Brevísima introducción a las literaturas africanas

Los estudios de literatura comparada en el continente africano se desarrollan a partir de la independencia de los estados y en torno al concepto de negritud | Foto: Lubos Houska, Pixabay

Tras este año 2021 en el que se le ha concedido el premio Nobel de literatura al tanzano Abdulrazak Gurnah (además, entre otros, el premio Camões ha recaído en la mozambiqueña Paulina Chiziane, mientras que el Goncourt y el Neustadt ha sido para los senegaleses Mohamed Mbougar Sarr y Boubacar Boris Diop), es un buen momento para echar una ojeada al campo de la literatura africana o, quizá de modo más correcto, a las literaturas africanas. Todo esto aceptando que posiblemente partamos de un problema de base porque, como se preguntaba el escritor sudanés Abdelaziz Báraka Sakin acerca de la literatura africana en un artículo en El País: “¿existe o es una convención sin contenido?”. Desde su punto de vista esta no existe porque “la literatura no puede adscribirse a ninguna nación o pueblo, sino que porta simplemente la identidad de cada autor”. Pero teniendo siempre esto en cuenta, quizá sea posible acercarse desde un modo general a las letras del continente y en particular a la escrita en inglés, francés y portugués en el periodo postcolonial.

El estudio de las literaturas africanas abarca diferentes áreas de análisis. Por un lado, la literatura oral y la literatura en lenguas vernáculas o arábicas que nacen directamente de los idiomas autóctonos utilizados en el continente. Por otro, el campo de la literatura africana escrita en idiomas europeos (fundamentalmente en inglés, francés y portugués o en español, de la que no nos ocuparemos ahora), o literatura afroeuropea, tal y como prefiere denominarla el escritor keniata Ngũgĩ wa Thiong’o. A la hora de enfrentarnos a esta última, como ya habíamos referido y nos resume Benjamin Lindfors, surgen una serie de problemas: «It is an amorphous field offering its devotees neither a large corpus of literary works to study nor established traditions or scholarship to carry on». La dificultad reside pues en encontrar el solar donde establecer los cimientos de esas literaturas, que se han gestado, tal y como afirma Luis María Marina, en las «profundas contradicciones ínsitas en todo régimen colonial». Entonces, ¿hacia dónde deben dirigirse los puentes creados desde países como Nigeria, Senegal o Mozambique, tan profundamente influenciados por esa marca colonial? ¿Hacía donde mirar para entender la producción cultural y literaria del continente y sus naciones?

Los estudios de literatura comparada en el continente africano se empezaron a desarrollar más ampliamente a partir de las independencias de los estados africanos y en torno, entre otros, al concepto de Negritud y la dialéctica surgida entre las vertientes culturales anglófona y francófona instaladas en África. Este contexto hace que la literatura postcolonial deba comprenderse desde un ámbito no solo lingüístico, sino cultural y nacionalista. Y, por consiguiente, el acercamiento a dicha literatura debe tener también en cuenta un enfoque histórico, sociológico y antropológico. Sin embargo, como afirma Monique Nomo Ngamba, «la especificidad de un acercamiento comparativo a las literaturas africanas residiría en trascender las barreras nacionales y lingüísticas, y en examinar las distintas relaciones que existen entre dichas producciones literarias». Desde esta perspectiva, «una visión comparatista podría también centrarse en las relaciones entre las literaturas africanas y cualquier otra producción literaria del mundo». Cabe precisar en este sentido que el estudio de las literaturas africanas ha tendido a caer en la tentación de buscar una supuesta esencialidad africana, que debería ser preservada contra toda forma de intercambio. Sin embargo, el mundo postcolonial y globalizado, con una cultura fruto de la mezcla y la hibridación, hacen complicado este acercamiento en busca de una posible africanidad inmaculada. Raquel Aparecida nos dice:

«Desde o momento […] em que os países africanos começaram a utilizar a língua dos colonizadores europeus para pensar e escrever sobre a sua própria condição histórica, a hipotética pureza cultural deixou de existir, em ambos os lados».

