Cuando menos, es más

Relato

Cuando menos, es más

Leonardo Gutiérrez Berdejo

Cuando era comerciante, aprendí a escuchar y a guardar silencio. Mi silencio, bien podía no ser fruto de la prudencia, pero sí me fue de gran ayuda, dado que, a cada instante, andaba metido en negocios de toda clase, más de las veces, raros y turbios. Lo mío era el acaparamiento, la especulación, y ¡claro!, no faltaba, el contrabando. Con la máxima “menos es más” pegada a mi cabeza, había aprendido que entre menos palabras dijera, más seguridad y confianza sentía, menos me exponía, y mayores eran las ganancias.

No siempre fue así. Como buen egipcio, cuando joven era muy hablador. Hablaba tanto que muchos creían que terminaría siendo un político. Tenía la madera para engatusar, pero me faltada la de la corrupción. Llegué a convertir mis galimatías en maravillosas obras de arte retóricas. Podía hablar horas y horas y no decir nada. En ocasiones me percataba de que terminaba fastidiando a los demás por las babosadas que decía, pero a mí eso poco me importaba. Estaba en mí ser locuaz. Pero un día leí un proverbio que me enganchó. Decía así: Dios nos creó con dos orejas, dos ojos y sólo una boca, es porque tenemos que escuchar y ver dos veces antes que hablar. Desde ese día comencé a cambiar.

Menos, es más, era un juego de palabras que aprendí en El Cairo de boca de mi amigo Manolo Inclán, el español gallego. ¡Qué tipazo!, ese Manolo. Gracias a él, aprendí a trampear en el comercio y a interesarme por su idioma. Orgulloso, un día me contó de las luchas libradas por los gallegos para defender la causa republicana y que él era descendientes directo de un tal Miguel Solís Cuetos, uno de los llamados Mártires por la Libertad. Yo no sabía quién era ese tal Solís, pero le creí, él no me mentía.

Manolo hablaba gallego, pero dominaba el castellano mejor que cualquier español. Cuando me enseñó lo de las tres palabras, me dijo que, bien aplicadas, ayudaba a entender el mundo. Y así fue: cuanto más empleaba esas tres maravillosas palabras en mi vida de comerciante, más eran las ventajas que obtenía. Palabras breves, pero precisas. Para lo que más me sirvieron fue para aprender a escuchar más y hablar menos. Aprendí que, entre menos hablaba, más escuchaba, más aprendía, más negocios realizaba, y más ganaba. Manolo era un sabio: me enseñó a manejar la palabra y el silencio. Espero que aun viva.

Admito que mi silencio no era producto de una inteligente prudencia, sino de una normal prevención. Todo aquel que del comercio vive, preocupado anda por los resultados de los negocios que realiza. Pecados menores son el acaparamiento, la especulación y el contrabando. De ahí que, entre menos palabras dijera, significaba no exponerme a divulgar ocultos secretos del comercio, lo que equivalía a más seguridad y más dinero. De la mano de Alá, esa era mi felicidad. Aprendí que del árbol del silencio pende el fruto de la seguridad.

Para quienes se muestren interesados, esta especie de paradoja tiene sus tropezones. Si bien la máxima aplica para cuando se es hombre de negocios, o eres un prófugo, no funciona, en cambio, para la política, ni cuando se trata de un padre agobiado por el infortunio o en casos graves, como lo es el asesinato de una hija. En estos casos, todo cambia. Por Aín, yo estaba decidido a hablar, a contarlo todo y entre menos hablara, menos posibilidades habría de esclarecer el asesinato. Más silenció equivalía a más impunidad; más impunidad, sin embargo, equivalía a menos castigos.  

En cuanto a Granciano, sabía yo que se había entregado a los placeres mundanos. Lo supe por boca de Feliciana. Me sentí culpable, estaba seguro que el dinero y los regalos que recibía de los cachondos y del dueño del yate lo hicieron caer en tentación.

Granciano no tenía motivos para entregarse a las veleidades del dinero y el sexo. La clarividencia y el negocio del puerto producían lo suficiente. Rosario, además de hermosa, era propietaria de una mina. En verdad, era mucho el dinero que Granciano recibía, suficiente como para dejarse tentar por el demonio de la codicia ni del placer, y estuviera dedicado, con todas sus fuerzas, a los augurios. Pero, ¡vaya uno a saber de las intimidades del hombre y de los pecados que guarda!

Al salón, a toda hora llegaban mujeres con el pretexto de conocer su futuro. Pero esto no era cierto, venían a soslayarse y a escuchar las lecturas del Kamasutra y de otros libros cargados de erotismo. Se podía asegurar que Granciano iba camino a convertirse en un ´maestro del placer´ y el Salón de la Clarividencia, de a poco, en el Erosmar. 

Singo por su parte, se había entregado de lleno a la lectura del Codex. Cada día encontraba motivos para encerrarse y profundizar en sus misteriosos relatos. Las sospechas que mantenía sobre mí se habían multiplicado por cuenta de las lecturas que hacía, pero más por el arribo de los dos yates, la ausencia de los agentes aduaneros, por los hombres de la Sombra que patrullaban armados en las afueras del Castillo, y por los altos ingresos del puerto.

En su caso, la paradoja de menos, es más, se había convertido en más lectura, más sospechas sobre mí y menos Paula, la sobrina de Feliciana que lo visitaba con frecuencia. Menos Paula y más lectura, lo mantenía más ocupado, pero con la vista puesta más en mí que en otra cosa. 

Por los lados del malecón, cada punto, de cara al mar y al Castillo, estaba custodiado por estos malandros. Yo intuía que estaba metido en algo extraño y peligroso, pero no alcanzaba a esclarecerlo. Lo único que podía asegurar era que la idea de Midas, cualquiera que ella fuera, giraba alrededor de las ganancias, sin importar si era o no turbio, prohibido, o peligroso lo que la produjera.

En Gambote, la crisis favorecía los intereses de Ismael Almagro, lo que equivalía decir, a los bancos de Midas. Con menos dinero en circulación, los intereses eran más altos; con más hambre a cuestas, los salarios bajaban y los préstamos se multiplicaban a través de las hipotecas. La llegada de contingentes de turistas no se hizo esperar por los bajos precios que encontraron en la ciudad. Lo que fuera o lo que quisieran, los turistas lo encontraban “casi regalado”.

