Por los caminos del realismo fantástico


Misión maligna

Leonardo Gutiérrez Berdejo

La emoción más antigua y fuerte de la humanidad es el miedo, y el tipo de miedo más antiguo y más fuerte es el miedo a lo desconocido. H.P. Lovecraft

Todo comenzó cuando el pedante presidente decidió destruir a Lucinda Candelaria a quien acusaba de recoger y embalsamar cadáveres con la esperanza de resucitarlos algún día. Convencido de que al eliminar a la tétrica mujer acabarían los problemas, encomendó a la coronel Benicia Santoro cumplir esta misión. Fue en el tiempo del siniestro virus en el que, por los desajustes mentales y los muertos que provocaba, imperaba el descontento y llovían las marchas y rechiflas contra el mandatario. Diestra en el oficio de apaciguar y controlar desórdenes y fiel al mando pero incrédula de amaños y de argucias satánicas, y recién salida de los destrozos cerebrales que el virus pandémico le había causado, vio la sagaz militar en esta misión, su buena hora para complacer al superior y recibir una mención honorífica.

Documentos fidedignos señalan la veracidad de lo ocurrido en los días de la maligna plaga que, si bien, no afligió ni atemorizó al engreído líder, recargado de ínfulas, sí moría por exhibir la ligera monserga aprendida para gobernar. Solo cuando vio pasar un carro fúnebre igual que un tren con cientos de vagones de vidrios, de tamaños y colores osados, y repletos de ataúdes descubiertos para que pudieran verse los ridículos gestos con los que morían las personas y conocer, según decía el médico del palacio, el hedor que expelían los cadáveres transportados, y aplacar también las escandalosas iras del bullicio, no dudó el mandamás en ocuparse del asunto y en recurrir a la difamación culpando de los desmanes a la humilde mujer, a quien tildó de ser la Burja, un extraño y escurridizo espectro, sin forma ni silueta, de quien decía, además, tenía poderes miríficos y podía convertirse en lo que deseara, así como de inspirar a vándalos y provocar barullos y desastres en los atrasados poblados en donde operaba.

Creyó el petulante que la coronel era la indicada para la arriesgada misión. Según él, las pretensiones de la Burja, ser ambiguo de manes y súcubos, de nutridos alias, cataduras y rostros como el que ahora asomaba de mujer encantadora y vacilante, con el nombre de Lucinda Candelaria -Lucinda por Lucifer y Candelaria por las lumbres infernales-, dificultaba la dicha de la paz y el goce de las riquezas.  Aconsejado por su tutor, no vaciló el estadista en recurrir a la despreciable treta de calumniar a la Lucinda de los desmanes y encargar de la misión a la cursada militar quien apenas se reponía de los descuadres mentales que el síndrome del virus le había dejado.

Llamó el lampiño a la tropera y le ordenóexterminar a la rebelde diva y acabar con el lunar del agreste enfado en la aldea del escuálido ser. Presta la oficial, alistó la fusta de su carácter para cumplir con el misional encargo de restablecer la dispuesta urbanidad de las cosas y el correcto andar del rebelde rebaño. El tropel acólito de la Burja cabalista iba camino de acabar con lo poco que el maligno virus, orlado de coronas, había dejado pero, muy pronto, según creía el ñoño lampiño, el auge próspero retomaría el rumbo perdido. Confiaba en que la curtida militar haría lo que el deber y el amor patrio ordenaba. Y con mirada imperial, manos anacaradas, tieso los hombros por los tirantes dorados, el pedante líder, de rubios rizos, ordenó a la huesuda militar:

—¡Salve usted la patria, querida coronel!