En líneas generales podremos decir que las literaturas africanas están preocupadas especialmente por una temática política y cultural, con una marcada ética social, y atravesada por el choque que supuso el colonialismo y la entrada de la cultura occidental en el continente. Esto se puede ver claramente en las formas que adquiere la narrativa en la que la influencia de la oralidad es decisiva sobre las formas importadas de la novela o la poesía. Es la típica dialéctica entre modernidad y tradición que, en autores paradigmáticos como el nigeriano Chinua Achebe y en su obra Things fall apart (Todo se desmorona en castellano), adquiere tintes dramáticos. En referencia a la literatura anglófona podríamos también destacar al sudafricano Es’kia Mphahlele’s (que en su más que recomendable obra 2nd Second Down Avenue refleja el ambiente de los suburbios de Johannesburgo al inicio del siglo XX, repleto de miseria, inseguridad y temor); o al también nigeriano Wole Soyinka. Sin olvidar a Amos Tutuola (leer El bebedor de vino de palma o Mi vida en la maleza de los fantasmas supone casi entrar en un ritual mágico) y no podemos dejar de citar a dos grandes escritoras en la actualidad como Chimamanda Ngozi Adichie y Kopano Matlwa.

Soyinka fue el primer africano en recibir el premio Nobel de literatura y recientemente visitó Córdoba en el marco del festival Cosmopoética. En un artículo del Diario Córdoba, al ser preguntado por las diferencias entre la literatura europea y africana decía: «Toda la creatividad e imaginación humanas tienen la misma raíz; si tradujésemos a un mismo idioma todos los textos de diferentes países, sería muy difícil saber de dónde proceden quitando las referencias a lugares o personajes específicos». Sin embargo, parece que Soyinka no ha tendido siempre esto tan claro y fue uno de los escritores anglófonos que más criticó a los escritores francófonos, a los que acusó de estar del lado de los colonizadores. Específicamente repudió el concepto de negritud, al que llegó a ridiculizar comparándolo con el mundo animal: «Un tigre no proclama su tigritud. Simplemente salta».

Sea como fuere, la negritud marcó el devenir cultural de la África contemporánea y en particular de la literatura africana en lengua francesa. Su creador fue el poeta senegalés Léopold Sédar Senghor, rodeado de otras grandes figuras como el también poeta y antillano Aimé Césaire (para conocer esa negritud recomendamos la mítica Antología de la nueva poesía negra y malgache en lengua francesa, recién traducida al español por la editorial Ultramarinos, y que fue editada por el mismo Senghor y prologada por Sartre). Ambos autores pretendían revalorizar la cultura africana frente al mundo colonizador y, por esquematizarla muy superficialmente, reivindicaba el valor de la intuición como su característica fundamental y en contraposición a la razón occidental. Achille Mbembe cree que suponía un grito desesperado en «defensa de la humanidad del negro», la cual « va casi siempre a la par de la reivindicación del carácter específico de su raza, sus tradiciones, sus costumbres y su historia».  Sin embargo, debemos tener en cuenta que, ante lo que a priori pueda parecer, no es un concepto que propugne la diferencia racial, sino la no inferioridad del negro y su pertenencia a la humanidad en un régimen de no inferioridad al resto.

Años más tarde de sus críticas el propio Soyinka parecía querer matizarlas con otra visión: «Nadie duda de la relevancia de la cultura europea, por qué dudar de los valores de la negritud. Lo que Senghor y el resto de los apóstoles de la negritud hicieron fue mostrar que existían ciertos aspectos únicos que diferenciaban a los africanos de los europeos, como su manera de entender las relaciones familiares, humanas y sociales, las distintas filosofías y cosmogonías conforme a las que viven, y la importancia para nosotros del ritmo y de la música». Y si en el contexto francófono hemos hablado de Sénghor, también podemos citar al gran intelectual malí Amadou Hampâté Bâ [su libro de cuentos Le querelle de deux lézards,(ou Il n´y pas de petite querelle) es una delicia]; al guineano Camara Laye y su L’enfant noir; a la senegalesa Ken Bugul (entre otros su novela Riwan o el camino de arena); y a alguien de mi especial predilección como el congoleño Fiston Mwanza Mujila y su Tranvía-83.