Exceptuando el turismo, las oportunidades para ganar dinero escaseaban para la silenciosa mayoría, pero se habían multiplicado para Midas y el Encomendador, al empezar a ejercer su poder. 

Hambrientos deambulantes, hacían de las calles un deprimente espectáculo. Una tragicomedia al mejor estilo de los esclavos de las pirámides. Pasmenio impuso un nuevo impuesto, destinado a obras sociales. Recayó en los turistas ricachones que se divertían lanzando monedas al mar para ver a niños y jóvenes hambrientos zambullirse hasta profundidades peligrosas tratando de encontrarlas. Con frecuencia algunos se ahogaban, en esta búsqueda. Por cualquier lugar, se veían cadáveres andantes desfilar detrás de los ricachones cachondos que, con sus caras enrojecidas, parecían camarones o cangrejos asados.

Supe por boca de uno de los hombres de la Sombra que los únicos negocios prósperos que se veían en Gambote eran las empresas y el banco de Midas, el puerto del Castillo y “La casa de la Mame” que empezaba a tomar vuelo y a ser la casa de putas más visitada por los turistas que visitaban Gambote.

Cierta tarde vi al hombre que dirigía a los matones de la Sombra, hacer algo detestable hasta el punto que me repugnó y quise golpear al tipo. Me contuve. El Calvo, como lo llamaban, medía casi dos metros de altura y tenía más de ciento treinta kilos de peso. Caminaba lerdo y practicaba el manejo del revolver que llevaba siempre colgado del cinturón.

Lo vi lanzar un escupitajo al aire, y cuando el salivazo cayó al piso, lo restregó con sus botas. Después, sacó su revolver y apuntó hacía la pared que bordeaba el malecón. Así lo hizo varias veces, pero sin disparar. De un momento a otro, con voz áspera, ordenó a uno de sus secuaces dibujar una figura humana en la pared. El hombre corrió de inmediato a obedecerle y trazó una figura burda y desproporcionada. Nada de humana tenía, pero al Calvo no le importó.

Cuando el secuaz terminó de dibujarla, el Calvo se le acercó, le arrebató el carboncillo y garrapateó el nombre de “Gransiano, así con S, debajo de la figura. Con pasos lerdos, se alejó veinte metros, sacó veloz el revolver, y sin afinar la puntería, disparó tres veces.

¡Bang, bang, bang!, retumbaron estrepitosos los disparos en el malecón.

Yo me asuste mucho. Intuía que algo siniestro tramaba el Calvo, pero no lograba dar con lo que era. En ese momento, me convencí de que yo no era, en realidad, quien dirigía el puerto, que Granciano había perdido el control sobre su Castillo, y que las sospechas de Singo sobre mí estaban más que justificadas. Por lo que percibía, a pesar de que fue Granciano quien me nombró administrador del puerto, por ser el dueño, yo no era más que un pobre monigote zarandeado por Ismael, vapuleado por el Calvo y fustigado por las sospechas de Singo.

Saber menos de lo que en realidad estaba sucediendo, quizá, podía darme más seguridad, pero esta corazonada solo era un bálsamo que me conducía a desconocer lo que en el trasfondo se agitaba.

Cuando vi que el Calvo de nuevo apuntaba su revolver hacia los trazos que figuraban ser la figura de Granciano, yo rogué a Alá que el maldito tuviera menos puntería. Pero no fue así. El hombre, entre menos apuntaba, parecía tener más precisión para dar en el blanco. De los tres disparos que hizo de nuevo, dos dieron en la cabeza y uno en el pecho. Por fortuna, era en la figura de Granciano.

Cuando terminó, volvió a lanzar un escupitajo al aire que, cuando rebotó en el suelo, lo pisoteó, lanzando una carcajada triunfal. Esa tarde supe, de una vez por todas, que la máxima de mi amigo Manolo no siempre era efectiva ni era la más acertada, cuando de un matón se trataba. Peor era, si se trataba de un matón diestro en el manejo del revolver, aun cuando uno deseara que acertara menos.

Cuando menos, es más

Relato

Cuando menos, es más

Leonardo Gutiérrez Berdejo

Cuando era comerciante, aprendí a escuchar y a guardar silencio. Mi silencio, bien podía no ser fruto de la prudencia, pero sí me fue de gran ayuda, dado que, a cada instante, andaba metido en negocios de toda clase, más de las veces, raros y turbios. Lo mío era el acaparamiento, la especulación, y ¡claro!, no faltaba, el contrabando. Con la máxima “menos es más” pegada a mi cabeza, había aprendido que entre menos palabras dijera, más seguridad y confianza sentía, menos me exponía, y mayores eran las ganancias.

No siempre fue así. Como buen egipcio, cuando joven era muy hablador. Hablaba tanto que muchos creían que terminaría siendo un político. Tenía la madera para engatusar, pero me faltada la de la corrupción. Llegué a convertir mis galimatías en maravillosas obras de arte retóricas. Podía hablar horas y horas y no decir nada. En ocasiones me percataba de que terminaba fastidiando a los demás por las babosadas que decía, pero a mí eso poco me importaba. Estaba en mí ser locuaz. Pero un día leí un proverbio que me enganchó. Decía así: Dios nos creó con dos orejas, dos ojos y sólo una boca, es porque tenemos que escuchar y ver dos veces antes que hablar. Desde ese día comencé a cambiar.

Menos, es más, era un juego de palabras que aprendí en El Cairo de boca de mi amigo Manolo Inclán, el español gallego. ¡Qué tipazo!, ese Manolo. Gracias a él, aprendí a trampear en el comercio y a interesarme por su idioma. Orgulloso, un día me contó de las luchas libradas por los gallegos para defender la causa republicana y que él era descendientes directo de un tal Miguel Solís Cuetos, uno de los llamados Mártires por la Libertad. Yo no sabía quién era ese tal Solís, pero le creí, él no me mentía.

