Invitación a la presentación del libro “La danza de la lechuza”

El próximo jueves de mayo a las 6.00 p.m. en el Café Espresso Macondo se hará la presentación del libro La danza de la lechuza. Doce cuentos y una fábula.

A2013-07-14 15.07.29

Estos cuentos están inmersos en lo ficcional. Son cuentos dispersos en el tiempo y en la temática, aunque los personajes y los escenarios también lo están. Algunos relatos buscan dar cuenta del estado anímico y de los presagios que en ocasiones acosan a los seres humanos; otros tratan sobre la indiferencia social y lo fatal que resulta olvidar la historia.

Autor: Leonardo Gutiérrez Berdejo

Dirección: Calle 53 No. 6-11 (Calle 53 Cra. 7a. Esquina sur oriental)

 

La palabra

La palabra

Leonardo Gutiérrez Berdejo

La palabra: verbo, parábola, sonido, voz; escritura, sermón, imagen, sonido.

Expresión imponente, referente obligado, significado abierto, códice sin barreras, segmento limitado…Sustantivo, adjetivo, acción, determinante, conjunción, adverbio, preposición, pronombre, conector. ¡Que importa!

Palabra, word, mot, parole, wort, parola, palavra, slowo, termo…Ella, la palabra, articula y conecta…Destella, cautiva, refleja, visibiliza, esconde, resalta, irradia. Es comienzo y fin.

Hay momentos en que la palabra es emoción, injuria, sortilegio, encantamiento, conjuro, exorcismo, hechizo, magia. A ratos se muestra despiadada y rebelde. En respuesta, se le ve imprecando, requiriendo, rogando…Atrae, sojuzga y aprisiona. Descubre y libera…Es llanto, risa; alegría, dolor.

Es averno o cielo; maldición o bendición; hielo o brasa…Abyección o nobleza, dulce o hiel…Saña o dulzura… Sarcasmo o amabilidad, sátira o elogio… Ansiedad, sosiego.

Frío o calor, nieve o infierno, tragedia o quietud, llanto o alegría.

Es lumbre, llama, hoguera, hogar, pasión, fuego que quema, ímpetu que arrasa, vivacidad atrayente, manantial que surte…Indiferencia y apatía, desdén y olvido.

En boca del mentiroso, se torna mentira; del corrupto, corrupción; del doctrinero, doctrina; del pervertido, perversión; del esclavista, prisión y del poeta, lírica, seducción. La palabra del sabio, enseña; la del necio, confunde.  Afirman algunos que en boca de Dios, es verdad, en la del diablo, mentira.

En el impotente, suele ser burla; en el envidioso, sarcasmo, sátira

Catequiza, adoctrina, sujeta, y amansa, en boca del conquistador. Es lamento, dolor, rabia o perdón, en boca del esclavo.

Es grosera o culta. Expresa emoción, llanto, risa, alegría, tristeza, virtud, pecado…Unas veces, nos hace soñar, reír, soltar carcajadas; otras, nos hace llorar y entristecer y, no pocas, nos llenan de ilusión o martirio.

Nos lleva a dudar y también a pecar… Santifica o endiosa…Conduce y transporta. Avanza o se detiene.

Se yergue o envanece; Es soberbia o humilde; Perversa o casta.

Vive con el tiempo, muere con él y en él. Es de ayer, de hoy, de siempre, se transforma y adapta.

Esa diminuta imagen, que a ratos se muestra extraña y escurridiza, también es sueño y realidad, a la vez… Asombra y maravilla. Mundos, espacios lejanos son conocidos gracias a su don. Realidades ciertas u ocultas saltan a la vista por el poder que encierra y ostenta…Exalta o brilla, disocia o une, obsequia o quita, abre o cierra mundos…Es luz, brillo o resplandor, también sombra u oscuridad.

Virtudes que ennoblecen los espíritus se acercan a nosotros como por arte de magia, gracias al imán de la palabra. Por ese mismo poder, sentimientos ocultos que pervierten y escandalizan, nuestras mentes y cuerpos se sumergen en los peores abismos. Ese es su don.