Y la voz del arrogante retumbó encantada en los tímpanos de la coronel, se esparció por entre las palaciegas salas, se agigantó en los oídos de la servidumbre y se achicó en los adornados dormitorios. Salió de allí para estrellarse contra el comedor y la cocina, pasó por los baños y se mezcló con los excrementos recién depositados por el innumerable séquito presidencial, y siguió hacía los rígidos cuarteles de donde resurgió con redobladas fuerzas para posarse en los oídos de la oficialidad castrense y aferrarse a las charreteras del comandante de donde partió en dirección a los alineados soldados de la guardia presidencial quienes, en ese instante, entonaban canciones chochas compuestas por el mandatario. Con las oscuras horas, la voz regresó a la coronel quien sintió un débil pizzicato en sus caderas cuando penetró en su cuerpo.

Fuentes acreditadas señalan que ese día la coronel plena de alegría, y con el pensamiento en que maléfica y vándalos no tenían lugar en este suelo, reveló su huesuda osamenta con descarada osadía, bebió ansiosa la infusión de trompeta de ángel, el brebaje que la incitaba a deleitarse y a explayarse sobrada, y exhibió a su marido la rosácea y melosa cúspide de su entrepierna empapada de un sudor avinagrado. Más tarde, soñó con las palabras del dirigente y se vio envuelta en un alucinante reflejo apurando su comida predilecta de cerdo silvestre mezclado con champiñones rayados, y bebiendo su tisana de trompeta de ángel. Y sonrió en una especie de onirismo dorado acunando la voz misional contra su pecho.

Regresar al grupo de los militares que habían superado el síndrome de las memorias enrevesadas causado por el virus era lo deseado. Esperaba mostrar, así como mostró a su marido su alucinante vértice, el buen juicio de sus razonamientos como lo dijo el especialista en cerebros del hospital en donde permaneció internada. Actas de valor cierto acreditan que el versado médico había certificado, de su puño y letra, que la militar había superado las torceduras mentales de la crisis cerebral del maligno virus. Las locas imaginaciones de amarillos girasoles burlándose de agitados colibríes, las repugnantes tribulaciones nocturnas, los indecorosos apareamientos de cerdos con gallinas alborotadas, y las diabólicas palomas blancas de picos rojos y patas negras, que le martirizaban el cerebro hasta desaguarlo, se habían marchado. Su padre, además, le impuso el buen criterio del orden de las cosas y la alejó de las sacrílegas invocaciones y, tanto en su cabeza como en su escritorio y en su ropero las ideas, palabras, objetos, armas y vestimentas se movían con ritmos metódicos para enfrentar las creencias cargadas de maléficos encantos.

Las creencias en difuntos y en melopeas desgastadas no iban con ella, tampoco las tamboreras ni las primeras líneas, ni los puestos de resistencias de los que presumían los adeptos vándalos de la Burja. Para ella, todo eso no era más que un simple juego de niños con lo que no se entendía. Y no se equivocaba, lo suyo era enfrentar el fortín de la hermética Burja y sus huestes agazapadas en vetustas y destartaladas casuchas heredadas de salvajes antepasados que, ahora, para presumir, usaban vestimenta llena de colores y de plumajes, tañían tambores guerreros y ora gritaban, ora danzaban, ora arengaban y resplandecían en noches de luna, y de día cantaban odas a su pasado con la pretensión de romper las herméticas puertas del futuro y, en ocasiones, hasta lloraban para henchirse de fuerza pero desconectados de los gajes de la verborrea modernista del neófito mandamás.

—¡Despreciable tumulto!, —dijo la militar cuando supo de sus cantos maléficos, de sus arengas orgiásticas y de sus danzas macabras.

Las balas de sus fusiles eran mucho más. Recorrería las callejuelas enlodazadas, pasearía sus charreteras, alertaría de su acerado mando, llegaría a la plaza central, y examinaría los ataúdes del cementerio del que se decían cosas malignas. Advertiría a Lucinda Candelaria, la Burja, cuya casa colindaba con las tumbas de los degollados, preguntaría por los alzados rebeldes de las protestas y desmanes, les aconsejaría rendirse, y regresaría al cuartel central. Por consultar un libro que trataba de las desviaciones emocionales y de los trastornos cerebrales, repetía a menudo: Un buen oficial debe saber cómo actúan los vándalos y los codiciosos desposeídos para doblegar sus mentes y acallar sus voces.