Manolo hablaba gallego, pero dominaba el castellano mejor que cualquier español. Cuando me enseñó lo de las tres palabras, me dijo que, bien aplicadas, ayudaba a entender el mundo. Y así fue: cuanto más empleaba esas tres maravillosas palabras en mi vida de comerciante, más eran las ventajas que obtenía. Palabras breves, pero precisas. Para lo que más me sirvieron fue para aprender a escuchar más y hablar menos. Aprendí que, entre menos hablaba, más escuchaba, más aprendía, más negocios realizaba, y más ganaba. Manolo era un sabio: me enseñó a manejar la palabra y el silencio. Espero que aun viva.

Admito que mi silencio no era producto de una inteligente prudencia, sino de una normal prevención. Todo aquel que del comercio vive, preocupado anda por los resultados de los negocios que realiza. Pecados menores son el acaparamiento, la especulación y el contrabando. De ahí que, entre menos palabras dijera, significaba no exponerme a divulgar ocultos secretos del comercio, lo que equivalía a más seguridad y más dinero. De la mano de Alá, esa era mi felicidad. Aprendí que del árbol del silencio pende el fruto de la seguridad.

Para quienes se muestren interesados, esta especie de paradoja tiene sus tropezones. Si bien la máxima aplica para cuando se es hombre de negocios, o eres un prófugo, no funciona, en cambio, para la política, ni cuando se trata de un padre agobiado por el infortunio o en casos graves, como lo es el asesinato de una hija. En estos casos, todo cambia. Por Aín, yo estaba decidido a hablar, a contarlo todo y entre menos hablara, menos posibilidades habría de esclarecer el asesinato. Más silenció equivalía a más impunidad; más impunidad, sin embargo, equivalía a menos castigos.  

En cuanto a Granciano, sabía yo que se había entregado a los placeres mundanos. Lo supe por boca de Feliciana. Me sentí culpable, estaba seguro que el dinero y los regalos que recibía de los cachondos y del dueño del yate lo hicieron caer en tentación.

Granciano no tenía motivos para entregarse a las veleidades del dinero y el sexo. La clarividencia y el negocio del puerto producían lo suficiente. Rosario, además de hermosa, era propietaria de una mina. En verdad, era mucho el dinero que Granciano recibía, suficiente como para dejarse tentar por el demonio de la codicia ni del placer, y estuviera dedicado, con todas sus fuerzas, a los augurios. Pero, ¡vaya uno a saber de las intimidades del hombre y de los pecados que guarda!

Al salón, a toda hora llegaban mujeres con el pretexto de conocer su futuro. Pero esto no era cierto, venían a soslayarse y a escuchar las lecturas del Kamasutra y de otros libros cargados de erotismo. Se podía asegurar que Granciano iba camino a convertirse en un ´maestro del placer´ y el Salón de la Clarividencia, de a poco, en el Erosmar. 

Singo por su parte, se había entregado de lleno a la lectura del Codex. Cada día encontraba motivos para encerrarse y profundizar en sus misteriosos relatos. Las sospechas que mantenía sobre mí se habían multiplicado por cuenta de las lecturas que hacía, pero más por el arribo de los dos yates, la ausencia de los agentes aduaneros, por los hombres de la Sombra que patrullaban armados en las afueras del Castillo, y por los altos ingresos del puerto.

En su caso, la paradoja de menos, es más, se había convertido en más lectura, más sospechas sobre mí y menos Paula, la sobrina de Feliciana que lo visitaba con frecuencia. Menos Paula y más lectura, lo mantenía más ocupado, pero con la vista puesta más en mí que en otra cosa. 

Por los lados del malecón, cada punto, de cara al mar y al Castillo, estaba custodiado por estos malandros. Yo intuía que estaba metido en algo extraño y peligroso, pero no alcanzaba a esclarecerlo. Lo único que podía asegurar era que la idea de Midas, cualquiera que ella fuera, giraba alrededor de las ganancias, sin importar si era o no turbio, prohibido, o peligroso lo que la produjera.

En Gambote, la crisis favorecía los intereses de Ismael Almagro, lo que equivalía decir, a los bancos de Midas. Con menos dinero en circulación, los intereses eran más altos; con más hambre a cuestas, los salarios bajaban y los préstamos se multiplicaban a través de las hipotecas. La llegada de contingentes de turistas no se hizo esperar por los bajos precios que encontraron en la ciudad. Lo que fuera o lo que quisieran, los turistas lo encontraban “casi regalado”.

Exceptuando el turismo, las oportunidades para ganar dinero escaseaban para la silenciosa mayoría, pero se habían multiplicado para Midas y el Encomendador, al empezar a ejercer su poder. 

Hambrientos deambulantes, hacían de las calles un deprimente espectáculo. Una tragicomedia al mejor estilo de los esclavos de las pirámides. Pasmenio impuso un nuevo impuesto, destinado a obras sociales. Recayó en los turistas ricachones que se divertían lanzando monedas al mar para ver a niños y jóvenes hambrientos zambullirse hasta profundidades peligrosas tratando de encontrarlas. Con frecuencia algunos se ahogaban, en esta búsqueda. Por cualquier lugar, se veían cadáveres andantes desfilar detrás de los ricachones cachondos que, con sus caras enrojecidas, parecían camarones o cangrejos asados.

Supe por boca de uno de los hombres de la Sombra que los únicos negocios prósperos que se veían en Gambote eran las empresas y el banco de Midas, el puerto del Castillo y “La casa de la Mame” que empezaba a tomar vuelo y a ser la casa de putas más visitada por los turistas que visitaban Gambote.

Cierta tarde vi al hombre que dirigía a los matones de la Sombra, hacer algo detestable hasta el punto que me repugnó y quise golpear al tipo. Me contuve. El Calvo, como lo llamaban, medía casi dos metros de altura y tenía más de ciento treinta kilos de peso. Caminaba lerdo y practicaba el manejo del revolver que llevaba siempre colgado del cinturón.

Lo vi lanzar un escupitajo al aire, y cuando el salivazo cayó al piso, lo restregó con sus botas. Después, sacó su revolver y apuntó hacía la pared que bordeaba el malecón. Así lo hizo varias veces, pero sin disparar. De un momento a otro, con voz áspera, ordenó a uno de sus secuaces dibujar una figura humana en la pared. El hombre corrió de inmediato a obedecerle y trazó una figura burda y desproporcionada. Nada de humana tenía, pero al Calvo no le importó.

