Fiesta en la playa

Un capítulo de mi novela La Cumbre y el círculo del fuego

40. Fiesta en la playa

Todo está listo para la fiesta. La tarde es soleada. Desde el lugar del malecón de El Castillo en el que estamos Rosario, Armando, Jacinto y Omairo y yo, escuchamos el canto bravío de las olas que impetuosas se acercan a la playa. Llegan, la acarician y se retiran, igual a como llegaron. Se alejan hacia el horizonte repleto de rayos iluminados y hambrientas de soledad. Vienen ruidosas, se marchan silenciosas. Nos encontramos bajo una inmensa carpa protegidos del ardiente sol de la tarde.

Hacía el lado opuesto del mar y del malecón se extiende Gambote. Puede verse envuelta en el amarillo de la tarde y en el susurro de los amantes que se pasean por las calles llenas de sombras, parece a la vez una heroína arrogante y sumisa, vencedora y vencida, Una suave brisa venida del mar entona un susurro somnoliento. Mi padre, sentado en un mecedor, parece extasiarse con la imagen que tiene al frente. La reconoce, por siempre lo ha acompañado. Al momento, llega Feliciana con dos ollas y otros aparejos de cocina, viene acompañada de una joven.  Es Paula, su sobrina.

Pronto llegará el Comandante y sus hombres a quienes he invitado para que sumen a la fiesta.  

Omairo, Jacinto y el Singo bajan a la playa a buscar y amontonar un poco de leña seca para hacer una fogata para cuando el sol se oculte. Feliciana y Rosario alistan sobre una mesa la carne para asarla. A ellas dos se ha sumado Paula. Es una agraciada morena de escasos veinticinco años, con una sonrisa incitante que deja ver una hilera de dientes, tan blancos y parejos, como si hubiesen sido tallados. Usa un sombrero rosado con puntos blancos y viste un traje blanco, transparente que, a contraluz, dejan ver la siluetas de sus muslos tersos y bien torneados. Su rostro es perfecto, sus ojos verdes brillan con el sol, la pureza de sus pechos agita los sentidos de Armando. Es bella. Sus voluptuosas y firmes caderas atraen la mirada de Armando. Ella le sonríe y le dice que es esteticista.

De un momento a otro, como si presintiera algo, subo velozmente hasta la torre del faro en la que está el catalejo. En la distancia, diviso un punto que se bambolea con las olas. Está lejos, me digo. Bajo de inmediato para reunirme de nuevo con el grupo.

Coquetas gaviotas de mar sobrevuelan el espacio, mientras que un grupo de atrevidas maríamulatas se acercan a la mesa a picotear la carne. Feliciana las espanta con un trapo que tiene en sus manos. No consigue apartarlas, corre a la casa. Se presenta con un espantapájaros que semeja un hombre harapiento, con un sombrero raído. El muñeco tiene una escoba en una mano en actitud de golpear a quien se le acerque, pero las aves ariscas y osadas parecen jugar con el espantapájaros. Picotean la escoba. Termino de limpiar el asador y me acerco a la mesa para ayudar a las tres mujeres.

Benancio se entretiene con ver a las mujeres untar el ajo, la sal, la pimienta y una salsa que trajo Feliciana a la carne. Luego, aparta la mirada de las mujeres y se recrea mirando a lo lejos, montadas sobre las olas, decenas de gaviotas con patas palmeadas que parecen nadar sobre el agua. Son blancas con mezclas grises y algunas zonas negras. Intentan alimentarse de peces y otros animales acuáticos. Otro grupo, lejos de la vista de Benancio, se encuentra sobre la playa en busca de huevos de otras aves y tortugas, insectos, gusanos y granos.

A un costado de las gaviotas, una bandada de fragatas o rabihorcados de la especie Fragata magnificens, de alas largas y potente, común en estas costas, se balancean en el aire buscando zambullirse para atrapar algún pez. El aleteo, suave y armonioso, es ensoñador y cautivante. Espumas blancas se alzan bajo su mirada penetrante. El macho, siempre arisco, luce su distintivo guerrero de color negro que lo distingue de la hembra que se destaca por el pecho blanco y reluciente. Machos y hembras, con su cola prolongada y bífida, pico en forma de garfio, diseño silencioso y certero para penetrar las aguas tibias, a gran velocidad con sus alas cerradas, desde las alturas ventisqueras, chocan contra el agua con la fuerza de un bólido errante.