—Esperaba acabar con la Burja hechicera y con quienes, timidez de esclavos y tambores resonantes, mostraban su furia contra el mandón y sus ñoños —exclamaría, días después, uno de los soldados sobrevivientes.

En ese entonces, la cartilla del orden y del destino manifiesto hablaba de escuchar a los manifestantes y disuadirlos de sus acciones, dar pasos en favor de la concordia, y evitar exaltaciones y resabios. Pero a la Santoro le pareció que esta fórmula era diferente a lo que su recto juicio, forjado en las luchas antimotines, le dictaba.

—¡Malditos instigadores! —repetía a cada instante. Sabrán quien soy.

La misión encomendada, empujaban a la Santoro al sacrifico ardoroso y aquella voz de “Salve usted la patria, querida coronel” le llenaba de un ardoroso afecto y le recordaba historias en las que se disolvían reuniones y se destruían los malignos aleros de paja de las casuchas en señal de fuerza. Pero eran otros tiempos. Ahora, debía ser cautelosa. Les recordaría que la mansedumbre y el orden eran el primer paso de las buenas costumbres pero que, llegado el caso, dispararía contra quienes se resistían con sus colores y tamboreras afianzados en las primeras líneas o escondidos en los ataúdes. No sería la hechicera, de quien se decía hacía arreglos anormales y de pestilente calaña para alejar o acercar maleficios y provocar o evitar cosas inesperadas, quien impidiera la misión.

Restablecer el orden y llenarse de menciones, eran motivos ciertos que empujarían a cualquier oficial a cumplir con los encargos indicados. A Lucinda Candelaria todos la conocían pero a la Burja no, y ella, apenas de palabra. Por cuenta del ardid del tirano, se escuchaba de sus proezas por los corrillos de los cuarteles y de quienes hablaban de voces de ultratumbas, de llantos de engendros, de lamentos de ejecutados de los que se decía aparecían cada vez que la hechicera se alzaba la falda para copular con su marido, Ramón Salguero, el vigilante del cementerio de quien se afirmaba era un muerto vivo. Pero ni los rebeldes ni la Burja ni su marido la detendrían.

Tal como se constata en planos y gráficos de alta validez, la casa de la hechicera Lucinda colindaba con el cementerio de los muertos vivos. Se conoció, además, que este nombre surgió porque cada veintiuno de marzo, en punto de las doce de la noche, se escuchaban melopeas delirantes en medio de orgías repulsivas y danzas de cadáveres degollados. Escenas monstruosas se advertían por el cementerio y algunos seres de ultratumba hasta se atrevían a salir para darse una vueltica por el pueblo lanzando imprecaciones y gritos desesperados. Al regresar, celebraban con ovaciones estruendosas y festejos indescriptibles que nadie entendía, salvo la hechicera, quien al parecer, los dirigía.

De Ramón Salguero poco se sabía. Se decía que tenía el don de resucitar a los muertos que morían envenenados, pero otros aseguraban que ese hombre no existía y lo que se veía andar no era un ser real sino un muerto vivo. La gente sostenía que había caído en una de las refriegas que se formaron, tiempo atrás, en una revuelta sediciosa en la que otros vándalos insurrectos ocuparon baldíos y quienes vinieron a restablecer el orden se dieron de cara con quienes reclamaban ser los legítimos propietarios y, sin mediar motivos, dispararon hasta acabar con el último de los sediciosos. En esa refriega, se dejó constancia, cayó Ramón Salguero. Pero la coronel se mostraba tranquila. Era mujer de obediencia, pero también de mando, valor, y de armas tomar. Con la información recogida, conoció de los resabios premonitorios de Lucinda Candelaria. Además, por otros conductos, se informó en detalle de lo sucedido años atrás pero los desechó con una mueca socarrona y un apático: ¡Ya verá esa tal Lucinda quien soy yo!