Cuando el secuaz terminó de dibujarla, el Calvo se le acercó, le arrebató el carboncillo y garrapateó el nombre de “Gransiano, así con S, debajo de la figura. Con pasos lerdos, se alejó veinte metros, sacó veloz el revolver, y sin afinar la puntería, disparó tres veces.

¡Bang, bang, bang!, retumbaron estrepitosos los disparos en el malecón.

Yo me asuste mucho. Intuía que algo siniestro tramaba el Calvo, pero no lograba dar con lo que era. En ese momento, me convencí de que yo no era, en realidad, quien dirigía el puerto, que Granciano había perdido el control sobre su Castillo, y que las sospechas de Singo sobre mí estaban más que justificadas. Por lo que percibía, a pesar de que fue Granciano quien me nombró administrador del puerto, por ser el dueño, yo no era más que un pobre monigote zarandeado por Ismael, vapuleado por el Calvo y fustigado por las sospechas de Singo.

Saber menos de lo que en realidad estaba sucediendo, quizá, podía darme más seguridad, pero esta corazonada solo era un bálsamo que me conducía a desconocer lo que en el trasfondo se agitaba.

Cuando vi que el Calvo de nuevo apuntaba su revolver hacia los trazos que figuraban ser la figura de Granciano, yo rogué a Alá que el maldito tuviera menos puntería. Pero no fue así. El hombre, entre menos apuntaba, parecía tener más precisión para dar en el blanco. De los tres disparos que hizo de nuevo, dos dieron en la cabeza y uno en el pecho. Por fortuna, era en la figura de Granciano.

Cuando terminó, volvió a lanzar un escupitajo al aire que, cuando rebotó en el suelo, lo pisoteó, lanzando una carcajada triunfal. Esa tarde supe, de una vez por todas, que la máxima de mi amigo Manolo no siempre era efectiva ni era la más acertada, cuando de un matón se trataba. Peor era, si se trataba de un matón diestro en el manejo del revolver, aun cuando uno deseara que acertara menos.

Leonardo Da Vinci

Leonardo da Vinci | José Miguel Hernández Hernández | http://www.jmhdezhdez.com

Pintor, anatomista, arquitecto, artista, botánico, científico, escritor, escultor, filósofo, ingeniero, inventor, músico, poeta y urbanista


« La adquisición de cualquier conocimiento es siempre útil al intelecto, que sabrá descartar lo malo y conservar lo bueno. » / « The acquisition of any knowledge is always useful to the intellect, knows that discard the bad and keep the good. »

« Si una persona es perseverante, aunque sea dura de entendimiento, se hará inteligente; y aunque sea débil se transformará en fuerte. » / « If a person is persistent, albeit hard to understand, will be intelligent, and even weak will become strong. »

« La sabiduría es hija de la experiencia » / « Wisdom is the daughter of experience »


La Anunciación, 1472-1475, Óleo sobre tabla, 100 x 221 cm., (Renacimiento Italiano), Quattrocento, Galería de los Uffizi, Florencia, Italia

Parecía dormir (Fragmento)

Parecía dormir

Leonardo Gutiérrez Berdejo

De la novela “Codicia”.

Las horas caían y las figuras de la noche se transformaban en los alrededores del hospital de Gambote. El cadáver de la joven mujer parecía dormir. Pálido e inerte, yacía sobre el frío mesón en la morgue. Era el cuerpo de Ain, la hija menor de Abidakar Gussein. Procedente de El Cairo, llegó a esta ciudad junto con su madre Nathifa y su hermana mayor, Akila, seis meses antes; tres después que lo hiciera su padre. Poco se sabía de ella, salvo que vivía en el Castillo de propiedad de los Benítez, al lado de su familia. 

Como sucedía siempre con cualquier muerto que apareciera tirado en las calles o en cualquier otro lugar, la noticia de la muerte de Ain corrió de boca en boca. El detective Miranda había logrado averiguar que la occisa trabajaba en un banco de propiedad de Midas Soro, gerenciado por Ismael Almagro. Su padre laboraba con el clarividente Granciano Benítez en el puerto del Castillo. Averiguó también que Abidakar había llegado en el vuelo inaugural de la ruta Dubái-Gambote a comienzos de febrero, y que días después de su llegada, Granciano Benítez lo encargó del manejo del puerto. 

Más adelante se enteró de que las operaciones del puerto, para el momento del arribo de Abidakar, eran pocas. Se reducían a esporádicos intercambios comerciales, de menor cuantía, con países orientales, una o dos veces al año.  En realidad, no era mucho lo que había que hacer en el puerto para la fecha de la llegada del turco Gussein, como llamaban a Abubakar, pero Granciano, de todos modos, lo ocupó por la amistad que mantenían.

Por lo que averiguó con el comandante de la policía, Miranda supo que la llegada del turco Gussein coincidió con los disturbios ocasionados por los seguidores del Encomendador, originados por su campaña al Presídium, máxima autoridad de gobierno del país. De ahí que su arribo a Gambote pasara inadvertido para las autoridades. Otros informes lo llevaron a saber que, días después de la llegada, Ain comenzó a trabajar en uno de los bancos de Midas Soro, y al poco tiempo se la veía andar en el lujoso Porsche, color azul, de propiedad de Ismael Almagro, gerente del banco.

Si había algo más, Miranda lo desconocía. No llegó a enterarse, por ejemplo, de que el clarividente Granciano lo había esperado, junto con su esposa Rosario y su amigo Armando, en el aeropuerto; que con ellos le había dado la bienvenida. Tampoco se enteró de que los bravucones de Ismael Almagro, enviados en secreto por él, lo acecharon todo el tiempo para mantenerlo informado de los pasos que diera, apenas llegara. Mucho menos supo que, a partir de ese momento, se convirtieron en su sombra y de que el egipcio había mostrado a las autoridades un pasaporte y una visa falsas. Lo sabría tiempo después del hallazgo del cadáver y de que visitara el Castillo a interrogar a sus moradores.

Había otras cosas que el detective Miranda desconocía, pero de ellas se enteraría en el momento en que el propio Abubakar se las mencionara. Para el día en que llegó, Granciano, en cambio, sí sabía que su amigo trataba de huir de las autoridades egipcias. Sin embargo, lo acogió en El Castillo, a pesar de las advertencias que su padre Benancio le hiciera. 