Por un instante, Rosario suspende la labor y mira hacia el edificio de La Cumbre, desde el lugar en el que se encuentra. Observa la imponencia de la inmensa mole, ahora vestida de negro. El olor a humo todavía se filtra por todos lados y nos llega. Está en esas, cuando en silencio me acerco a ella por detrás, la tomo por el talle y la beso en la nuca. Ella suspira. Luego, me separo y corro hacía la casa para volver casi enseguida con una caja de cervezas que meto en la nevera portátil, repleta de hielo. Antes de ofrecerlas, miro hacia el horizonte marino y veo el punto que antes divisé un poco más grande ya. El resto del grupo hace lo mismo y a lo lejos divisan el punto. Parece una embarcación, les digo. Ellos repiten: si, parece una embarcación, pero está lejos.  

Omairo, Jacinto y el Singo, ya han subido a la plazoleta que hay en el malecón y, mientras los dos primeros se aprestan para asar la carne, el Singo, toma la guitarra que le ha regalado su amigo Leonardo y comienza a interpretar la canción Lejos de ti, el único tango que compuso el cantautor Julio Erazo que los argentinos se lo quisieron apropiar como suyo.

Para calmar la sed, ofrezco cerveza. Me la reciben encantados. La beben en un santiamén. La euforia sube, como resaltan los encantos de las mujeres. Armando, es un maestro con la guitarra. A continuación, los sones de la guitarra se mezclan entre nosotros, y Noches de Cartagena, La luna de Barranquilla y otras canciones más de los compositores Esthercita Forero y Mario Gareña, nos animan a cantar. El grito de Feliciana diciendo que los platos ya están servidos, interrumpe la alegría de los cantos.

Después de comer, ofrezco cervezas y de nuevo Armando toma la guitarra y acompaña a Jacinto que comienza a declamar varios poemas de Pablo Neruda, entre ellos, La gran alegría, La vida y, luego, Oda a la edad. Su voz es firme y grave, como si quisiera ser la del propio Neruda. Éste último poema lo dedica a Benancio, que lo escucha atento, como si quisiera grabar en su memoria cada palabra, cada verso.

Yo no creo en la edad. / Todos los viejos llevan en los ojos un niño, /y los niños/ a veces nos observan como ancianos profundos.

Mediremos la vida/ por metros o kilómetros/ o meses? / Tanto desde que naces? / Cuánto debes andar/ hasta que/ como todos/ en vez de caminarla por encima/ descansemos, debajo de la tierra? /…

Al llegar Jacinto a esta parte, su voz se trasforma en la propia voz de Neruda y los ojos de Benancio se nublan, dos lágrimas se deslizan sin rubor mejilla abajo hacia la comisura de su boca.

Los rayos del sol comienzan a ocultarse y un campo rojizo se extiende en el horizonte. Los invito a bajar a la playa.  Armando y Rosario me ayudan a bajar a Benancio que luce contento.

Omairo enciende la fogata y envueltos en la luz de la llama y del calor, Rosario interpreta la canción Cuando sale la luna, de José Alfredo Jiménez. El viento parece emerger de las olas. Me animo y a dúo con Armandointerpretamosuna vieja canción, Paloma querida del mismo autor, y de inmediato, Quizás, quizás, quizás. Nuestro canto se torna sonoro y melancólico, si quisiéramosenviar mensajes ocultos en las canciones. Paula desea bailar con Armando, y pregunta si alguien más, además de Armando, sabe tocar la guitara. No deja de enviarle miradas y sonrisas. Jacinto le responde que sabe tocar un poco, pero no tan bien como lo hace Armando. Paula le dice que quiere cantar la canción Yo me llamo cumbia, de Mario Gareña y, mientras la canta, saca a Armando a bailar, quien se sorprende de la voz de Paula y de los movimientos de caderas y hombros que hace al cantarla.   