Y solo unas líneas sobre la literatura africana en lengua portuguesa. Esta se ha desarrollado fundamentalmente en países como Angola y Mozambique, recorridos una vez más por la cicatriz del colonialismo y que en ellos, especialmente, adquiere una forma particular de realismo mágico cargada de neologismos, como es el caso de los escritores Lundiano Viera y Mia Couto. Además, es una literatura marcada por los hechos sociales dramáticos más recientes como son los conflictos armados, las hambrunas o los eventos climáticos extremos, lo que habla muy a las claras de las preocupaciones de sus escritores. De Angola también podemos destacar a Pepetela y a Agualusa o al poeta Ondjaki, mientras que de Mozambique, a la ya mencionada Paulina Chiziane, debemos mencionar a la poeta Noémia de Soussa y al escritor Ungulani Ba Ka Khosa, ninguno de los dos, por cierto, traducidos hasta la fecha al castellano (del resto de la esfera lusófona solo he tenido la oportunidad de conocer a la poeta caboverdiana Vera Duarte).

Pretende este artículo ser un conciso (y, sobre todo, personal) acercamiento al inmenso océano que suponen las literaturas africanas, tan rico en sus formas y variado en sus temáticas que, sin duda, merece la pena explorar. Quien decida sumergirse en él seguro que encontrará su propia ruta de navegación hacia otros prolíficos caladeros.

Rosauro Varo Cobos

Rosauro Varo Cobos. Cordobés nacido en 1982. Es pediatra y cooperante. Ha ejercido en países como Costa Rica, Perú, Sudáfrica, Malawi, República Centroafricana o Mozambique. Actualmente vive en Barcelona donde ha cursado el Máster en Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra. Es cofundador de la revista ‘Café con Letras’ y de las tertulias literarias del mismo nombre. Ha publicado artículos de opinión en diferentes medios, un cuaderno de crónicas de viaje y un libro de cuentos titulado ‘El embudo’ (Andrómina, 2014). Recientemente, ha publicado su primera novela: ‘Plagio’ (Ediciones en Huida, 2018)

Notas de la RAE

ESPAÑOL AL DÍA

Preguntas frecuentes: «a ver» / «haber»

26 de octubre de 2021

El Departamento de «Español al día», formado por un equipo de filólogos y lingüistas especialistas en español normativo, resuelve cada día numerosas dudas y consultas sobre lengua de los usuarios de Internet a través de la cuenta @RAEinforma en la red social TwitterRepasamos una de las preguntas más habituales entre los consultantes: ¿cuándo se escribe a ver y cuándo haber?

Aunque a ver y haber se pronuncian de la misma forma, deben distinguirse adecuadamente en la escritura.

a) a ver

Se trata de la secuencia constituida por la preposición a y el infinitivo verbal ver:

         Vete a ver qué nota te han puesto.
         Los llevaron a ver los monumentos de la ciudad.

Como expresión fija, presenta distintos valores y usos:     

• En tono interrogativo, se emplea para solicitar al interlocutor que nos deje ver o comprobar algo:

         —Mira lo que he comprado. —¿A ver?

• Expresa, en general, expectación o interés por saber algo, y va normalmente seguida de una interrogativa indirecta:

         A ver cuándo nos dan los resultados.

• Se utiliza para llamar la atención del interlocutor antes de preguntarle, pedirle u ordenarle algo:

         A ver, ¿has hecho lo que te dije?
         A ver, trae el cuaderno.

• Equivale a claro o naturalmente, como aceptación de algo que se considera inevitable:

         —Pero ¿al final os vais? —¡A ver! Si no lo hacemos, perdemos el dinero de la reserva.

• Delante de una oración introducida por la conjunción si, expresa, bien expectación, curiosidad o interés, a veces en forma de reto; bien temor o sospecha; bien deseo o mandato:

         ¡A ver si adivinas lo que estoy pensando!
         A ver si te caes.
         A ver si eres más organizado de ahora en adelante.

En muchos de estos casos la secuencia a ver puede reemplazarse por veamos, lo que pone de manifiesto su relación con el verbo ver y no con el verbo haber:

         A ver con quién aparece mañana en la fiesta [= Veamos con quién aparece mañana en la fiesta].
         A ver si te atreves a decírselo a la cara [= Veamos si te atreves a decírselo a la cara].

b) haber

Puede ser un verbo o un sustantivo:

• Como verbo, haber se usa como auxiliar, seguido de un participio, para formar los infinitivos compuestos de la conjugación:

         Haber venido antes.
         Tiene que haber sucedido algo.

         Sigo sin haber entendido lo que ha pasado.