Es la fuerza de la palabra la que nos levanta, aviva y fortalece; también la que nos sepulta o envilece…Es poder que encierra y catapulta…Es gracia, donaire, pasión, simpatía, sensaciones que transportan o te sumergen. .

Ese minúsculo signo o extraña imagen nos conduce a la destrucción, a los sueños, a los encantos, al amor, al odio y en muchas ocasiones a la propia muerte…Te resucita.

Con ella: curiosidad e intriga, miedo o valor, pasión o dolor, vida o muerte, toman sentido en lo que pretende la mano o la boca del autor. No hay imposibles, no hay techos, el infinito es la frontera.

La palabra habla y las hay buenas y malas; bondadosas y siniestras…Reservadas y discretas, disimuladas, cautelosas y silenciosas. También prudentes, recelosas, secretas y privadas. Otras, por el contrario, son abiertas y expansivas como el viento. No menos, las encontramos cáusticas y agresivas.

Las hay de acción y de calma, derivadas, extensas y cortas, brillantes, acosadoras, viajeras, negras, blancas, macilentas, las que llegan o se van, perezosas o activas…Articula e integra, disocia o separa, juega, entretiene, enamora, trabaja o se lamenta.

A veces es siniestra, catastrófica, desastrosa, calamitosa; en otras ocasiones, es bonanza, suerte…Funesta, desgraciada, aterradora, espantosa, horrible, lúgubre, trágica, espeluznante, tétrica…Buena, coqueta, simpática, izquierda, zurda, derecha, diestra.

La palabra se asocia, se articula con otra y otras más, hasta formar el laberinto del lenguaje por el que transita la vida misma del hombre, su identidad y su accionar comunicativo. Llega, luego, a manos de quien imagina cosas y aspira a crear, comunicar ideas, pensamientos, emociones, deseos, apetencias, caprichos o voluntades y para eso recurre a la palabra manuscrita o impresa. Es lo humano: imaginar mundos, crear situaciones y plasmarlas de manera coordinada para darlas a conocer. Lenguaje y hombre, hombre y lenguaje, enfrentados el uno al otro; amacizados en uno.

Cada autor es único, amo y señor de su obra… Cada autor es un artesano que labra, un arquitecto que diseña, un artista que moldea… Cada proceso, es particular, diferente. Está hecho para ser único e irrepetible. La escritura creativa es exigente, esclavizante, trasnochadora, perversa, morbosamente paciente y solitaria. Precisa de la técnica, de herramientas, de la capacidad del autor para unirla, integrarla, obviarla y romper moldes, hacerla diferente a cualquier otra.

Cada autor aspira a crear con la palabra una obra perfectamente escrita, sueña con la armonía, la sonoridad y la musicalidad que brindan las palabras al fundirse y acrisolarse en un manto grato a los sentidos. Sueña con que lo suyo sea una obra de arte. Es lo difícil. La literatura clásica, ejemplar, maravillosa, es fruto del conocimiento, de la técnica, del valor y de la superación. También de la constancia y del esfuerzo, de la tenacidad y del coraje. Jamás sobrará un poco de inspiración.

La obra enraizada en estos elementos, en esta vorágine de exigencias y esfuerzos, alcanzará de alguna manera ciertos méritos y resultará aceptada, al menos para su propio autor. Sin más ayuda, se defenderá por sí misma. La obra hablará de sí misma, contará su historia, revelará su estructura, sí la tiene, y nos mostrará, al desnudo, sus debilidades o suficiencias. Logrado esto, la palabra, satisfecha, hablará del autor y habrá cumplido otra de sus cualidades: la de engrandecer o envilecer; la de honrar o fulminar, la de resaltar o hundir.

 

Alucinación

Alucinación

A la memoria de Yuliana Samboni

Leonardo Gutiérrez Berdejo

Desde lo alto del barrio, a tres escasos metros de su casa, construida con deshechos de cartones y láminas de cinc, el niño suelta una vez más la pelota y celebra a carcajadas las cabriolas ondulantes al deslizarse calle abajo. Amenaza con golpear los fulgurantes techos de los elevados edificios. Espera se la rescate su hermana. La niña, sumisa a sus deseos, corre por el frío pavimento detrás de la esquiva saltarina. Es apenas un par de años mayor, viste un raído trajecito de inocente rojo, cargado de pereza para cubrir sus piernas delgadas. Confía alcanzar la pelota.