Y recordó lo que se afirmaba de cada paso de Ramón Salguero y de Lucinda Candelaria como si quisiera tallarlo en su memoria: Que Ramón Salguero sabía que en cualquier oficio la muerte rondaba, pero aprendió a vivir con ella. Ya comprometido Ramón con la Burja, con las primeras de la mañana, Salguero se levantaba para hablar como siempre lo hacía, de paz, de libros y de derechos. Cierto día, Lucinda Candelaria que también había madrugado, le dirigió una mirada de reproche cuando lo escuchó hablar de lo mismo todas las mañanas. Las palabras de Ramón eran como un saludo mañanero pero ella respondió:

 —¡Ramón, haz lo que tengas que hacer! Pero recuerda que la parca te ronda. Yo te esperaré y estaré contigo —respondió la mujer.

Y Ramón partió en busca de la parca. Y la encontró como si fuera una premonición. Pero se afirmó que a quien mataron no fue a Ramón sino a cincuenta y siete que iban a la cabeza de la marcha. Como si lo estuviera viendo con sus propios ojos, la coronel Santoro revivió en su cabeza esas muertes que le habían contado. Y supo que en el último velorio de los cincuenta y siete asesinados por las balas de los uniformados, Ramón Salguero fue proclamado velador oficial del cementerio. Desde ese momento nació la leyenda de El vigilante de los muertos vivos. La coronel se enteró de la historia y la guardó en su cabeza, en el mismo lugar en el que antes reposaban las enrevesadas ideas y las alocadas imaginerías que la pandemia le dejó y que el especialista había encerrado en una caja. De las diferentes versiones sobre este caso, la coronel se quedó con la que señalaba que Ramón Salguero cayó muerto el día de la masacre y el ser que ahora se veía era el de un poseso de figura deformada, de caminar triste y cabizbajo, de mirada profunda como la de un muerto vivo de verdad que le rechinaban los dientes y le tronaban los huesos cuando caminaba.

Sea lo que fuere, a la templada coronel, de boca serpentina y mirada lánguida, solo le importó la misión recibida y con la fuerza de un ciclón y la grandeza del celo patrio, puso en marcha su plan. El veintiuno de marzo, día en que la coronel llevaría a cabo la gesta, hizo madrugar a la tropa, organizó el armamento e impartió tareas a los soldados. Los obligó a bañarse con hojas de guásimo guarumo de lo que se decía era bueno para espantar marullos demoníacos; se untó sebo de comadreja en el pubis para contrarrestar el veneno de serpientes; se vistió con el uniforme de dril planchado que le insuflaba el coraje de rastreador de cocodrilo; calzó sus botas de campaña hechas con cuero de tigre; se colgó los galardones en la solapa de su chaqueta y, finalmente, se puso su gorra de piel de cascabel para amedrentar rebeldes. Caminó como leona enjaulada, reunió a la tropa, y les ánimo a cumplir la misión encomendada.

Les habló del orden de las cosas y de la perversión de los poblados alejados del orden, y del mal que hacía la rebeldía de los desadaptados. Luego, volvió a la rutina transponiendo el orden de las cosas y, por la tarde, ordenó servir como en el sueño que tuvo una cena a base de cerdo silvestre mezclado con champiñones rayados; bebió varias tazas de trompeta de ángel a la que le mezcló hierbabuena y flores de malva viva que, según sus vivas creencias, servía para protegerlos de los ensalmos e infundir coraje. Animó a los soldados hartarse como cerdos, pensando en que la misión duraría toda la noche.

Más tarde, se ocupó de otros menesteres para el asalto de las nueve, hora en la que el pueblo descansaba. A punto de partir, reunió de nuevo a los soldados y les habló del valor a tener en legaciones como estas y, al terminar, repitió la dosis de la infusión de trompeta de ángel con hierbabuena y flores de malva. La luna se reflejaba en sus ojos de loba en celo. Y lanzó la conocida proclama para avivar el espíritu guerrero de su gente: Habló del amor patrio y de la obediencia a las voces de mando, de la cartilla de los designios del orden, y del contraste entre quienes defendían el mandato y de quienes se alzaban en rebeldía para reclamar agua, comida, libros y derechos solo para apoderarse de la tierra. Sus ojos ardían cuando refirió hazañas heroicas de abnegados soldados y sacó a relucir, con la intención de desacreditarla, como experta que era en estos manes, la historia de Ramón Salguero y de la Burja.