Cerca de las nueve de la noche, Benancio pide que lo suban a su casa y lo lleven a la alcoba. Armando y yo corremos a subirlo. Rosario se nos suma. El timbre de la puerta suena, salgo a abrir luego de dejar a Benancio en su alcoba. Es el Comandante con dos de sus hombres. Los invito a seguir y nos dirigimos hasta el malecón. Feliciana le ofrece un pedazo de carne con yuca que todavía queda. Yo les ofrezco una cerveza, pero me la rechazan. Me señala la embarcación que se acerca lentamente a nosotros. Es una embarcación extraña, no es de las que comercia con nosotros, le digo al Comandante.

—Hace rato que viene enviando señales a tierra, pero no he visto que me respondan —le digo al Comandante.

—Es extraño —responde el Comandante. Y agrega—: El desvío es grande si viene para el puerto de Gambote a cuarenta kilómetros de aquí. Si es para acá, para este puerto, no hubiera enviado esas extrañas señales.

—Así es —le confirmo al Comandante.  

—Quiero entregarle y, a la vez, comunicarle algo —me dice el Comandante.

—Lo escucho —le respondo.

El Comandante me ha alejado del resto del grupo para informarme sobre la causa del incendio en La Cumbre. Me entrega el péndulo ojo de tigre. Lo encontramos en el piso. Fue un corto circuito, dejó muchos muertos. Vieron salir a varias personas, pero la mayoría quedó atrapada en el fuego. Agrega de inmediato: Por fortuna el edificio, por la hora y por el día, estaba desocupado. La mayor parte de los cadáveres que encontramos en uno de los sótanos eran de unos encapuchados. Apenas pudimos reconocer los cadáveres de Pasmenio Andrés del Corral, del Nano Díez y los de los magistrados que suelen venir por Gambote. El resto no los reconocimos.

Luego pasa a comentarme sobre la visita que le hizo el magistrado Bonifacio Justo. Me confirmó lo que ya se sospechaba. La Mina pasa de nuevo a manos de sus antiguos dueños.

El magistrado descubrió que quien ordenó el asesinato de Rosendo Brochero fue Pasmenio Andrés del Corral. Lo hizo para apropiarse de la Mina y para no cancelar una deuda que tenía con Brochero. Los papeles son falsos. El magistrado ya había ordenado captura, cuando se presentó el suceso el incendio en la Cumbre con los resultados ya conocidos. Norelba debe vender la mansión para pagar la deuda si no tiene cómo hacerlo. Pienso que es el final de la mansión de Pasmi.

Me ha dicho que el Magistrado descubrió que el despojo de tierras, el programa de organización del transporte y las obras del puente, del aeropuerto internacional y del nuevo puerto marítimo para abrir nuevas rutas aéreas y marítimas desde Gambote hacen parte de un plan delictivo y siniestro. Todo eso está en averiguación porque involucra a varios países. Me confirmó el hecho de que Justo tuvo que viajar de urgencia y custodiado porque lo amenazaron de muerte y él no tenía suficientes hombres para garantizarle la seguridad aquí en Gambote. Le ha dicho que regresará, después de conseguir apoyo logístico en la capital.  

Una hora más tarde, Omairo y Jacinto se despiden y Feliciana llama a Paula, pero ella no obedece. Se encuentra al lado de la fogata, esperando a que Armando baje. Un momento después, Armando, llega presuroso y los dos quedan solos en la playa que sigue inundada de calor y luz. Al calor de la fogata y con el embrujo de la noche cubriéndolo todo, Paula no resiste el llamado del mar y, sin pensarlo, se desprende de su vestido blanco y se queda sólo con un vestido de baño atrevido de dos piezas que trae debajo del vestido.