El viento frio del bosque arremete contra el cartón y el cinc de la casa. Se incrusta desafiante en la helada falda de la montaña, al lado de un arroyuelo salpicado de musgos envejecidos. Elevados pinos se doblan al compás del viento y amenazan con caer sobre la casa.

El roto de un cartón, figurando taponar el frente de la choza, ha diseñado un hueco. Semeja una ventana arisca y da paso a una mirada incierta. Es de la madre. De sus labios, quebrados por el frío, brota una sonrisa: celebran el juego de los niños. Mirada y sonrisa empapan la alegría desplegada, no advierten el peligro acechante confundido en la calle cómplice. Desliza su vista hacia los agresivos edificios. Estos buscan emparejarse con la montaña, rosar las nubes, alejarse del grosero tugurio vecinal. Enloquecen por elevarse más.

 

La memoria de la madre reproduce con nostálgica languidez la quietud ida del bosque selvático y la infaltable sonoridad allende de los silencios mañaneros. Las repetidas historias de heroicas luchas sostenidas contra el salvaje invasor están presente. Llora la selva y el río, llora el bosque, trinan las aves, alejados de los recuerdos marchitos. Añora volver.

La imagen seductora de la ciudad, promesa decadente de un futuro alucinante, se desliza, mentirosa e infame, subyuga sentidos, aprisiona pensamientos. La frágil memoria, esquiva cualquier prevención. El espejismo alucinante de los sueños reta los recuerdos marchitos y el cantar del bosque.

Todo se troca: La risa del niño es eco, lejano y triste del canto sonoro de aves; la urgencia de un exigente “hoy” oculta las heroicas historias de unos ayeres sumidos en la frondosidad de mitos y leyendas; la geografía del campo húmedo se convierte en milimétrica arquitectura de la infame ciudad; los ríos son pavimentos rasgados por el raudo crujir de motores invasores; el aire, smog; los árboles semejan torres aceradas hiriendo el viento.

Las hojas de los árboles se transforman en vidrios multicolores. Iluminan secretos.

Miradas afiladas cual grafito de lápices trazadores de líneas arquitectónicas acechan, escrutan. La maldad ronda en la calle cómplice al lado de un abultado deseo. El inocente rojo del trajecito raído de la niña se ha perdido en los pliegue de la complicidad.

Manos lujuriosas, untadas de caducos modales, se mueven sedientas; acechan el momento.

El mástil fálico se yergue airoso en los pliegues extendidos del deseo, la tortura y el dolor.

Señales untadas de perversa seducción, atrapan la mirada ingenua; el trajecito de inocente rojo va con ella. Lágrimas inútiles empapan la mano asesina.

La ventana de cartón envejecido se ha cerrado.

Las carcajadas festivas de las cabriolas de la esfera saltarina se pierden en la distancia.

El colectivo del horror diseña lujurias, alinea obscenidades, traza perversidades, desmadejan el horror de las pasiones y acalla gemidos brotados de los pliegues del trajecito de inocente rojo;

Los meticulosos diseños del placer se placen en trances lujuriosos.

Las cabriolas de la perversidad reemplazan los juguetones saltos de la esfera en su carrera cuesta abajo; sorbos lascivos se mezclan entre la lujuria enloquecida del colectivo ensadizado.

La incauta virginidad sufre el rito del martirio en el lujoso pedestal de una hermandad sodomizada;

El triángulo de la lujuria desenfrenada muestra su fatídico poder a la infausta y lánguida vagina;

Clama el dolor de la impotencia y del rojo rasgado por manos sodomizadas;

Cada herida acrecienta el deseo del grupo.

Sade se agiganta, bulle la pasión.

El rojo del dolor se confunde con el rojo ultrajado del trajecito.

La infamia grupal se torna en un colectivo lujurioso de tortura y llanto, de placer y lágrimas.

La hermandad del horror se trenza en una danza primaveral sedienta de sangre virgen;

Cada uno aguarda la ocasión, su momento.