A comienzos de mayo, cuando la esposa y las dos hijas de Abubakar llegaron, poco se ocupó Granciano en averiguar sobre la reserva que Abubakar Hussein había guardado sobre este suceso. Aunque sí se sorprendió, al enterarse de que las tres mujeres habían llegado en el Porsche de Almagro. Lo supo horas después, cuando su amigo Singo se lo informó.

Días después, cuando Granciano le indagó sobre este detalle a Abubakar, el turco le respondió que había sido un acto generoso de Ismael Almagro, por ocuparse con prontitud de alguna operación. En ese momento, Granciano se lo creyó. Pero Abubakar no le informó de qué operación se trataba. Así que el caso quedó más de dudas cubierto que de verdades.

El hecho, aunque carecía de importancia, no tenía explicación, por donde se quisiera mirar. Era posible que, a través de las operaciones del puerto, Abubakar hubiese conocido a Ismael. Pero Almagro, el secuaz y compinche de Midas, jamás había pisado el puerto y aún, en el caso de que lo hubiese pisado, recoger a Nathifa, su esposa, y a sus dos hijas, Akila y Aín, era algo propio de la intimidad familiar, por lo que le parecía extraño, por no decir sospechoso. Así, por decir lo menos, lo creía Granciano.

“Algún día, se lo preguntaré, de nuevo”, pensó Granciano. De todos modos, ellas estaban ligadas al círculo afectivo de Granciano, mucho más que al de Ismael Almagro, a quien escasamente conocían. De ahí, que no entendía la razón de la reserva con la que manejó Abubakar la llegada de las tres mujeres a Gambote. 

***

Granciano había conocido a Abubakar en El Cairo, cuando andaba en busca del péndulo ojo de tigre. Desde ese tiempo estrecharon sus lazos de amistad. La muerte del vidente egipcio Tarik El Sayed Kun los acercó aún más. Cuando Abubakar fue apresado por posesión y tráfico de drogas y enviado al desierto, Granciano lo ayudó a soportar la tragedia y asistió, por mucho tiempo, a su familia. En sus cartas, sintió el dolor de su mujer y el de sus dos hijas por el drama de Abubakar, confinado a una cárcel en el desierto.  Eso era suficiente para él.

Con el correr de los días, Miranda se enteraría de las andanzas de Ain con la hija del alcalde Pasmenio Andrés Del Corral y de sus llegadas a deshoras a la casa. También sabría que, desde que Ain bajó del avión, e Ismael Almagro la llevara en su lujoso carro hasta el Castillo, puso los ojos en ella. Los idiomas que dominaba Ain fueron motivo para que Ismael la vinculara al banco que dirigía, de propiedad de Midas Soro. Esto despertó la envidia de su hermana Akila pero sin que pasara a mayores.

Para ese mismo tiempo, Miranda se informó de que, poco tiempo después de haber llegado Ain, Almagro había logrado convertirla en su amante. También investigó que Almagro se había acostumbrado a las amantes de turno, así que, cuando conoció a Ain, abandonó los amoríos con Norelba Carullo, esposa del alcalde Pasmenio Andrés Del Corral. De este modo, pudo dedicarse por completo a la menor de las dos hijas de Abubakar quien, apenas, rozaba los veintiún años.

Tiempo atrás, Midas Soro le había advertido a Almagro, sobre el peligro que corrían los hombres dedicados a las finanzas con las amantes esporádicas. “Dinero y amoríos, es una combinación fatal que trae mala suerte”, le había dicho. Pero Ismael desoyó sus palabras. Al fin y al cabo, el patrón no vivía en Gambote para vigilarlo. Vivía en la capital. 

Lo que sí evidenció Miranda, por los análisis realizados a los registros del puerto, fue que desde el instante en que las tres mujeres de Abubakar llegaron, las operaciones y los ingresos se habían multiplicado de manera sorprendente. Se incrementaron hasta el punto de que el vidente dejó de abrir el consultorio y de consultar los instrumentos. “Abandonó la clarividencia para dedicarse de tiempo completo a contar el dinero que entraba a chorros”, concluiría el detective.   

Quien sí se mantuvo pendiente de Abidakar Hussein fue Ismael Almagro. Le había armado una estrecha vigilancia desde que pisó el suelo de Gambote. Sin que esto transcendiera, Almagro, testaferro y agente en Gambote de Midas Soro, le puso los ojos encima desde el momento en que el turco llegó. Estaba a la espera de lo que su patrón le instruyera sobre qué hacer para saber qué órdenes darle al desconocido. De sobra sabía que todo regalo que él hiciera, por fútil que fuera, tenía una contraprestación. Era una verdad que Ismael y sus guardaespaldas conocían bien. El banquero detestaba la generosidad. 

No sabía para qué, pero esperaba a que en cualquier momento Midas lo llamara con el objetivo de que Abidakar cumpliera algún encargo en el interior del Castillo. Podía haber sido esta la condición para transportarlo desde Dubái hasta Gambote, pero la desconocía. De lo que sí se enteró fue de que, también su esposa Nathifa, y sus hijas, Akila y Aín, serían transportadas desde El Cairo, y podrían llegar en cualquier momento.

Lo único seguro era que nada generoso se movía alrededor del banquero. Aunque vistas las cosas desde su lado, el asunto era más difícil de desentrañar. Había que esperar. Con el pensamiento puesto en las futuras ganancias que llegarían, después de un acuerdo con el siciliano y un supuesto príncipe de Dubái, Abubakar sería la pieza clave para ocuparse de algunas de operaciones en el puerto del Castillo. Contar con él, en ese lugar, era no solo necesario, sino también uno de los tantos pasos que daría para el plan que lo llevaría a combatir la disminución de las ganancias. Además, sería el precio por ayudarlo a escapar de las autoridades y transportarlo desde Dubái hasta Gambote.

Ignoraba el detective que, la entrada de Abubakar en el Castillo sería para Midas el mayor de los éxitos logrados. De concretarse, sería la maniobra que coronaría el esfuerzo de toda una vida dedicada a las finanzas. Sería la culminación del empeño realizado para prestar, ganar y acumular, el camino para hacerse a lo que siempre había deseado: poseer esa vieja casa de los Benítez, al arma secreta para combatir la disminución de las ganancias que se avizoraban en los negocios.

