En la Biblioteca Nacional.


La llave de la escritura.

Miguel de Cervantes y la poesía de su época

La poesía, señor hidalgo, a mi parecer, es como una doncella tierna y de poca edad, y en todo extremo hermosa, a quien tienen cuidado de enriquecer, pulir y adornar otras muchas doncellas, que son todas las otras ciencias, y ella se ha de servir de todas, y todas se han de autorizar con ella; pero ésta tal doncella no quiere ser manoseada, ni traída por las calles, ni publicada por las esquinas de las plazas ni por los rincones de los palacios. Ella es hecha de una alquimia de tal virtud, que quien la sabe tratar la volverá en oro purísimo de inestimable precio.

Don Quijote de la Mancha (capítulo XVI de la Segunda Parte)

Fernando de Herrera
Desde la espiritualidad hasta la sensualidad

En el Viage del Parnaso Cervantes declara: «Desde mis tiernos años amé el arte dulce de la agradable poesía». Cuando el autor del Quijote retorna a España después de su cautiverio, motivado por su pasión por los libros, seguramente, se entregó a la lectura de mucho de lo que se había publicado durante su forzosa ausencia y, en primer lugar, resulta nuevamente cautivado, o mejor, encantado, por la obra de dos poetas que habrían de ejercer una influencia decisiva sobre él: Garcilaso de la Vega y Fernando de Herrera, quien había comentado y editado la obra del primero y publicado su propia obra, por primera vez, en 1582.

En el amor de Cervantes por la poesía alternaban pues, entre otros, Garcilaso, Fernando de Herrera y Fray Luis de León. Es bastante probable que «el desocupado lector» hubiera conocido a Herrera durante sus frecuentes estancias en Sevilla; en el Viage del Parnaso se refiere a él como un «divino espíritu» y a su muerte le escribe un poema que comenta de esta forma:

Este soneto hice a la muerte de don Fernando de Herrera; y para entender el primer cuarteto advierto que él celebraba en sus versos a una señora debajo de este nombre de Luz. Creo que es uno de los buenos que he hecho en mi vida.

Efectivamente, el homenaje de Cervantes comienza así:

El que subió por sendas nunca usadas
del sacro monte a la más alta cumbre;
el que a una Luz se hizo todo lumbre
y lágrimas en dulce voz cantadas.

Sí. El propio poeta vivió su pasión amorosa, a lo mejor sólo literariamente, desde la espiritualidad hasta la sensualidad:

Si yo pudiese con mejor ventura
trocarme como Iúpiter solía,
en blanco cisne buelto ya estaría
delante de mi Luz hermosa y pura.

Y la boca y a los ojos besaría,
alegre de perderme en tal dulçura.

Las «sendas nunca usadas» que llevaron a Herrera a «la más alta cumbre» de la elaboración artística, no son solamente las que tienen que ver con el proceso de creación, sino que aspiraban a abarcar también los momentos de impresión de su obra.

Versos de Fernando de Herrera enmendados… por él en tres libros, Gabriel Ramos Vejarano (Sevilla, 1619).

Es así como Herrera exige al impresor sevillano Alonso de la Barrera, que para la edición de sus Anotaciones a la poesía de Garcilaso fundiera nuevas letras, para que las íes no llevasen puntos arriba y que, en cambio, a otras vocales se los pusiesen para, por medio de estos recursos, marcar tipográficamente la lectura de un verso impidiendo la trabazón o el enlace de las sílabas.

También quería Herrera que se introdujeran acentos inusuales para indicar la manera de pronunciar ciertas vocales y diseñó una paginación especial; cuando ya en el libro habían sido incluidas dos «fes» de erratas, su cuidado llegó al extremo de mandar a imprimir la palabra cuanto, que aparecía como quanto, para que fuera recortada y pegada con tanta pulcritud que en muchos ejemplares la corrección pasa inadvertida. Esta obsesión de Herrera por la «obra bien hecha», es preciso remitirla a la idea renacentista del arte concebido como una forma de alcanzar la eternidad, en un poeta que, al igual que Petrarca, creía haber nacido bajo el signo del amor:

Nací yo por ventura destinado
al amoroso fuego.

Mas yo, para morir en esta guerra
nací inclinado, i sigo el furor mío.

Garcilaso de la Vega
«La voz a ti debida»

Garcilaso de la Vega fue reconocido como uno de los poetas mayores durante los siglos xvi y xvii; entre sus realizaciones sobresale su entronizamiento de una sola dama como la única protagonista de los poemas de amor de un escritor, como la Beatriz del Dante y la Laura de Petrarca. La experiencia poética de Garcilaso deambula por entre el sufrimiento causado por el conflicto entre razón y sensualidad y la consecución de una seriedad resignada que surge, no de la convicción de aproximarse a Dios a través de una mujer, sino del reconocimiento de la tristeza que se deriva de la condición fugaz de la belleza y del amor.

Las obras de Boscán y algunas de Garcilasso de la Vega repartidas en quatro libros (Barcelona, 1543).