Los juglares entonan cantos tristes a la perversión. El pecado no es.

La sangre derramada rellena vasos de lujuria y enjuaga lágrimas cargadas de espanto.

Alucinan los dioses del placer y del dolor en medio del desorden de los trazados exigentes de la ciudad.

Unas manos separan las piernas inermes y ultrajadas de la niña. Hilos de sangre la surcan por doquier. La falsa imagen del placer endiosado se exacerba.

El trío horrendo enseñorea su mirada, lasciva y penetrante, frente a la apenas naciente e inerme hendidura. Sangrante, arroja clamores, clama piedad. Los latidos de la inocencia se apagan, pero el misterioso cauce de la vida sigue oculto. Los incautos gemidos brotados en la elevada soledad de la arquitectura y en el altar del dolor lastimero se apagan; las sendas de la esperanza se ahogan; la fragancia de la inocencia se pierdes en las luces de la infamia.

El día ha sido largo. La embriaguez alucinante se adormece, pero la hermandad guerrera del placer y el dolor, de la tortura y el miedo, trazan y apremian otros, nuevos, embates. Viven.

A lo lejos, al sur del oeste, donde las elevadas montañas observan desdeñosas el bosque aprisionado, las orquídeas del silencio invaden los montes y los árboles rugientes abrigan generosas historias. El rio, altanero y voraz, sigue su curso y apaga la sed del caminante y los gritos de clemencia brotados en la escondida profundidad de la selva.

Las hierbas del campo se humedecen con el lamento del bosque. Voces de horror y miedo invaden los cantos de los manantiales. Los pequeños lloran. Alucinan los mitos. Los viejos añoran el regreso de la vida. Son esperas largas.

Camilo José Cela y su obra: Viaje a la Alcarria:

Camilo José Cela y su obra: Viaje a la Alcarria: El libro

Nacido en Iria Flavia, A Coruña, en 1916, es uno de los principales narradores del siglo XX y Premio Nobel de Literatura en 1989. Comenzó su carrera literaria desde muy temprano. Combatió en la Guerra Civil en el bando sublevado, si bien después se fue alejando del franquismo. Sus primeras publicaciones pertenecen al género de la poesía, pero no tardó en encontrar en la novela su verdadera expresión. Ha cultivado también con sobresaliente acierto, libros de viajes y como estudioso se ha ocupado de tratar el exotismo. Vivió en Madrid hasta 1956, fecha en la que se trasladó a Mallorca. Allí fundó y dirigió la revista literaria Papeles de Son Armadans. En los ochenta se instaló en Guadalajara. Formó parte, como senador designado por el rey, de la primera legislatura democrática de las Cortes españolas (1977-1978). Miembro de la Real Academia Española desde 1956, en 1995 obtuvo el Premio Cervantes algo que resultó irónico al propio Cela por haber recibido antes el premio de “más prestigio” y luego el de “grado inferior”.

La literatura de Cela y el mundo que en ella se manifiesta caen dentro del ámbito de la estética expresionista. Atento a la realidad, el escritor la ve a través de una concepción exigente de la lengua y de la forma. A través de su actividad académica ha incorporado o restituido al diccionario y al uso literario no pocas palabras olvidadas o proscritas, muchas de ellas incluidas en VIAJE A LA ALCARRIA, que sale de la imprenta el 9 de marzo de 1948. Para entonces, el autor ya es popular porque desde hace seis años por su novela La Familia de Pascual Duarte que escandaliza a los españoles. También ha publicado Pabellón de Reposo, las Nuevas andanzas y desventuras de Lazarillo de Tormes, El bonito crimen del carabinero y un libro de versos y otro de cuentos. Y hasta ha tenido la audacia de exponer sus pinturas en Madrid.

El famoso relato de Camilo José Cela, es una obra consagrada de la literatura española que, dentro de una aparente simplicidad, encierra una gran sabiduría formal. La sencillez de VIAJE A LA ALCARRIA es resultado de un difícil ejercicio de depuración formal y su amenidad es el acceso a un mundo de gran hondura lírica. La pureza de empleo del idioma, lo ha convertido en libro de texto en muchas universidades extranjeras y no sólo ha servido para el estudio del idioma castellano sino también de la fisonomía de la España rural de la posguerra. La narración en tercera persona diferencia a este texto del tono tradicional de los relatos de viajes, en que siempre habla el protagonista.