Extrañamente se desconoce, y no hay datos ni testimonios ni actas que lo expliquen, en qué momento de la proclama, la coronel confundió la realidad que vivía con la monserga impetuosa, pero algo misterioso ocurrió. Su voz se deformó y como toda maligna visión, su mente se cubrió de las majadas de la trompeta de ángel y abrió la caja en la que el médico había encerrado las excéntricas y repulsivas imaginaciones ya curadas. Una entelequia inexplicable, una bosta confusa apareció delante de ella y, de repente, como si viviera antiguos episodios ya superados habló de ángeles combatientes y de sarcófagos malignos para encurtir enemigos; habló del desorden pérfido de las cosas; de disfraces perturbadores y de los llamados espíritus perversos; parloteó de la repugnante ambición de la gente; de enigmas espectrales, de ataúdes revolcados, de mechones de pelos transformados en serpientes, de fórmulas malignas para hostilizar insurgentes, y se dio mañas predicando acerca de la inmundicia vandálica, de cantos profanos, y de amaños demoníacos.

Los soldados se agitaban ansiosos y se alentaban con cada palabra de la coronel pero como nada entendían, nada decían, callaban como si fueran posesos encadenados. En realidad, no parecían, eran espantos poseídos por el demonio. Sus pechos se hinchaban de un extraño valor y sus piernas se movían desesperadas como serpientes satánicas a la espera de la voz de mando para salir en tropel guerrero. “Cuando la coronel habla es mejor mantenerse arisco”, dijo alertado uno de los soldados.

En el pueblo, las casas bullían de soledad y silencio. Era una larga noche de verano y las calles cortas se extendían largas y solitarias sin que mostraran final. Miradas asustadizas se deslizaban por las briosas rendijas de las ventanas entrecerradas y oraciones profanas y extraños rezos se escuchaban; mágicas creaciones nocturna danzaban a la luz de la luna; hordas de niños bulliciosos entonando cantos pálidos aparecían y desaparecían sin dejar rastro; alegres risotadas y gritos inestables se escuchaban para luego silenciarse en medio de la bullente oscuridad. Para cualquier extraño, la nube de miedos escurridizos lo hubiera paralizado, pero los soldados estaban protegidos, gracias al brebaje de trompeta de ángel con hierbabuena y flores de malva y eran testigos de lo que se decía de los habitantes: que volaban, que se convertían en pájaros o en otros animales; que emitían sonidos degenerados; que convertían el agua en licor con el que se entregaban a orgías sacrílegas; bailaban y desaparecían en el aire dejando un rastro inmundo de impurezas. Otros sentían transformarse en cerdos, en gallinas o en vacas que pastoreaban por pastizales con hedor infernal. Un coro de sonidos disonantes animaba el frenesí de la locura colectiva.

El conductor, embebido de la trompeta de ángel, enfiló el carro hacía el cementerio y al pisar la entrada las cosas empeoraron. La coronel ordenó a un soldado asomarse por la ventana de la casa de Lucinda Candelaria, pero cuando lo hizo se aterrorizó: Engendro malditos y pócimas desagradables escapaban de la casa, criaturas grotescas de miradas mórbidas y enfermizas y de apariencias repulsiva copulaban al son de un canto sombrío y lóbrego que Lucinda entonaba. El ser que incitaba al resto de seres se movía con espasmos excitantes y vulgares. De sus labios escurría un acuoso y fétido líquido parecido a los despojos de un cadáver sanguinolento que los demás bebían hasta embriagarse con quejidos desgarradores.