El que Granciano ignorara esto y no lo advirtiera en sus instrumentos de adivinación, llegaría a ser su peor desgracia. Aunque sí auguró lo de la catástrofe del dinero. Con estas y otras ideas, el detective Miranda se paseaba por los pasillos del vetusto edificio de la morgue, a la espera de acumular más información sobre esta muerte. A ratos, sacaba su libreta de apuntes y anotaba cualquier cosa que creyera de interés, pero seguía cavilando.

De vez en cuando, entraba al lugar en el que el cuerpo reposaba y, desde la puerta de entrada, miraba el manto blanco que cubría el cadáver. Con una extraña sensación en su cuerpo, mostraba la intención de acercarse, pero se contenía. “Parece dormir”, dijo en voz baja y siguió en su andanza.  Noche transfigurada de Arnold Schoenberg, se escuchaba por los pasillos.

***

Hacia el anochecer, el detective seguía a la espera de los resultados de la necropsia que el forenseHernández realizaría. Por el momento, estaba pendiente de la llegada de los padres y de la hermana de la muerta para lo del reconocimiento.

El día había transcurrido tranquilo y, aparte del jolgorio de los niños que deambulaban por las calles de la mano de sus padres reclamando dulces, no esperaba más sorpresas.  Otra cosa serían los resultados de las ceremonias satánicas de las que, se decía, abundaban por los alrededores de Gambote. Hacía cinco años lo del incendio de la Cumbre y, aunque nadie olvidaba el fatal suceso, nadie tampoco deseaba mencionarlo.

Miranda abrigaba la idea de que sería un buen comienzo interrogar a Ismael Almagro en la Cumbre y a Abubakar Hussein en el puerto. No descartaba interrogar a Granciano Benítez, dueño del Castillo. Al fin y al cabo, los Gussein vivían en ese lugar, y eso era suficiente para interrogarlo a él y todos los que allí vivían.

De que Ain Gussein se había convertido en amante de Ismael Almagro y en amiga de Antonia Natividad, la única hija del alcalde Pasmenio Andrés Del Corral y Norelba Carullo, era un asunto conocido. Lo supo, días después de iniciada la investigación. A lo mejor, era algo que sus padres ignoraran o, avergonzados, o lo mantenían en reserva, pero el asunto era muy conocido por sus compañeros de trabajo y de casi media Gambote.

Algo en el interior del detective le decía que los pormenores que rodeaban el homicidio de Ain no era el final de un drama, pero tampoco el comienzo. Que a lo mejor podría ser una respuesta o una amenaza. Pero “¿respuesta a qué y por qué?, ¿Amenaza de y a quién, y por qué?”, pensó Miranda.

“De no ser el comienzo ni el final de una situación, entonces, “¿cuál podría ser la causa de esta muerte?, ¿qué podría haberla originado, o de qué cosa podría ser el final?, ¿cuál sería el mensaje enviado, en caso de que fuera ese el motivo?”, se preguntaba Miranda. Por lo pronto, no tenía respuestas. Esperaría al forense. “Una muerte por sobredosis de una joven y hermosa mujer, con tan sólo unos cuantos meses de haber llegado a Gambote, no era fácil de aceptar sin formularse preguntas”, terminó diciéndose el detective. 

Las señales rojizas de las muñecas y los tobillos parecían ofrecer alguna pista. Igual pensaba de las huellas del carro y de las pisadas en los alrededores del caño y del cadáver. Un delgado hilo parecía unir a Ismael Almagro con Abidakar Gussein y el Castillo de los Benítez con el cuerpo sin vida de Ain, pero era muy temprano para sacar conclusiones.

Para los habitantes de Gambote era un homicidio más que quedaría en la impunidad, como tantos otros. Así funcionaban las cosas en Gambote cuando se trataba de muertos del común.

****

Pasadas las seis de la tarde, Miranda se frotaba las manos y miraba con inquietud hacia todos lados.  Lo urgía la autopsia y la llegada de los padres de Ain para lo de la identificación, sin poder mantenerse en calma. Le urgía saber el porqué de las pequeñas heridas y magulladuras que el cuerpo de la mujer presentaba en varias partes. Desconocía con qué fueron hechas y por qué se las hicieron. Lo que sí pudo adelantar, es que un instrumento |fino y delgado se empleó para causarlas. Quería ver también las fotos que el fotógrafo Clavijo había tomado de los alrededores.  

Sin poder contenerse, el investigador entró al cuarto frío del edificio. Aseguró la puerta. Las notas lúgubres de Noche transfigurada de Schoenberg cesaron. Observó el manto blanco que cubría el cuerpo exánime de Ain Hussein sobre el mesón de cemento. Las formas del cuerpo se delineaban suaves y gráciles a la vez. No resultada difícil identificar lo armonioso del cuerpo de la joven. Tendida, cuan larga era, sobre la loza fría y cubierta de pies a cabeza, el cadáver de Ain parecía la efigie arropada de una diosa. 

Miranda se acercó. Destapó el rostro y se sobresaltó con los ojos verdes de la mujer que seguían abiertos. Los cerró. Arrimó su cara a una de las orejas del cadáver y pareció susurrarle algo. Pasó uno de sus dedos por los contornos de los labios, sintió el frío de la piel; deslizó el manto hacia abajo…, los pechos de la joven quedaron al descubierto. Firmeza y tersura: mezcla juvenil atractiva. Parecían gemir en una especie de goce póstumo. Miranda los acarició y acercó su boca a uno de los pezones. Se contuvo. Se dirigió a la puerta, la aseguró con el pestillo. Regresó al mesón. 

Corrió el manto un poco más. El cuerpo entero quedó expuesto a su mirada. Un escalofrío lo invadió; se sintió atraído por una especie de devoción mórbida; observó obsceno la tranquila belleza extenderse en el cemento. Imaginó que despedía atrayentes mensajes. Un susurrante llamado, igual a una voz tibia y silente, escuchó. Era un mórbido “acércate”, un maléfico eco venido de un recóndito más allá. Miranda se acercó. 