También se emplea como infinitivo del verbo impersonal que denota la presencia o existencia de lo designado por el sustantivo que lo acompaña:

         Parece haber un chico esperándote en la puerta.
         Tiene que haber muchas cosas en el frigorífico.

• Como sustantivo, haber es masculino y significa, en general, ‘conjunto de bienes o caudales de una persona’:

         Su haber era más bien escaso.

En este enlace puede encontrar esta y otras muchas consultas.

Notas de la RAE

ESPAÑOL AL DÍA

Preguntas frecuentes: ortografía de los signos de interrogación y exclamación

22 de febrero de 2022

El Departamento de «Español al día», formado por un equipo de filólogos y lingüistas especialistas en español normativo, resuelve cada día numerosas dudas y consultas sobre lengua de los usuarios de Internet a través de la cuenta @RAEinforma en la red social TwitterRepasamos una de las preguntas más habituales entre los consultantes, referente a la ortografía de los signos de interrogación y exclamación, y resolvemos algunas dudas comunes al respecto.

  • ¿Se puede prescindir de los signos de apertura?

No, pues en español los signos de interrogación y exclamación son signos dobles.

A diferencia de lo que ocurre en otras lenguas, los signos de interrogación y exclamación son signos dobles en español, como los paréntesis o los corchetes. Por tanto, es incorrecto prescindir del signo de apertura en los enunciados interrogativos o exclamativos.

  • ¿Tras los signos de cierre de interrogación o exclamación se escribe punto?

No, tras los signos de cierre de interrogación y exclamación nunca se escribe punto; sí pueden aparecer, en cambio, otros signos de puntuación —por ejemplo, una coma— si con la interrogación o la exclamación no termina el enunciado: ¡Espera!, ¿vale? Estoy acabando.

  • ¿Se pueden repetir los signos de interrogación y exclamación?

Los signos de exclamación pueden repetirse para aportar énfasis: ¡¡¡Dios mío!!!; los de interrogación, en cambio, no es normal repetirlos, pero pueden combinarse con los de exclamación: ¿¡Cómo!? ¡¿Qué?!

En este enlace puede encontrar una explicación más detallada de esta cuestión, así como otras consultas.

La realidad sin deformaciones

‘Nunca se sacia el ojo de ver’, el nuevo libro de relatos de Daniel Díez Carpintero, nos presenta un abanico de personajes sumidos en la incertidumbre | Foto cedida por el autor

Ricardo Martínez Llorca

26 febrero 2022

Hace cuatro años aterrizó Daniel Díez Carpintero (Madrid, 1979) en las librerías con un magnífico libro de relatos, El mosquito de Nueva York, al que ahora sucede este Nunca se sacia el ojo de ver, para confirmar que ese talento que elogiamos no fue una casualidad. De nuevo con las palabras justas y la expresión acertada, con una buena pegada, pero sin intentar aturdir, de nuevo con ritmo acertado y con la decantación de historias fruto de una gran capacidad de observación, nos deleitamos con los relatos y nos reconciliamos con la distancia corta. Subrayemos un ejemplo, una frase que encontramos nada más empezar el libro: “En la incoherencia entre los pechos enormes y la menudez de lagartija estaba ese quedarse sin aliento -ese puñetazo en el esternón- que producen los seres no bellos sino insólitos”. Ahí está la paradoja, la ironía, la observación vertida tanto hacia el exterior como hacia el mundo emocional, y la conclusión sorprendente.

Para que un autor de cuentos encuentre voz propia, será fundamental la mirada, elegir bien la mirada, saber situar el punto de vista y acertar con el tono de la prosa, con la forma en que propondrá cabalgar al lector sobre lo que cuenta. Díez Carpintero parte de la pregunta ¿qué somos? ¿Resulta demasiado convencional? La pregunta sí, el acento en que la plantea no tanto. Nos lleva al filo de la locura, pues los relatos son, básicamente retratos en los que vemos a un personaje que es consecuencia de todo el pasado que tiene por detrás. Y a muchos de ellos les atoran los problemas económicos. Pero esta situación será parte de la contribución a la caricatura, a una caricatura que, y este es el planteamiento que a nosotros nos sorprende y al autor le dignifica, es real, es parte de un mundo tan posible y tan probable como el que habitamos. Uno no puede dejar de preguntarse cuánto de humanidad hay en las caricaturas. Y de concluir que son una estrategia para revelar la esencia de lo que somos, pudiendo expresarnos con una libertad de la que carecemos al pretender la pura fidelidad al original.