Una indagación que pretenda no dejar desperdicio, encontrará que el VIAJE A LA ALCARRIA es una novela de aventuras. Al menos, rastreará en sus páginas los dos elementos más característicos de ellas: el exotismo y el riesgo. Nada más singular que el escenario primitivo por donde transcurre el relato y en donde el viajero encuentra las situaciones más comprometidas. Pasa hambre en el camino, duerme al raso, desciende con peligro de deslomarse por el barranco de Trascastillo en Durón, es atacado en Tendilla por perros y gansos, sube a Casasana por vericuetos ásperos, en la senda por las Tetas de Viana encuentra los vestigios de un crimen, sufre prisión en Budia, le echan de Pareja a las voces de “Usted coge su morral y se va. ¡Como hay Dios..!” Nuestro aventurero también irá registrando con su corazón el hallazgo de mozas, criadas y señoritas que aparecen en su camino por la Alcarria.

De la lectura del libro VIAJE A LA ALCARRIA, se desprende que el viajero hizo el viaje a pie y en solitario, pero la confrontación con las notas de su cuaderno de viaje obliga a matizar estos dos supuestos. Cela tuvo la compañía intermitente de una pareja de fotógrafos austríacos -Karl Wlasak y Conchita Stichaner- que se encargaron de hacer las fotografías que ilustran la edición príncipe. En la primera y tercera parte de sus viajes, es decir, la correspondiente a Guadalajara, Taracena, Torija, hasta Brihuega, y desde La Puerta, Budia, El Olivar a Durón, Cela fue en solitario.

Diciembre 31

Cuento

Diciembre 31

Leonardo Gutiérrez Berdejo

Sucedió en medio del descanso permanente. Fue algo repentino, como suceden las cosas en este apartado silente. En este diciembre 31, de nuevo dejaría desbordar su buen ánimo y se contagiaría del espíritu de la celebración como lo había hecho en los años anteriores, desde cuando la razón apuntaba certera al regodeo de los placeres de los primeros festejos.

Como en anteriores celebraciones, en esta fecha, desde el amanecer, escucharía los sones bullangueros alusivos, los animados vítores y las consejas y agüeros de todo tipo anunciados para la espera de la hora decisiva en la que las tres saetas del reloj se alinearan coquetas y delirantes al señalar las 12 en punto, instante este en el que se enterraría el viejo año y se iniciaría el nuevo.

Alistaría la ropa, los zapatos y se pertrecharía de toda clase de bebidas y alimentos con los que arreglaría la mesa alrededor de la cual se sentaría acompañado de sus hijos, nietos, nueras, hermanos y amigos, para esperar el estruendoso momento en el que, uno a uno, o todos juntos, de una sola vez, nos trenzaríamos en un sólo abrazo y nos estamparíamos vivaces y sonoros besos, en un ritual de mutuos y abundantes deseos para el nuevo año que vendría. Cada detalle estaba previsto con la estricta meticulosidad que merecía el asunto. Hasta media docena de velas, un poco resecas por el tiempo y el sol, rescataría de los alrededores para adornar la mesa.

Dispondría su ánimo para escuchar de boca de sus vecinos todas las cosas que dirían sobre lo que prepararían para celebrar el esperado suceso. Unos dirían haber engordado un pavo; otros, varias gallinas y no pocos, un marrano para la obligada cena de fin de año. Las recetas culinarias se intercambiarían y él las guardaría en su memoria, como lo había hecho en otros años. No pocos comentarían que este acontecimiento lo venían celebrando desde hacía varias o muchas generaciones, siempre con la idea de desearse y esperar para los otros, en medio de la cena, lo mejor para los días que se avecinaban. Disfrutaba de estos decires.