Armando, queda atónito al ver la exuberante belleza de Paula. Afrodita, Diana y Venus, a la vez. Ella lo invita a meterse en el agua, que permanece tibia. Peces juguetones besan las espumas. Armando no resiste el llamado y corre a meterse, cuando, de nuevo, escuchan los gritos de Feliciana llamando a Paula. Armando se acerca y la toma por la cintura y la besa. Ella responde al beso y abraza a Armando. Por tercera vez, Feliciana llama a Paula. Esta vez Paula obedece. Los dos se visten y suben presurosos. Quedan en verse de nuevo al otro día.

En ese instante recuerdo la fotografía que tomé con la cámara en la caja fuerte de Pasmenio. Le digo al Comandante que bajemos para mostrársela. Llegamos al estudio y tomo la cámara y busco esa fotografía. Doy con ella, la amplío y leemos que el lugar para la construcción del nuevo puerto marítimo es El Castillo. El Comandante me pide que le envíe la foto para remitírsela al magistrado Justo. Le prometo que así lo haré. Luego se despide con sus hombres.

Me quedo pensando en lo dicho por el Comandante y empiezo a recorrer cada detalle del hilo de Ariadna que me lleva hasta Ramabén. Me sumerjo en los motivos que pudo haber tenido para construir esta edificación en este punto y encuentro que no hay otro lugar en Gambote para observar lo que yo observo desde aquí, Tampoco existe otro lugar como éste en Gambote para construir un puerto marítimo. Gambote es único.

Observo la embarcación que ha realizado un giro para alejarse de la costa. Rosario se me une. Me pasa el brazo por el hombro y pongo mis manos sobre su rodilla.

Pienso en Abubakar Hussein. Quizá me escriba de nuevo.  

Oración por la paz

Leonardo Gutiérrez Berdejo

Que las discusiones por la paz en Colombia pasen por La Habana, Caracas, Washington, Oslo o cualquier otra ciudad, me tiene sin cuidado; igual si pasara por la voluntad presidencial o por el debate en el Congreso de la República, que, aunque desprestigiado, algo positivo podría salir de allí.

No me disgusta que pase por la opinión de los poderosos gremios empresariales o por el de los latifundistas; por las hipócritas y sacrosantas cofradías, o por la de las numerosas organizaciones civiles, sean cuales fueren los objetivos que persigan. Por el contrario, de gran valor sería que se considere el punto de vista de todos ellos y de los dudosos e ideologizados organismos de control del Estado, las politizadas Cortes y la de los arrogantes e intocables círculos académicos.

Me importa muy poco que pase por la opinión de los envilecidos y prepotentes políticos, la de los terratenientes, por la de los dueños de grandes fortunas financieras; la de los caciques regionales o de sus áulicos y trabalingüísticos. Nada de esto me disgusta, por muchas razones valoro que se pudieran escuchar sus planteamientos sobre la paz, todo con el fin de que el país entero supere las diferencias y se integre alrededor del propósito de reencontrarse y conciliarse en favor de este asunto tan espinoso y esquivo para la nación colombiana. Pero, por encima de todo, también aspiro a una paz que pase por:

