxima aplica para cuando se es hombre de negocios, o eres un prófugo, no funciona, en cambio, para la política, ni cuando se trata de un padre agobiado por el infortunio o en casos graves, como lo es el asesinato de una hija. En estos casos, todo cambia. Por Aín, yo estaba decidido a hablar, a contarlo todo y entre menos hablara, menos posibilidades habría de esclarecer el asesinato. Más silenció equivalía a más impunidad; más impunidad, sin embargo, equivalía a menos castigos.  

En cuanto a Granciano, sabía yo que se había entregado a los placeres mundanos. Lo supe por boca de Feliciana. Me sentí culpable, estaba seguro que el dinero y los regalos que recibía de los cachondos y del dueño del yate lo hicieron caer en tentación.

Granciano no tenía motivos para entregarse a las veleidades del dinero y del sexo. La clarividencia y el negocio del puerto producían lo suficiente. Rosario, además de hermosa, era propietaria de una mina. En verdad, era mucho el dinero que Granciano recibía, suficiente como para no dejarse tentar por el demonio de la codicia o del placer, y estuviera dedicado, con todas sus fuerzas, a los augurios. Pero, ¡vaya uno a saber de las intimidades del hombre y de los pecados que guarda!

Al salón, a toda hora llegaban mujeres con el pretexto de conocer su futuro. Pero esto no era cierto, venían a solazarse y a escuchar las lecturas del Kamasutra y de otros libros cargados de erotismo. Se podía asegurar que Granciano iba camino a convertirse en un ´maestro del placer´ y el Salón de la Clarividencia, de a poco, en el Erosmar. 

Singo por su parte, se había entregado de lleno a la lectura del Codex. Cada día encontraba motivos para encerrarse y profundizar en sus misteriosos relatos. Las sospechas que mantenía sobre mí se habían multiplicado por cuenta de las lecturas que hacía, pero más por el arribo de los dos yates, la ausencia de los agentes aduaneros, por los hombres de la Sombra que patrullaban armados en las afueras del Castillo, y por los altos ingresos del puerto.

En su caso, la paradoja de menos, es más, se había convertido en más lectura, más sospechas sobre mí y menos Paula, la sobrina de Feliciana que lo visitaba con frecuencia. Menos Paula y más lectura, lo mantenía más ocupado, pero con la vista puesta más en mí que en otra cosa. 

Por los lados del malecón, cada punto, de cara al mar y al Castillo, estaba custodiado por estos malandros. Yo intuía que estaba metido en algo extraño y peligroso, pero no alcanzaba a esclarecerlo. Lo único que podía asegurar era que la idea de Midas, cualquiera que ella fuera, giraba alrededor de las ganancias, sin importar si era o no turbio, prohibido, o peligroso lo que la produjera.

En Gambote, la crisis favorecía los intereses de Ismael Almagro, lo que equivalía decir, a los bancos de Midas. Con menos dinero en circulación, los intereses eran más altos; con más hambre a cuestas, los salarios bajaban y los préstamos se multiplicaban a través de las hipotecas. La llegada de contingentes de turistas no se hizo esperar por los bajos precios que encontraron en la ciudad. Lo que fuera o lo que quisieran, los turistas lo encontraban “casi regalado”.

Exceptuando el turismo, las oportunidades para ganar dinero escaseaban para la silenciosa mayoría, pero se habían multiplicado para Midas y el Encomendador, al empezar este a ejercer su poder. 

Hambrientos y deambulantes, hacían de las calles un deprimente espectáculo. Una tragicomedia al mejor estilo de los esclavos de las pirámides. Pasmenio impuso un nuevo impuesto, destinado a obras sociales. Recayó en los turistas ricachones que se divertían lanzando monedas al mar para ver a niños y jóvenes hambrientos zambullirse hasta profundidades peligrosas tratando de encontrarlas. Con frecuencia algunos se ahogaban, en esta búsqueda. Por cualquier lugar, se veían cadáveres andantes desfilar detrás de los ricachones cachondos que, con sus caras enrojecidas, parecían camarones o cangrejos asados.

Supe por boca de uno de los hombres de la Sombra que los únicos negocios prósperos que se veían en Gambote eran las empresas y el banco de Midas, el puerto del Castillo y “La casa de la Mame” que empezaba a tomar vuelo y a ser la casa de putas más visitada por los turistas que visitaban Gambote.

Cierta tarde, al hombre que dirigía a los matones de la Sombra, lo vi hacer algo detestable. Me repugnó y quise golpearlo. Me contuve. El Calvo, como lo llamaban, medía casi dos metros de estatura y pesaba más de ciento treinta kilos. Caminaba lerdo y practicaba el manejo del revolver que llevaba siempre colgado del cinturón, junto a una afilada daga y debajo del chaleco que usaba sin importar el calor que hiciera.

Lo vi lanzar un escupitajo al aire, y, cuando el salivazo cayó al piso, lo restregó con sus botas. Después, sacó su revolver y apuntó hacía la pared que bordeaba el malecón. Así lo hizo varias veces, pero sin disparar. De un momento a otro, con voz áspera, ordenó a uno de sus secuaces dibujar una figura humana en la pared. El hombre corrió de inmediato a obedecerle y trazó una figura burda y desproporcionada. Nada de humana tenía, pero al Calvo no le importó.

Cuando el secuaz terminó de dibujarla, el Calvo se le acercó, le arrebató el carboncillo y garrapateó el nombre de Gransiano, así con S, debajo de la figura. Con pasos lerdos, se alejó veinte metros, sacó veloz el revolver, y sin afinar la puntería, disparó tres veces.

¡Bang, bang, bang!, retumbaron estrepitosos los disparos en el malecón.

Yo me asuste mucho. Intuía que algo siniestro tramaba el Calvo, pero no lograba dar con lo que era. En ese momento, me convencí de que yo no era, en realidad, quien dirigía el puerto, que Granciano había perdido el control sobre su Castillo, y que las sospechas de Singo sobre mí estaban más que justificadas. Por lo que percibía, a pesar de que fue Granciano quien me nombró administrador del puerto, por ser el dueño, yo no era más que un pobre monigote zarandeado por Ismael, vapuleado por el Calvo y fustigado por las sospechas de Singo.

Saber menos de lo que en realidad estaba sucediendo, quizá, podía darme más seguridad, pero esta corazonada solo era un bálsamo que me conducía a desconocer lo que en el trasfondo se agitaba.

Cuando vi que el Calvo de nuevo apuntaba su revolver hacia los trazos que figuraban ser la figura de Granciano, yo rogué a Alá para que el maldito tuviera menos puntería. Pero no fue así. El hombre, entre menos apuntaba, parecía tener más precisión para dar en el blanco. De los tres disparos que hizo de nuevo, dos dieron en la cabeza y uno en el pecho. Por fortuna, era en la figura de Granciano.

Cuando terminó, volvió a lanzar un escupitajo al aire que, cuando rebotó en el suelo, lo pisoteó, lanzando una carcajada triunfal. Esa tarde supe, de una vez por todas, que la máxima de mi amigo Manolo no siempre era efectiva ni era la más acertada, cuando de un matón se trataba. Peor era, si se trataba de un matón diestro en el manejo del revolver, aun cuando uno deseara que acertara menos.

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