Reseña: El lenguaje: introducción al estudio del habla de Edward Sapir


Reseña

Edward Sapir. El Lenguaje: Introducción al estudio del habla. (FCE, Breviarios, Trad. de Margit Alatorre-XIV Edición, México, 2013)

Leonardo Gutiérrez Berdejo

Próximo a cumplir un siglo la primera edición (1921) de este libro, el autor, Edward Sapir (Alemania, -1884-EUA, 1939) con estudios en lenguas germanas y doctorado en antropología, presenta un detallado análisis sobre algo tan familiar, pero, a la vez tan complejo, como lo es el lenguaje. Los elementos del habla, los sonidos del lenguaje, los procedimientos y conceptos gramaticales, los tipos de estructura lingüística, las relaciones entre lenguaje, raza y cultura son parte de los temas que desarrolla el autor.

El autor advierte desde el inicio de su obra que su propósito fundamental es mostrar de qué manera concibe la esencia del lenguaje y de qué modo varía en el espacio y en el tiempo. A lo largo de los once capítulos evita en gran parte los términos técnicos y de todos los símbolos propios de la lingüística y recurre con frecuencia a ejemplos en lengua inglesa, aunque también cita algunos ejemplos exóticos y en lenguas extrañas, o muy poco conocidas. 

De este modo, Sapir analiza la importancia del lenguaje, su función cultural y la futilidad de la teoría interjeccional y de la teoría onomatopéyica del origen del lenguaje para allanar el camino hacia una definición adecuada del lenguaje: “El lenguaje es un método exclusivamente humano, y no intuitivo, de comunicar ideas, emociones y deseos por medio de un sistema de símbolos producidos de manera deliberada”.

Estos símbolos, anota, son ante todo auditivos –sin base instintiva apreciable- y son producidos por los llamados “órganos del habla”. Reconoce, sin embargo, que es cierto que una base instintiva y el ambiente natural pueden servir de estímulo para el desarrollo de tales o cuales elementos del habla, y que las tendencias instintivas, sean motoras o de otra especie, pueden dar a la expresión lingüística una extensión o un molde predeterminado. De acuerdo con esto, para Sapir, la comunicación, humana o animal, producida por gritos involuntarios instintivos, nada tiene de lenguaje en el sentido en que los lingüistas lo entienden.

Sostiene, en sentido estricto, que no existen órganos del habla. Plantea la cuestión de si sería posible el pensamiento sin el habla y también el caso de si el habla y el pensamiento no serán otra cosa que dos facetas de un mismo proceso psíquico. Afirma que lo único constante que hay en el lenguaje es su forma externa, su significado interior, su valor y, asimismo, de acuerdo con el desarrollo general de la inteligencia. Rechaza la sensación o pretensión de que se puede pensar y hasta razonar sin necesidad de la palabra para acercarse al más importante de todos los simbolismos lingüísticos visuales como lo es la palabra manuscrita o impresa, a la cual desde el punto de vista de las funciones motoras, corresponde toda la serie de movimientos exquisitamente coordinados cuyo resultado es la acción de escribir, a mano o a máquina, o con cualquier otro método grafico de representar el habla, el cual equipara, punto por punto, a ese modo inicial que es el lenguaje hablado.

Sapir trata los elementos del habla, los verdaderos elementos significantes que son por lo general la serie de sonidos que constituyen la palabra que es el primer elemento que “existe” y considera que, en realidad, no hay una manera de dar una definición de la palabra desde el punto de vista funcional, ya que la palabra puede ser “muchísimas cosas”. No obstante, la considera “simplemente una forma, una entidad moldeada de manera definida, que absorbe, del material conceptual del pensamiento integro, una parte mayor o menor, según se lo permita el genio del idioma de que se trata”. Es, a juicio del autor, la palabra uno de los pedacitos más pequeños y completamente satisfactorios, de “significado” aislado en que se resuelve la oración, que no puede fragmentarse sin que el sentido se trastorne.

El autor se ocupa del inmenso número de sonidos posibles, de los órganos articulatorios y su papel en la producción de los sonidos del habla, de las articulaciones vocálicas y de cómo y dónde se articulan las consonantes; de los hábitos fonéticos de una lengua y de los “valores” de los sonidos.  De igual modo, estima  que existe una cantidad extensa de sonidos articulados al alcance de la mecánica del habla, y trata sobre la forma en el lenguaje, los procedimientos gramaticales, la diferencia que existe entre los procedimientos formales y las funciones gramaticales y los seis principales tipos de procedimientos gramaticales, el orden de las palabras en cuanto método, la composición a base de elementos radicales, la afijación entre los cuales destaca los prefijos y sufijos y los infijos.

Trata de la forma en el lenguaje, los conceptos gramaticales a partir de una típica frase inglesa: The farmer kills duckling (El Labrador mata al patito)en la que descubre la presencia de tres conceptos fundamentales distintos, los cuales se ponen en conexión reciproca de varias maneras (sujeto de la oración, verbo y otro sujeto) Afirma que “el lenguaje, desde muchos puntos de vista, es tan irracional y tan terco en sus clasificaciones como lo sería un espíritu que procediera en esa formay concluye, luego, que el más fundamental y poderoso de todos los métodos de relación es el método del orden de las palabras y elementos.