  1. Eliminar a las EPS del sistema de salud de Colombia y crear en su reemplazo otro sistema que considere a la salud como un derecho;
  1. Una reforma educativa que contemple una educación gratuita y de calidad y para todos en todos los niveles y al servicio de los intereses de Colombia;
  1. La defensa plena y cierta de los Derechos Humanos y el cumplimiento del Pacto de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de los desvalidos, los ancianos sin pensión, y por una pensión universal para todos los mayores sin capacidad de pago;
  1. Una reforma agraria que elimine la gran concentración territorial, los grandes latifundios improductivos, y beneficie a los campesinos sin tierra y los desposeídos;
  1. La eliminación del poder sin límites de los terratenientes, los altos mandos militares y los altos jerarcas de las diversas iglesias; y por la despolitización de la Procuraduría y la justicia y todos los órganos de control;
  1. Aspiro a una paz que pase por mejorar unos ineficientes y costosos servicios públicos y que estos estén al alcance de todos; para que todo aquello que fue de la nación regrese a sus manos; para que los bienes que se le entregaron al capital privado regresen al Estado; para que las telecomunicaciones, la salud, la educación y todos los servicios públicos, incluyendo los aeropuertos, y la explotación minera y la de hidrocarburos sean de los colombianos y manejadas por el propio Estado;
  1. Sueño con una paz que conduzca a la expedición de políticas y acciones públicas, orientadas siempre a una protección social cierta y efectiva y brinde respuestas a todos los niveles de vulnerabilidad, riesgos y privaciones, vinculados al desempleo, la miseria, la enfermedad, la maternidad, la crianza de los hijos, las discapacidades, el envejecimiento y muchas privaciones;
  2. Por una reforma del sistema financiero que limite sus exageradas utilidades, y se establezca una banca nacional-estatal que beneficie a la industria y el desarrollo nacional;
  3. Una paz que evite que la deuda externa e interna del país continúe aumentando, para que se cancele con el fin de no seguir pagando altos intereses que solo enriquecen a los dueños del capital financiero;
  1. Por una defensa cierta y real de los derechos digna de la mujer;por una justicia que no haga distinciones y no vacile en castigar a los poderosos;
  1. Por una atención efectiva a las minorías étnicas, religiosas, sociales y sexuales y para que nunca más muera un niño, una mujer embarazada o persona alguna de desnutrición o por falta de atención médica; para que no se les entregue un solo peso más a los insensibles dueños de las EPS y de otras instituciones prestadoras de servicios y para que nunca más muera una persona en las puertas de las EPS;

 

  1. Por una distribución equitativa de la riqueza y del ingreso nacional; por un control efectivo y real sobre el capital financiero y de todas las operaciones bursátiles y financieras, y por un castigo ejemplar a los especuladores financieros y los acaparadores de los productos de la canasta familiar;
  1. Por un proceso de paz que pase por la eliminación real de la pobreza y por un sistema de justicia que persiga y castigue la corrupción de las capas y los grupos privilegiados, del Congreso y de otros sectores contaminados de la sociedad;
  1. Una paz que pase por eliminar la permanencia vitalicia de los congresistas y por una verdadera y efectiva reforma electoral;
  1. Por unas reestructuración de las fuerzas armadas y de la doctrina militar vigente que conduzca a la desmilitarización del Estado y a la reducción de las fuerzas armadas;
  2. Por el desarrollo de una agricultura autónoma y productiva que brinde una alimentación soberana y resguarde los derechos de los campesinos,
  1. Una paz que brinde mecanismos para recuperar las playas, las islas, las empresas y los territorios entregados a particulares;
  1. Por un salario justo que brinde seguridad;
  1. En fin, una paz evidente que pase y llegue a la cotidianidad de cada casa, de cada rincón del país y que cobije a todos los colombianos con el manto de una verdadera justicia social.

Leonardo Gutiérrez Berdejo, 2014.

Economista de la Universidad Central

Enero de 2014

 

Presagios

Fragmentos de mi novela La Cumbre y el círculo del fuego


Pareciera, como sí las señales o mensajes que enviaban los objetos de clarividencia, las cubriera una espesa humareda que impedía interpretarlos. Así pasaba también con el conoci-miento que extraía del propio Codex-Benítez, los cuadernos empleados en sus predicciones: se mostraba borroso y nublado. A lo mejor, quizá, el dios de la violencia y de la corrupción, como lo afirmaban muchos, se había establecido en Gambote e impedía que cualquier men-saje emanado de los objetos pudiesen ser escuchados, vistos u olfateados.

A decir verdad, Granciano no creía que, ese tal dios, por más poderes sobrenaturales que tuviera, había llegado a Gambote y hasta la propia puerta de El Castillo, su casa. ¿Un dios visitando su casa? Se negaba creerlo.

Por una razón u otra, Granciano no se percataba o no quería creer que Gambote había cambiado. Lo sabría años después del asesinato de Rosendo Brochero, la noche en la que su propio padre Benancio fuera atacado por unos delincuentes que querían obligarlo a que les vendiera El Castillo, la casa en la que él, sus padres y todas las anteriores generaciones de los Benítez habían vivido, desde que Ramabén Benítez, el primer Benítez que pisó este lu-gar, la construyó.