Cervantes expresó su admiración por la «sciencia» de Herrera en su edición comentada de Garcilaso (Sevilla, 1580), que, al igual que la edición hecha en Salamanca en 1589, que se puede ver en la Biblioteca Nacional, hace parte de «los libros más hermosos de crítica literaria y de erudición poética que se escribieron en la España del siglo de oro»; así que don Miguel debió de tener en su biblioteca algún ejemplar de éstos. Sobre todo, si se tiene en cuenta el fervor con el que Cervantes leyó a Garbillado, ante quien mantuvo un entusiasmo que resuena por toda la obra cervantina, a través de las citas textuales y las claras recreaciones, que llevaron a afirmar a José Manuel Blecua que «casi podríamos asegurar que Cervantes sabía de memoria lo mejor de Garcilaso».

La fascinación de nuestro autor por Garcilaso se expresó en varias evocaciones directas; en una de ellas, contenida en el Persiles, aparece un elogio muy significativo: «[a Periandro] como por haber mostrádole a la Luz del mundo aquellos días las famosas obras del jamás alabado como se debe poeta Garcilaso de la Vega, y haberlas visto, leído, mirado y admirado, así como vio al claro río, dijo: No diremos: «Aquí dio fin a su cantar Salicio», sino: «Aquí dio principio a su cantar Salicio […]; aquí resonó su zampoña, a cuyo son se detuvieron las aguas deste río, no se movieron las hojas de los árboles, y, parándose los vientos, dieron lugar a que la admiración de su canto fuese de lengua en lengua y de gente en gente por toda la tierra».

Garcilaso había escrito en su primera égloga: «Que siempre sonará de gente en gente». Por toda la obra de Cervantes surgen aquí y allá las citas o las reescrituras de uno de sus poetas de cabecera: en el Quijote, por ejemplo, se emplea un verso de la égloga segunda en la canción de Grisóstomo: «El triste canto / del endiablado búho, con el llanto / de toda la infernal negra cuadrilla / salgan con la doliente ánima fuera». El diálogo con Garcilaso se patentiza también en unos versos de Cervantes:

Obras del excellente poeta Garci Lasso de la Vega. Diego López (Salamanca, 1589).

«Mi lengua balbuciente y casi muda,
pienso mover en la real presencia».

«Mas con la lengua muerta y fría en la boca,
pienso mover la voz a ti debida»

«Ser señora de un alma no aceptaste»

«¿De un alma te desdeñas ser señora?»

«Conozco lo que al alma le conviene,
sé lo mejor y a lo peor me atengo»

«Y conozco el mejor y el peor apruebo».

El primer verso es el de Cervantes, y el segundo es el de Garcilaso. Para la elaboración de este comentario nos hemos apoyado en el estudio de José M. Blecua, Sobre la poesía de La edad de Oro, Madrid, Gredos, 1970.

Fray Luis de León

En el Fondo Cuervo de la Biblioteca Nacional tropezamos con la cuarta impresión (Salamanca 1595) de una célebre joya de la literatura castellana, compuesta por Fray Luis de León: De los nombres de Cristo; éste es un ejemplar semejante al de la biblioteca cervantina, ya que en ella estaría la primera edición hecha también en Salamanca en 1585.

De los nombres de Christo. Juan Fernández (Salamanca, 1595).

Fray Luis es un escritor de sentimientos vigorosos, que supo tejer versos de un hondo contenido emocional; de tal forma que en la bellísima alabanza que le dedica Cervantes en el Canto a Calíope, se refleja el buen gusto literario cervantino, y el interés con el que se aproximó a la obra del fraile en cuya poesía «el intelecto es una forma muy alta del sentimiento»:

Quisiera rematar mi dulce canto
en tal sazón pastores, con loaros
un ingenio que al mundo pone espanto,
y que pudiera en éxtasis robaros.
En él cifro y recojo todo cuanto
he mostrado hasta aquí y he de mostraros:
Fray Luis de León es el que digo,
a quien yo reverencio, adoro y sigo.

¿Qué palabras de Fray Luis «espantan» y pueden «en éxtasis robarnos»? Tal vez Cervantes pensaría en el poema escrito por el agustino «En una esperanza que salió vana», originado en la ilusión que tenía Fray Luis de salir de la cárcel en el verano de 1572:

En una esperanza que le salió vana

Huid contentos de mi triste pecho,
¿qué engaño os vuelve a do nunca pudistes
tener reposo, ni hacer provecho?

Tened en la memoria cuando fuisteis
con público pregón, ¡ay!, desterrados
de toda mi comarca y reinos tristes,

a do ya no veréis nublados,
y viento, y torbellino y lluvia fiera,
suspiros encendidos, y cuidados.

No pinta el prado aquí la primavera,
ni nuevo sol jamás las nubes dora,
ni canta el ruiseñor lo que antes era…

Quizá también nuestro autor se asombraría con la «Oda a Francisco Salinas»:

El aire se serena
y viste de hermosura y luz no usada,
Salinas, cuando suena
la música extremada
por vuestra sabia mano gobernada.

[…] Aquí el alma navega
por un mar de dulzura, y finalmente,
en él ansí se anega
que ningún accidente
extraño y peregrino oye y siente.

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