Se refiere a los tipos de estructura lingüística, al lenguaje como producto histórico y sus transformaciones. En otro aparte, expone la posibilidad de clasificación de las lenguas y de la imposibilidad de clasificar las lenguas de acuerdo con los procedimientos formales, de la fusión y el simbolismo como técnicas lingüísticas. Destaca, luego, la variabilidad del lenguaje y de las variaciones en el tiempo, de cómo surgen los dialectos y sobre las familias lingüísticas.

La lengua, para Sapir, es un producto histórico y resalta sus leyes fonéticas en el que sobresale la parte dedicada a cómo se alteran los sonidos sin que se destruya el sistema fonético y de la dificultad de explicar la naturaleza de las corrientes fonéticas, cada elemento gramatical. Cada locución, cada sonido y cada acento son configuraciones que van cambiando poco a poco, a merced de esa corriente invisible e impersonal que es la vida de una lengua, y destaca que esas corrientes psíquicas subterráneas del lenguaje son sumamente difíciles de comprender a base de la psicología individual.

Pone de presente la mutua influencia de las lenguas, y de como las culturas, rara vez, se bastan a sí mismas.  Para él, precisan de los intercambios. Que es mucho más probable que la lengua de una nación considerada como centro de irradiación cultural ejerza gran influencia sobre las lenguas habladas en los pueblos colindantes, y que no reciba la influencia de ellas; que el tipo más sencillo de influencia es el “préstamo de palabras” y que son sólo cinco las lenguas que han tenido significación sobresaliente como vehículos de la cultura: el chino clásico, el sanscrito, el árabe, el griego y el latín, y lenguas culturalmente importantes como el hebreo y el francés quedan relegadas.

Agrega que el préstamo de palabras trae consigo su alteración fonética y la aparición de notables paralelismos fonéticos en diversas lenguas que nada tienen que ver con otras. Finaliza destacando que el lenguaje es quizás el fenómeno social que más se resiste a influencias extrañas, el que más se basta a sí mismo; que es más fácil suprimir del todo una lengua que desintegrar su forma individual.

Afirma que las razas, en el sentido biológico, son soberanamente indiferentes a la historia de las lenguas y de las culturas, de que para dar una explicación de éstas es tan inútil la raza como las leyes de la física y de la química (pág. 236); que es fácil demostrar que un grupo de lenguas no corresponde necesariamente a un grupo racial ni a una zona cultural. Dice que, al igual que con la cultura, ocurre lo mismo que con la raza y destaca que no existe necesariamente una correlación entre la lengua, la raza y la cultura, y finaliza afirmando que no cree que tampoco exista una verdadera relación causal entre la cultura y el lenguaje, y que el lenguaje se está remodelando incesantemente y es el arte de mayor amplitud y solidez que conocemos, es la obra gigantesca y anónima de incontables generaciones.

Con el estudio de la relación entre el lenguaje y la literatura, Sapir finaliza su estudio y anota que las lenguas son algo más que meros sistemas de transmisión del pensamiento. Son, a su juicio, las vestiduras invisibles que envuelven nuestro espíritu y que dan una forma predeterminada a todas sus expresiones simbólicas. Toda lengua, apunta el autor, es en sí misma un arte colectivo de la expresión y que en ella yace oculto un conjunto peculiar de factores estéticos (fonéticos, rítmicos, simbólicos, morfológicos) que nunca coinciden por completo con los de otra lengua.

Todo artista, señala Sapir, tiene que aprovechar los recursos estéticos de su propio idioma, Feliz él si la paleta de colores que le suministra la lengua es rica, si el trampolín es ligero. Anota que las principales características del estilo (entendido como técnica para construir y distribuir las palabras) se encuentran fatalmente dentro de la lengua misma, que no es una cosa absoluta, impuesta al lenguaje de acuerdo con los modelos griegos y latinos, sino que es únicamente la lengua misma, tal como fluye por sus cauces naturales, y dotada de un acento individual lo bastante vigoroso para permitir que la personalidad del artista se ponga de manifiesto como una presencia, no como una acrobacia.

Afirma que casi se puede decir que hay tantos ideales naturales de estilo literario como lenguas; la mayoría de esos ideales no existe sino en potencia: viven en el idioma en espera de artistas que quizá nunca habrán de venir. Y, sin embargo, los textos que se conservan de la tradición primitiva y de los cantos de épocas remotas contienen pasajes de vigor y de belleza inigualables. Finalmente, que debemos tener cuidado de no considerar novedosas unas expresiones que, en parte, solo son para nosotros y de que para ilustrar la dependencia formal de la literatura con relación al lenguaje, quizá no haya nada mejor que el aspecto prosódico de la poesía.

Finca La Planada, Vereda Palenque, Apulo, Cundinamarca, diciembre de 2015.