La necrófila voz resonaba en su cabeza, mientras que las fibras del deseo lo aguijoneaban con enfermiza saña. Sujetó con sus manos los tobillos de la occisa; suavemente abrió las pálidas piernas y el frondoso monte se extendió vivo. Los labios se desplegaron inmóviles. Frío, el flácido pubis quedó expuesto…, lo acarició. Sintió el hervor de la sangre en la parte baja de su abdomen; apartó las piernas un poco más y, esta vez, la flor asomó rosácea e inerme. En los yertos pétalos posó su mano y el fuego del deseo llegó como colibrí sediento…, deslizó el dedo anular sobre los pliegues de la úvula fría y membranosa. 

Con la mirada fija en la cónica membrana, el detective entró en mortificantes espasmos.  Temblaba. Miró hacia los lados, bajó la cremallera del pantalón y la fálica brasa deseosa tropezó con el frío mesón. Atrajo el cadáver hacía él. A punto de penetrar el cuerpo inerme, escuchó pasos que se acercaban por el pasillo.

Segundos después, sintió golpes en la puerta. Con la rapidez que pudo se arregló el pantalón y acomodó el cadáver. Lo cubrió con el manto. Se aliso el cabello y se apresuró a abrir la puerta. La tristeza entró con las notas lúgubres de Noche transfigurada que irrumpieron presurosas en el salón refrigerado. 

Eran los padres de Ain. Después de cerrar la puerta, Miranda saludó a la familia con un leve movimiento de cabeza y expresó las condolencias. Un póstumo silencio se movía callado entre todos. Al lado de su esposa Nathifa, Abidakar quedó paralizado al ver el cadáver de su hija. Gruesas lágrimas corrieron por sus mejillas. Nathifa y Akila también lloraban.

Miranda destapó la parte superior del cadáver y preguntó si lo reconocían.  Abubakar, Nathifa y Akila asintieron con la mirada y con un leve movimiento de cabeza. Si, era ella.  

En ese instante, Abubakar creyó tener la respuesta a esta tragedia, pero prefirió callar. Ain parecía dormir. Apartó la vista. Pensó que su muerte no era el comienzo de nada, tampoco creyó que sería el final de lo que venía sucediendo. Un nudo de acontecimientos le provocaron una ira incontenible que apenas pudo ocultar. Hizo memoria, y, esos fatídicos recuerdos que creyó marcaron el inicio de lo ocurrido, cayeron como un mazo sobre su cabeza, cual si aplastaran sobre una piedra a una débil lagartija.  Sabía que fue asesinada.

Con el rostro humedecido, el recuerdo de lo vivido, meses atrás, lo sacudió.

—No puede tocar el cadáver antes de la autopsia —advirtió el detective con voz amistosa.

—Está bien —respondió Abubakar.

  —No se encontró ninguna pertenencia con el cadáver —interrumpió Rodrigo con un tono de voz con el que pretendía acallar el necrófilo llamado de Ain.

Akila miró de soslayo al detective, pero no le respondió. Nathifa, con la cara entre las manos, lanzó una última y compasiva mirada a Ain. 

  —Duerme —dijo Nathifa.

  —Sí —respondió Akila —parece dormir.

  —Parece dormir —repitió Abubakar.

El forense hizo su entrada y ordenó a todos salir del frío cuarto.

  —Procederé a realizar la autopsia.

  —Esperaré los resultados —respondió Miranda.

Se dirigió a la familia y le anunció que los visitaría en El Castillo. En este instante, Abubakar deseó comentarle al detective Miranda toda la historia de los últimos nueve meses, pero prefirió callar. Se la contaría primero a Nathifa y a Akila y luego a Granciano. Les pediría que lo perdonaran. Quizás, ellos sabrían ayudarle a encontrar una salida al infortunio que no terminaba con esta muerte. Esperaría.

Compungido, lanzó una última mirada al cadáver de Ain. Creyó, como todos en Gambote, en la fatalidad del último día de octubre. Percibió que un desolador y escueto mensaje afloraba del cuerpo de Aín. Solo uno: “obedecer y asesinar es más sencillo que engañar a un avaro”. Así había sucedido con Midas Soro. El poderoso banquero no era fácil de engañar.

El precio de reunirse con su familia había sido alto. Pero no sería el final. Lo sabía. Al dolor de la ausencia de Ain, se sumaban la desconfianza de Akila y de Nathifa, y la amistad perdida de Granciano.   

De regreso al Castillo, repasó cada momento vivido. Quizás, haría algo para vengar la muerte de Ain. Su hija menor merecía mucho más que compadecerse.

Con las sombras de la noche, escuchó la voz de Akila que retumbó en sus oídos, igual a un eco cavernario.

—Parecía dormir —dijo Akila en tono de lamento.   

Abubakar quiso responder. No pudo. Con un nudo en la garganta, en su memoria se apilaban las ideas acerca de cómo confesarle al detective los últimos meses vividos, desde que fue rescatado por Midas Soro en el desierto de Dubái, nueve meses atrás. Quien respondió fue su esposa. Cuando Akila terminó de pronunciar la última palabra, Abubakar ya había decidido contar su drama. Contaría desde su partida de Dubái y de su llegada a Gambote hasta lo ocurrido el día anterior.

Hablaría de Almagro, de Midas y del Encomendador; contaría de su trabajo en el puerto y de los ricos turistas; referiría lo de la orden recibida para asesinar a Granciano…, diría lo de Midas … No dudaría. Hablaría desde el momento en que Midas lo recogió entre Abu Dhabi y Dubái. Referiría lo de las llamadas de Ismael y de las órdenes recibidas; lo del yate y de lo que escuchó decir a los guardianes de Midas, gracias al licor que les ofrecía. Nada omitiría.

“¡Nada me detendrá, diré todo lo que sé!”, pensó Abubakar.

—Sí, parecía dormir —dijo Nathifa.

Con el rostro humedecido por la tristeza, esbozó una sonrisa leve y melancólica. Pero no habló más. Atrás quedaron los sones de Noche transfigurada.