Hasta segundos antes de que su padre Benancio fuera acuchillado, Granciano Benítez todavía se negaba aceptar que ese dios violento y corrupto, del que se hablaba, se había tomado Gambote. No imaginaba que el pueblo en el que había nacido y crecido fuera otro.

Esa noche, cerca de las nueve, con la ayuda de su madre, Fidencia Concepción, después de levantar a su padre Benancio que yacía tendido, malherido, en el piso, al frente de su casa, El Castillo, y curarle las heridas que le produjeron unos desconocidos, Granciano, pensativo e incrédulo, se retiró a descansar. Hubiera deseado, como después se lo dijera a la policía, perseguir a los violentos que habían ultimado a su padre, pero una borrasca huracanada que llegó de repente y amenazaba con tumbar todo lo que encontrara a su paso, se lo impidió.

Sumergido como estaba en la lectura del Codex-Benítez, y en las prácticas de la clarividen-cia, que no le querían funcionar, Granciano vivía convencido de que más allá de las cuatro paredes en las que permanecía absorto, todo seguía igual a como lo había conocido. A los ojos de cualquiera, parecía que a Granciano le interesara poco lo que pasara fuera de su es-trecho mundo. Pero, en realidad, no era así.

De que la violencia había llegado hasta las propias puertas de Gambote, Granciano lo igno-raba o no quería creerlo. Tal vez, pudo haberse convencido el día en que Rosendo Brochero, padre de la maestra Rosario Brochero, fuera asesinado por el coronel Rito Santoro, hombre de confianza del Encomendador, suprema autoridad en el extenso territorio donde se en-cuentra Gambote, pero en ese entonces lejos estaba de aceptarlo.

La muerte de Rosendo ocurrió en pleno velorio de Porfirio Valle. Porfirio, era el héroe mi-nero que evitó que este pueblo desapareciera por cuenta de una crecida gigantesca del Río Grande, el límite de Gambote por el costado oriental, tres días antes que una bala perdida acabara con su vida. También había sido el líder minero amigo de Rosario Brochero, la única hija de Rosendo, y el mismo que organizó la marcha para pedir que los beneficios de la Mi-na fueran para todos, no sólo para un grupo.

Para que Granciano, por fin, se convenciera de que las cosas en Gambote ya no eran iguales a como él las había conocido tiempo atrás, pasaría un tiempo más. Sucedió, cuando su ma-dre Fidencia Concepción fuera también mortalmente herida por un delincuente que penetró en el Salón de Clarividencia en El Castillo para robarse el péndulo ojo de tigre, que Rama-bén Benítez, a su vez, había robado y traído de Egipto. Para entonces, la realidad de la vio-lencia ya había pisado sus talones. Tan real como que él, Granciano Benítez, clarividente de nacimiento y de profesión, era hijo de Fidencia Concepción y de Benancio Benítez.

Un tiempo más tendría que pasar, todavía, para descubrir que lo sucedido al padre de Rosa-rio Brochero, al líder minero Porfirio, a su padre Benancio y a Fidencia Concepción, su madre, eran parte de un siniestro plan preparado por el propio Encomendador, la Sombra, el alcalde Pasmenio y por Ismael Almagro, el hombre clave del poderoso Midas Soro. Llega-ría a descubrir que estos actos, en apariencia aislados, iban más allá de ser unos simples he-chos de inseguridad o de la violencia que se vivía en Gambote, como lo afirmaba el alcalde Pasmenio.

Lo que ocurría, rebasaba la detestable historia de que Pasmenio Andrés Del Corral, sólo por el simple deseo de poseerla, consiguiera de manera fraudulenta, la propiedad de la Mina que en vida perteneciera a Rosendo Brochero. Lo que sucedía, iba más allá de la aparente acti-tud inocente y caprichosa del propio Pasmenio de pretender El Castillo, la casa en la que sus padres, sus abuelos, sus tatarabuelos y todos los otros antecesores de los Benítez y él mis-mo, por siempre, han vivido.