De buena fe se conoce que, no bien los soldados avanzaron, cuando una ola de indescifrables escarceos y cabriolas los invadió; la vista se les nubló y comenzaron a confundirse unos con otros, cual si extraños seres los atacaran, escuchaban cuchicheos repudiables, vagidos agitados que brotaban de gargantas ahuecadas, y extraños estrépitos ocultos. Y de un momento a otro, comenzaron a agredirse entre ellos como fieras con salvaje furia y veían correr sobre el pavimento hilos entrelazados de sangre humana que se aferraban a sus piernas enloqueciéndolos aún más.

Está comprobado que, seguro de acabar con la maldición, el conductor apuró otro vaso de la infusión y lanzó el carro por encima de las tumbas abandonadas en dirección a la casa de Candelaria, pero una fuerza extraña y descomunal lo detuvo. Ráfagas de fuego vivo dieron contra la casa de la hechicera, en tanto que el resto de los soldados se despedazaban entre ellos y se peleaban para tragarse, como fieras hambrientas, trozos de carnes vivas que arrancaban de los cuerpos de sus compañeros y consumían voraces en la creencia de adquirir poderes sobrenaturales. Otros soldados buscaron el cuerpo de Lucinda Candelaria, pero no lo hallaron, y entonces, el carro enfiló hacía las calles escasamente iluminadas.

Cuchicheos abominables, quejidos desastrados, ahogos desesperados, piedras danzarinas y ritos repugnantes de seres con cuerpos chocantes y cabezas descomunales se escuchaban y veían por doquier. Lo último que vieron los tres sobrevivientes fue la figura escurridiza de Ramón Salguero soltando horribles carcajadas y saltando de una calle a otra y de un alero a otro escapando de la persecución de los soldados. Lucinda Candelaria se había esfumado, igual que los desalmados vándalos que la seguían.

Apuntes médicos de refinada escritura señalan que, dos semanas después en el hospital militar, cuando el médico especialista en cerebros pasó a la habitación en la que se encontraba la coronel Santoro, la encontró hablándole a un pequeño busto de bronce de mirada perdida. La Santoro tenía en sus manos una caja de cartón y un pergamino que el novel gobernante le hizo llegar por su arrojo y contribución a la patria. La fiera militar le refería, en riguroso orden, a la impávida escultura acerca de las vocesy quejidos de los degollados, de losdesesperantes desórdenes de los girasoles, de los colibríes asesinos, de orgiásticas reuniones, de indecorosos cerdos y gallinas, y de los diabólicos picotazos de palomas blancas que le martirizaban el cerebro. Al terminar con esta retahíla, le habló de la belleza de Lucinda Candelaria y le comentó del andariego paseo de Porfirio por entre los aleros de las casas. El busto parecía escucharle con atención y con la mirada firme…, pero nada respondía. De repente, la voz del médico se escuchó.

—¿Qué tiene en esa en esa caja? —preguntó el médico.

—A Lucinda Candelaria —respondió la coronel con voz firme.

—¡No la abra—respondió el médico—, podría escaparse con algún fantasma.  

Lejos de allí, en el lugar de los techos de paja brotaban gemidos y voces que cuchicheaban sobre el ataque de los soldados al mando de la coronel Benicia Santoro enviada por el arrogante dirigente quien ávido de poder celebraba las últimas fajinas que el saber de la ciencia y la tecnología traían para reafirmar la idea de los centros poblados con la que esperaba controlar a Lucinda Candelaria y a sus seguidores. Pero Lucinda, con su belleza espectral y rodeada de cadáveres y de lémures, al lado de su marido, se mostraba festiva a la espera de otro veintiuno de marzo.

A corta distancia, al son de las tamboreras que resonaban igual que gritos de guerra y a la espera del ardoroso llamado de la Burja, el espectro de la figura incierta, llena de encantos y de pasos sueltos, inspiradora de sueños errantes y de melopeas embriagantes, los vándalos animados canturreaban versos triunfales que solo ellos entendían. Esperaban ansiosos el llamado de la Burja que, con voz melodiosa y difusas melopeas, los mantenía extasiados.

(Del libro Doce extraños casos para iniciarse en el miedo en preparación)

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