Mansoura ez Eldin. “El polvo del camino”

Nació en el año 1976 en una pequeña aldea del Delta del Nilo. Es una escritora con una amplia obra traducida al francés, inglés, alemán e italiano. No así al español. Debutó en el año 2001 con Shaken Light (Luz vibrante), una colección de cuentos. Pero su obra narrativa más representativa se inicia en el año 2004 con Maryam’s Maze (El laberinto de Maryam). En 2009 publica Beyond  Paradise (Detrás del Paraiso). The Path to Madness, una colección de cuentos aparece en el año 2013. Y Emerald Moutain en 2014. En el año 2009 fue seleccionada para la Beirut 39, como una de las treinta y nueve autoras y autores árabes menores de 39 años. Y su novela  Detrás del Paraíso fue finalista en la tercera edición del International Prize for Arabic Fiction, versión árabe del Premio Booker.
   La narrativa de Mansoura ez Eldin es una equilibrada amalgama de realidad y ficción. Escribe sobre la realidad fusionándola con la fantasía, la ciencia ficción, el terror… No rehúye el tratamiento literario de temas violentos o catastróficos, ya que se propone reflejar la realidad tal cual es, dando a conocer sus lados más oscuros y marginales. Su novela El laberinto de Maryam es claramente una pieza de terror y de pesadillas, en la que tienen cabida losfermentos de lo que fue y de lo que es la cultura egipcia: mezcla de religiones, de costumbres y creencias populares enraizadas en supersticiones. Pero su mundo fantástico corre siempre paralelo con el mundo real. Algo semejante ocurre con Detrás del Paraíso. Muestra la historia de la protagonista, Salma ante el descubrimiento de su propio cuerpo, su familia, su pueblo en el Delta del Nilo, a la vez que refleja los cambios experimentados por este en las últimas décadas, tras la instalación de una fábrica de ladrillos.
   En la lucha de la mujer árabe por obtener la libertad, por la equiparación en derechos con el hombre, por cambiar las normas y tabúes sociales, la figura de Mansoura ez Eldin es sin duda un gran peón, y su obra literaria, un fermento importante para que las mujeres árabes dejen de ser las víctimas no solo del patriarcado, sino también de sus madres y abuelas.
A continuación reproduzco algunos fragmentos  del primer capítulo de La Montaña Esmeralda, traducido del árabe por Eva Chaves Hernández, seguramente el único texto que podemos leer en español de la escritora.

“Me llamo Bustán.
Quienes me conocen bien, y son pocos, me llaman “La sacerdotisa de blanco y negro”. Los demás piensan que soy una excéntrica. Si un escritor tuviera que describirme lo haría con los atributos de una ninfa o de una mujer con el pelo color carbón y ropa negra. Me describiría limitándose a  lo que alcanzan a ver los ojos, sin poder llegar a vislumbrar lo que estalla en mi interior.
Nadie podrá comprender lo que oculto ni lo que soy capaz de hacer. Tampoco se sabrá nada sobre los misterios de hechos que tuvieron lugar hace siglos y a los que consagré mi vida. Por eso, solo yo puedo ser la escritora, o mejor, la narradora a la que se le ha encomendado llenar los agujeros de la historia y encajar todas las piezas. Una historia de la que no soy protagonista pero que no existiría sin mí.
En el año once del tercer milenio, desde mi casa con vistas al Nilo del barrio cairota de Zamalek me sumerjo sin cansancio en mis escritos, un mundo antiguo que se va desmoronando por fuera. No puedo desquitarme de las infinitas palabras que han sido transformadas, que se me escurren entre los dedos como nubes de verano cruzando el cielo. Pasa por mi mente una escena tras otra de épocas diferentes. Consigo alcanzar algunas; otras, se me escapan.
Me veo de niña, en los años sesenta del siglo XX, en lo alto del monte Daylam. Correteo detrás de mi padre en su paseo matutino mientras recita versos de Al Rumi, Al Attar o Hafiz.  Me adelanta unos metros y al darse cuenta de mi tardanza, me espera con paciencia. Recuerdo el vaho humeando en su boca. Cuando le alcanzo me sienta encima de una piedra  y así descansamos un poquito. (…)
Acordándome ahora, sentada en esta casa de El Cairo, me viene a la memoria el aroma del monte Alamut y de su vegetación. Casi puedo divisar las faldas de la montaña cubiertas de verde, las cimas coronadas por la nieve y la amplia llanura que abraza los pueblos a los pies del monte.
Aquel lejano día mi padre me indicó dónde estaban las ruinas del castillo de Alamut. Recuerdo que todas sus facciones se sumergieron en una tristeza cuyos motivos yo desconocía, tanto que se quedó parado, erguido, estirando el cuerpo al máximo mientras contemplaba el lugar y lo señalaba. Mis ojos en vez de mirar hacia allí, se quedaron clavados en aquel rostro amable de barba rala y pelo gris. Bajando a la llanura, de vez en cuando echaba la vista atrás, hacia unas ruinas sobre las que hasta entonces yo no sabía nada. Dos días después me sentó a su lado bajo la sombra del castaño y me habló sobre Hassan Al Sabbah y la secta de los hashashin. “Lo único que sobrevive son los relatos. La memoria se acaba cuando muere su dueño y solo tenemos las historias como si fueran una memoria heredada”, me dijo.”(…)
“Se preguntarán sobre qué historia hablo. Conocemos muchos relatos añadidos a Las mil y una noches pero no hemos escuchado ninguno que le falte. No se trata además  de un simple libro. Es un texto sin fin que ni siquiera cambia con lo que se le añade o suprime.
Esta historia que descifro será entretenimiento de quien me lea. Pero primero, permitidme añadir a un margen el relato de mi vida y disculpadme si aún no tenéis claras las referencias. Debéis saber que son difíciles los asuntos que van de una época a otra, las historias y la reconciliación de un remoto pasado con el presente en que vivimos. Debéis saber también que la paciencia, según dicen, es un pescador. Que sea vuestra amiga como lo ha sido y sigue siéndolo para mí, única aliada en mi accidentado camino. La misma paciencia que me acompañó hace pocos años hacia aquella casa del campo, lejos de la civilización. Recuerdo que entonces me envolvía una inusual timidez que me salía del alma llevándome detrás de lo que los demás veían como un espejismo.” Tomado de Cuentos de Marieta.