Entramos a la obra acompañando a un profesor de filosofía, que es un viejo verde, que acepta la visita de una joven pareja de religiosos sólo para imaginar el sexo con la muchacha. La combinación de sexo y religión, de deseo carnal y deseo espiritual, es una especie de revuelta contra la soledad. Y la soledad será una de las características de nuestros personajes, pues hablamos de adultos solos o a los que acompaña un niño, en alguna ocasión, que será un acicate para volver a recordarnos que estamos solos. Y en la soledad es donde suben el volumen las perturbaciones, sobre todo en la soledad del adulto, y no digamos en la del anciano. Díez Carpintero afronta el tema del miedo colocando a los personajes frente a la incertidumbre. Lidiar con ella es una tarea de Hércules, a no ser que aceptemos que las incertidumbres no se resuelven, que las incertidumbres son las gotas del océano en el que nadamos todos los días. Aunque la mayor incertidumbre, tal vez, surja de la convivencia con uno mismo. Los otros, en realidad, son mera parte de la incomodidad; o puede que una de nuestras mayores limitaciones sea la de no ver nada más que la incomodidad en la presencia de los demás.

El hombre asustado llegará a preguntarse qué hacer, porque debe hacer algo, lo que sea, y llegará a discurrir una barbaridad. Y, lo que es más grave, llegará a ejecutarla para así sentirse dueño de su destino. Como sucede en alguno de los relatos. Aunque Díez Carpintero también es capaz de construir un cuento a partir de una expectativa, pues preguntarse quién va a venir y si yo seré lo bastante bueno como para soportarlo, es otra de las incertidumbres con que topamos con frecuencia. El problema, nos viene a sugerir, es que la imagen que tenemos de nosotros mismos es también una construcción social. Y necesitamos sentir que somos alguien. Lo más frecuente, el intento de sanación más frecuente, es el recurso al sueño. Sueña el pobre con ser rico y, en cuanto puede, deja que ese sueño se cumpla durante un pequeño rato.

Y así llegamos al final de un libro que vuelve a dejarnos satisfechos, como en muy pocas ocasiones nos sentimos, y con el deseo de que esta fiesta en la que la realidad se deforma con franqueza siga llegándonos. A ser posible con más frecuencia.

Ricardo Martínez Llorca

Ricardo Martínez Llorca es autor de las novelas ‘Tan alto el silencio’, ‘El paisaje vacío’, ‘El carillón de los vientos’, y ‘Después de la nieve’. De los libros de viajes ‘Cinturón de cobre’, ‘Al otro lado de la luz’. Del libro de relatos ‘Hijos de Caín’ y el de perfiles vinculados al mundo del alpinismo ‘El precio de ser pájaro’.

Maggie

Por los senderos del miedo ficcional

Maggie

Leonardo Gutiérrez Berdejo ©

El “caso” es una historia breve preñada con un interrogante que jamás se resuelve. La responsabilidad de dilucidar la respuesta queda en manos del auditorio. El “enigma” presenta también una pregunta, pero la resolución por parte del destinatario es fundamental. Además, quien plantea el enigma conoce de antemano la respuesta (Irène Bessière en Le récit fantastique, 1974, citada por Pola Sofía Schiavone, Universidad Nacional de Tucumán, Argentina).

Acto I

Cuando la conocí, se llamaba Maggie, pero yo la llamaba Dulce morena. Para entonces –creía yo–, había superado los estragos de un terrible trastorno causado por el virus de la muerte. Me sentía reanimado, pero no dispuesto a encarar otros designios por más afectivos y dulces que fueran. Y fueron muchos los días que visité esa playa de tierra bronceada, tantas las noches en las que las luces de las remotas danzas del jolgorio me incitaron. El latido de las olas me apañaba; veía mecer las palmas sedientas de sol. La escalera de la luna ardiente no bajaba hacia mí.

Por un tiempo, rechacé el deseo de hundirme en esas recónditas arenas por donde transitaban las guardianas de Afrodita. Eros cayó abatido y la balsa del amor se alejó para dejar a la deriva el lánguido crepitar de unas llamitas encendidas que apenas flameaban con el viento del ocaso. No había dolor que curar ni cicatrices que ocultar; aspiraba a saciar mi sed en lo que quedaba de la fuente de la vida; soñaba cubrirme con el calor marchito de las auroras del crepúsculo.