Esa nefasta noche por nada del mundo la ha podido olvidar. Después de lo sucedido a su padre y de tirarse sobre la cama a descansar, se tendió boca arriba y, por un instante, pensó en lo ocurrido. Se preguntó sobre quién o quiénes pudieran haberlo lastimado de esa manera brutal y por qué. La última campanada, de once que dio el reloj, apenas la escuchó. Escasos tres minutos habían transcurrido, cuando percibió la cercanía de las tres figuras que durante el sueño vienen a acosarlo.

La Cumbre y el círculo del fuego

(Fragmentos)

Presagios

La noche en que Granciano reemplazó a su padre Benancio en la tarea de escribir en el últi-mo de los cuadernos del Codex-Benítez, no pudo conciliar el sueño un minuto más. Esa noche, igual que en las anteriores, había tenido la misma pesadilla: tres figuras terroríficas, dos vestidas de negro y una de rojo, enmascaradas, con espadas y tridente en las manos, venían contra él amenazándolo de muerte.

Desde lo más oscuro de una profunda cueva socavada entre los cimientos de un elevado edificio, que parecía ser el de la Cumbre, las figuras emergían como espectros agresivos. Vociferaban maldiciones, escupían blasfemias. Era medianoche y el primer canto de los ga-llos en Gambote ya se había dado.

Las pesadillas, las acrobáticas convulsiones, el constante trajinar del ojo derecho y los acu-ciantes zumbidos en el oído izquierdo, así como otros achaques que lo martirizaban sin des-canso, eran la clara señal, el aviso oportuno de que algo, en algún instante, pasó, estaba pa-sando o iba pasar aquí en Gambote o en otro lugar del país o del mundo.

Pudo Granciano haber augurado tantas cosas sin importar lo difíciles que fueran. Tanto el robó del péndulo ojo de tigre, como el asesinato en El Cairo de Tarik El Sayed Kun, el clarividente egipcio que le enseñó interpretar los mensajes del péndulo habrían podido ser vaticinadas. El estallido de un avión en pleno vuelo y la bomba que destruyó el edificio de los encargados de velar por la seguridad, ocurridos cerca y en la capital del país, también pudieron ser adivinados. Quizá, el robo que ocurrió en el almacén de tela del rabino Elías David Musa, recién llegado a Gambote, y hasta la propia muerte por sobredosis de su amigo Mike Carter las hubiera también augurado. Pero no fue así.

Para quien, como Granciano Benítez, no ha hecho otra cosa más en su vida, que presumir de augurar, vaticinar o predecir, estos hechos eran, presuntamente, predecibles. Con seguri-dad, otros fenómenos más que ocurrieron, que estaban ocurriendo y que ocurrirían en Gam-bote, habrían podido ser avizorados con los más mínimos detalles y con antelación. Pero, no lo hizo.

La causa de esta desgracia bien podría haber sido porque los instrumentos que empleaba a diario en la clarividencia estuviesen dañados. También podría haber sucedido que, por las pesadillas de las que sufría, no los ensayaba con frecuencia, como debía hacerlo, antes de usarlos o por cualquier otra causa.

Pero Granciano era un hombre de cuidados. Sabía cuidar lo suyo. Así que el péndulo ojo de tigre, las cartas de Zander, la baraja española, la bola de cristal, el dominó astrológico, el maletín del profesor Abraham Van Helsing, arma eficaz para adivinar ataques de vampiros, funcionaban correctamente. Además, el canto del gallo anunciando los mensajes alectomán-ticos, era exacto. Tan exacto, que media Gambote creía y se guiaba por él.

Hasta la ventana corrediza, abierta en el techo del Salón de clarividencia, empleada en las consultar realizadas al firmamento y el Codex- Benítez, los cuadernos, fuente suprema del saber en la que los Benítez han plasmado lo que ha de saberse sobre Gambote y sobre todo lo existente e imaginable, además de la adivinación, estaban funcionando bien.

Nada anunciaba, pues, que pudiera existir algo real o sobrenatural que interfiriera la interpre-tación de los mensajes, a menos que existiera otra razón desconocida sin identificar.