Literatura: censura y buenas intenciones


La censura identificada con las grandes causas políticas es peligrosa, porque se presenta como una vía atractiva para el cambio en una época desconcertante.

Por Gisela Kozak Rovero

30 mayo 2022

En la primera entrega de esta serie comenté los vaivenes del arte verbal entre el sometimiento a los valores postulados desde el poder y su impugnación o desenmascaramiento. Tales vaivenes se relacionan con la preocupación de las élites políticas y religiosas respecto a las influencias de la escritura en los lectores. En su bellísimo texto “La muralla y los libros”, Jorge Luis Borges narra la historia de un emperador de China que prohibió los textos del pasado, testimonios de reinados anteriores con los que el suyo podría ser comparado. Otro Jorge, un monje personaje de la novela En el nombre de la rosa, de Umberto Eco, envenena un libro, La Comedia de Aristóteles, para castigar a sus lectores, culpables del mayor pecado posible, la risa, pues quien mucho se ríe llega a burlarse de Dios.

Este monje, ciego y encerrado en una biblioteca laberíntica, constituye un homenaje juguetón e irónico al narrador argentino y también una constatación del celo hacia la palabra escrita. El padre Jorge velaba por la pureza de los buenos católicos al ser indemne a los venenosos efluvios de los libros paganos. El censor perfecto es un estoico con la facultad de dictar lo que conviene o no a los potenciales lectores, considerados como menores de edad. La relación entre iglesia, libros y censura trasciende, desde luego, el juego ficcional: solo los bibliotecarios, los más avezados monjes, los vagos, algún noble, los pícaros y los herejes conocían de las páginas inquietantes de los volúmenes prohibidos. No es casualidad que el personaje que dirige la quema de libros en el Quijote sea un cura, pirómano, católico ejemplar y gran conocedor del canon y de la literatura buena, mala y regular de su época.

En términos de la modernidad ilustrada, un marxista diría que los libros están vinculados con la ideología, capaz de hacer aparecer como aceptable lo inaceptable. Por lo tanto, deben existir instancias que nos protejan de sus posibles efectos. Hasta el siglo XX, la censura como política de Estado era moneda corriente en el mundo, aunque ninguna democracia liberal llegó a los límites de los gobiernos fascistas y comunistas alrededor del planeta. En el entendido de que un mundo completamente sin censura nunca ha existido, habría que reconocer que en las democracias liberales de la segunda mitad de la centuria anterior se llegó bastante lejos. Una vez superada la mayoría de edad, se daba por sentado la adultez, sobre todo en el caso de estudiantes universitarios, expuestos a diversos estímulos intelectuales y estéticos.

¿Sigue siendo así en el siglo XXI?

Somos testigos de actos de censura por parte de los Estados en sociedades que se consideraban de vuelta respecto a esta intervención en las libertades civiles. En Brasil, un funcionario del régimen de Jair Bolsonaro pretendió prohibir textos de temática LGBTQ en una feria del libro en Río de Janeiro, al mejor estilo de los regímenes antiliberales que pululan en Asia, África y Europa del este. En Estados Unidos las bibliotecas públicas en entidades gobernadas por los republicanos retiran títulos considerados peligrosos para la sexualidad y formación moral de niños y jóvenes. Estos dos ejemplos provienen de la derecha, pero no deben llamarnos a engaño: los derechistas no están solos en sus intentos de control dentro de países considerados democráticos.

En las universidades más prestigiosas de Estados Unidos ha prosperado la idea de que el lenguaje es capaz de devenir en extrema violencia. Así, un texto de Ferdinand Celine o de Mark Twain podría perfectamente causar daño a los estudiantes pertenecientes a sectores históricamente discriminados. La elaboración estética ya no salva a la literatura, sometida a la misma lectura unívoca propia de un pasquín. ¿Celine, un gran escritor de conducta infame, no supera en los pasillos universitarios purificados la consideración de su escalofriante antisemitismo y racismo? Parece que no: en lugar de luchar contra la corrupción de la juventud, argumento conservador, se evita causar dolor al estudiantado con lecturas absolutamente fuera de sus valores actuales.

Entre los hombres y mujeres creadores de literatura las reacciones ante estas tendencias censuradoras no han sido unánimes. A raíz del terrorífico atentado de unos fundamentalistas islámicos a la revista francesa Charlie Hebdo, el Pen Club Internacional se dividió entre los defensores irrestrictos de la libertad de expresión y aquellos que acusaron a los redactores e ilustradores de la publicación de racistas, sin justificar del todo el atentado, por supuesto. En otras palabras, no se avala el atentado, pero se comprende la indignación que lo anima y se deja por sentada tal comprensión. ¿Se tendría la misma tolerancia si se tratara de un atentado de cristianos fundamentalistas a una editorial feminista en Estados Unidos? ¿O el cristianismo si es recusable pero el islamismo no? ¿Se impone entonces la excusa de la diferencia cultural que considera a los valores liberales como trasunto colonial cuando se trata de religiones no cristianas?

Estamos frente a una ruptura, tal vez definitiva, con lo que justificó la importancia cultural de la literatura durante los últimos siglos: su experimentación, en tanto arte verbal, con todas las posibilidades de la imaginación. La estética, dimensión del conocimiento y la sensibilidad humanas, no tiene importancia a nombre de causas ligadas con el avance de los derechos humanos; no es la primera vez que la izquierda asume este papel paternalista, también lo hizo al apoyar la censura en los países socialistas (sobre esta relación entre literatura y revolución escribiré en una próxima entrega).

Incluso, las personas adultas deben ser protegidas de representaciones simbólicas que recuerden las diversas discriminaciones existentes en el pasado y en el presente o que propicien lecturas no unívocas sobre temas polémicos, al estilo del suicidio y la pedofilia. Se parte de que la letra tiene el poder material de hacer daño de un modo análogo a como lo han hecho la esclavitud, la tortura y el asesinato. Desde luego, hay que combatir este absurdo y subrayar que un libro siempre podrá ser discutido y cuestionado entre iguales, mientras que la fuerza bruta implica una relación de poder caracterizada por su verticalidad, con efectos perdurables en el cuerpo de las víctimas. La universidad es el lugar perfecto para esa discusión y cuestionamiento, sin límites ni prohibiciones. Así, está en la obligación de abandonar las tendencias autoritarias y de liderar la lucha contra la censura dentro de las sociedades democráticas, censura que hoy no toma solamente los ropajes vulgares de la derecha más ignorante sino los muy refinados inspirados en la teoría posestructuralista o en la teoría decolonial.

La censura identificada con las grandes causas políticas es la más peligrosa de todas, porque tiene el atractivo de presentarse como la vía para el cambio en una época desconcertante, vivida como peligro inminente. Provee, además, de un bien escaso: la espléndida certeza absoluta, la dulzura mayor del fanatismo.

No.282 / junio 2022

El destino de las universidades

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