Un día, cansado de las huestes rebeldes del capricho, cedí [PMMV1] al empuje de los vientos del deseo y al embrujo del sol de los amaneceres abiertos; sucumbí al encanto de la playa de tierra bronceada; hordas crepusculares de ansias amarillentas cubrieron el delgado césped del sosiego. Sentí el llamado de su piel y escuché la voz de su deseo. El crepitar de las llamitas se remozó. Fue en un recodo del mar de aguas cristalinas donde las prohibidas danzas de las noches primitivas del jolgorio vencieron las pequeñas volutas de mi voluntad; fantasías enervantes cubrieron mis lerdos pasos; acalorados fantasmas aprisionaron mis tardíos momentos de placidez; llamaradas de fuego encendieron pasiones adormitadas. Me cubrió la ardiente luz de la luna.

Y fuimos olas briosas en la playa desierta; fuimos fuego en un mar de ímpetus inesperados; fuimos lujurias enloquecidas; pecaminosas caracolas llegaron a mí; amaneceres de vientos vedados gemían en su piel. Visité su alcoba y tibias sábanas cubrieron torrentosos ímpetus desparramados sobre un río de codiciosos besos. Y me perdí en el regazo de sueños perversos. Se llamaba Maggie, y en el azufre de la noche lunar me dormí acunando espejismos obscenos.

Acto II

Lejos del alba y cerca de las horas somnolientas, con el centelleante trueno en fugaz partida a silenciosos lares, entre sábanas blancas aromadas de jardines de campos abiertos pegadas a su desnudo cuerpo, allanado de sumisos gemidos, escuché su voz. El fuego del vino bañaba su aliento. «¿Qué es magia?», dijo entre resuelta y enternecida. Abrí mis ojos, sedientos de fantasías y asestados de visiones borrosas; azucé mi mente; puncé mi frágil corazón y me apresuré a responder antes de que las máculas del olvido cegaran mi voluntad, perdida entre las fatigas ancladas a un jadeo indescifrable. Respondí al ver su rostro empapado de primavera, de contemplar su primavera que arrulla otoños, de sentir mis caducos otoños preñado de lujurias enmohecidas, de ver su júbilo que acaricia regocijos…, de ver sus manos anudadas a mis manos, de escuchar mi voz arrullando su piel.

Magia es el azul en el insondable espacio, los estruendosos silencios cubiertos de calladas tristezas, los frágiles mensajes de dioses adustos que con sus fulgurantes rayos fustigan pecados desconocidos. Es el rayo que tiñe el jardín de manzanos edénicos, el arrebol de cansadas tardes y la penumbra de sensuales noches. Es fuego apasionado, sorpresiva exaltación y lluvia presurosa que ahoga delirantes deslices ensartados en oscuros callejones mareados por el tiempo.

Magia es la arisca montaña que ciega las praderas cultivadas y cubre los caminos polvorientos en abierto desafío a la serena quietud de los silencios; el frágil aleteo del colibrí y el pomposo amanecer del amarillo maíz; el estridente río que baja al cadencioso mar; la blanca arena de playas soñadoras frente al ímpetu bravío del perenne visitante; el altivo pino y el sumiso jazmín, la engreída rosa y el perfumado clavel; el indómito pecho frente a la bala asesina; el inflexible coraje de los escudos de la primera línea; la resiliencia silenciosa frente al adverso opresor atiborrado de inicuos mensajes; la esperanza incierta de los infantes que corren rezagados detrás de la infamia de los centros poblados.

Magia es el rebelde viento que azota las praderas del impostor; Tupá victorioso en las incasables marchas del osado militante; luna creadora de sueños; el día fatigado en los recodos de la noche; mancha cercenada por dorados rayos de fugaces tardes; la sonora carcajada del arroyuelo que cruza cadencioso por entre las cascadas.

Magia es canto, trino, arrullo, gorjeo sonoro, ardiente viento y viento seducido; la rima de la engreída poesía; el incesante cavilar de la errante prosa cuando camina hacia escuchas cautivas.

Magia es la danza nocturna de tu fogoso cuerpo en mi agreste quietud; la seda de tu piel y el terciopelo de tu virgen cabellera; el calor de tus manos juguetonas; tu voz en mis oídos torpes y aliento fugaz entre tus afilados marfiles que, desesperados, muerden mi rancia piel.

Es el temblor de tu ardoroso pecho; el palpitar incesante del ansioso corazón; el fogoso deseo de tu vientre y el gozoso rizo que remata el iceberg de tu escondido encanto con olor a miel; la cadente carcajada que catapulta mi tímido deseo atenazado a mi remiso cansancio; el clímax ciego que irrumpe al encuentro de mi torpe hastío.

Magia es el llanto infante que clama por un pecho y la riqueza de mis deleites en tu boca dulce y en tu mirada furtiva; los hechizos espasmos de tus engreídos senos cuando mis manos los besan; la extensa epopeya de un abrazo.

Es tu voz, ajenjo dulce derramado en mi boca ansiosa; la palabra desgranada con el rocío de tu mirada; el arrullo de tus secretos pliegues colmados de jugosos deleites; un himno de suspiros y sollozos anudados a misteriosos encantos preñados de aromas y deleites.

Magia es la vibrante señal de tu llegada al mástil de mi extenuado puerto; el fluir de los deseos del desvelado Eros; la mano victoriosa que se adormita sobre mi pecho; calor apacible de rudos embates, y la apasionada partida a las entrañas del onírico adiós.

Magia es tu ardorosa lengua en mi fogosa garganta; tu brío de mujer y tu débil resistencia.

Magia, Maggie, eres tú en las noches de la briosa luna…

Acto III

Temeroso de los misterios de la noche, despierto en la avidez de la nada y con la tenebrosa nube de la perfidia atenazada a mi mente, entre la bruma de mis sospechosas ruinas y trastornado por los bajos designios de su aliento azufrado, a mí volvieron las nubes negras de la medianoche; llegó el desligue de la razón disuelta. Quise hablarle, pero mi voz se apagó proterva y en tramposa rebeldía.

La villana oscuridad me encegueció y con inmoral saña perturbó la serena fosca que envolvía mi fragor; fulgurantes destellos salían despedidos de un sol de pavores centelleantes; llamaradas de calor intenso brotaban de su cuerpo; fúlgidos fantasmas danzaban alrededor de la cama que ardía infernal, y las sábanas blancas enrojecieron; sentí ahogarme en un mar de niebla embrujada.

El fuego de su piel quemaba mis entrañas y mis aguerridos deseos que, por momentos fueron, saltaron en desbandada. El olor a azufre quemaba mis entrañas. Creí morir. Me llené de terror y me arropé con las angustias del desastroso instante. La alcoba se llenó de sombras danzarinas. Me horroricé al ver una luna llena de macabras facciones, reflejada en su rostro; muecas alevosas de vileza brotaban de su aliento, y me vi morir entre espasmos de terror y escalofriantes sacudidas de pesadillas. Una fuerza obscura me sujetaba a la cama. Permanecí en silencio, no sabía qué hacer. El tiempo pereció en un eterno instante.

La llamé y no respondió. Busqué su cuerpo entre las sábanas morbosas. Saqué mi acerada daga para hundirla en su pecho, pero no lo encontré. Abrí mis ojos y la vi desafiante, de pie, al lado de la cama, mirándome maléfica, riendo a carcajadas satánicas y vociferando maldiciones. De su garganta brotaban llamaradas de malévolos vagidos que me impedían escapar del frío pavoroso y de la terrible oscuridad que me cubría. No eran palabras las que de su boca en llamas infernales salían, eran inquinas repugnantes. Odio, fuego y azufre en letal comunión.

De un momento a otro, sentí un aleteo desesperado. Era como la aletada de un cuervo gigante provocado por un maligno ventarrón que hizo añicos la ventana. Giré mi cara y vi el cuerpo de la «cosa» desvanecerse en medio de una niebla tétrica; carcajadas horrendas brotaban de la nada y maldiciones horrendas salpicaban la alcoba. En la pesada oscuridad, un ave de color incierto y graznido lúgubre escapó en la noche de curso inmarcesible. Huyó, quizás, a las tenazas de la playa morena.

Se llamaba Maggie, pero nunca más quise llamarla Dulce morena.

(Del libro en preparación Doce extraños casos para iniciarse en el miedo)


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