Recordó haber despachado tiempo atrás el saludo de navidad y año nuevo, impregnado de una viva esperanza por mejores días, a sus tres hijos, a los ocho hermanos, a innumerables amigos, a un par de compañeros y a otros tantos que no le venían a la mente. Quizá les habría aconsejado a todos olvidar los días que no llenaron las expectativas esperadas en el anterior 31 de diciembre. Tal vez, resaltó con vehemencia la invitación a que lo acompañaran. Se vio, entonces, rodeado de todos ellos y dispuestos a disfrutar este especial momento a su lado.

El rito sería igual, y los deseos los mismos, pero los recuerdos, como en otros años, correrían presurosos a su mente desde el amanecer para indicarle cada detalle a tener en cuenta en este nuevo treinta y uno de diciembre que no deseaba pasar otra vez inmerso en la resignada soledad y en el silencio hostil que lo devoraba. Abrazaría con fuerza todo aquello que, desde niño, en su pequeño pueblo, había aprendido de sus padres, abuelos, tíos y amigos. También, de otros familiares y de gente cercana. Repasaría cada pasaje de su extenso repertorio hagiográfico.

Desenterró de su lúgubre memoria algunas cosas y melancólico se dijo: “Todo, entonces, se reducía a escoger el lugar de reunión y a esperar la hora cumbre, sentado en la puerta de la casa, degustando golosinas, mientras que manos expertas se encargaban de preparar la cena que por lo general era un pavo asado repleto de ciruelas y verduras.  Se repetía, una y muchas veces, la canción ˂faltan 5 pa´las 12˃ hasta cuando ya, verdaderamente, faltaban esos minutos y, como en un ritual sacrosanto, todos nos levantábamos de nuestros asientos, brindábamos, sonreíamos y nos ofrecíamos partes de la cena. Al llegar el último minuto de ese tan esperado día, empezábamos en coro a contar, uno a uno, los segundos faltantes: 59, 58, 57… hasta llegar al instante en el que las tres manecillas del reloj se alineaban frenéticas sobre el sosegado 12. En ese instante, todos los objetos, sustancias y oraciones secretas, útiles para reforzar los agüeros y las creencias de todo tipo, estaban listos: maletas, lentejas, monedas de a centavo, uvas verdes en la mesa, interiores amarillos, incienso, los riegos y muchos otras cosas más se sumaban al esperado nuevo año. Todo esto en medio de un familiar barullo y de una limpieza deslumbrante de la casa por el aseo realizado”.

Exhumó de la memoria el instante aquel en el que se escuchaba, al término de los últimos cuatro minutos y el comienzo del  último,  el coro uniforme del conteo final  de los segundos  y de cómo, al tiempo, la casa se iba llenando de decenas de personas, unas conocidas  y otras no tanto pero, todas  efusivas, y, en un solo abrazo, se confundían dando a conocer sus buenas intenciones con amistosas palabras, mientras que  otros dejaban escurrir alguna que otra lágrima, sin poder impedir la señal de una sensible nostalgia por lo que se dejaba atrás o por lo que llegaría en el transcurso de los nuevos días, semanas o meses. Nadie sabía. Lo cierto es que el primer saludo era para los padres, luego para la esposa o el esposo y, en tercer lugar, los hijos. Luego, en su orden, los hermanos, primos, sobrinos y, finalmente, todos los demás. El orden podía varia.

El caso era que todavía al amanecer, la totalidad del barrio o del pueblo ya se había saludado y si alguien, por alguna razón, había escapado al saludo, la visita o el encuentro en la calle del otro día, primero de enero del nuevo año, era un acto obligado para resolver la omisión, sentida o no, de la noche anterior y, así, de este modo, cumplir el rito de los deseos.  Nunca se vio una puerta cerrada. Después de esto, comenzaba el baile que se extendía hasta el amanecer.

Fue así como en uno de esos diciembres conocería a la más hermosa de las mujeres, la de las mejillas encendidas, tímida sonrisa y cabellera ensortijada con los rubores del trigo, a la que siendo niña aún, haría su novia. Tiempo después, sería su esposa y tendría con ella los tres hijos que, en esta fecha, esperaría, entusiasta y alegre, para celebrar como cuando con ellos vivía.

El cambio de ciudad, lo hizo adoptar otra manera de celebrar. Festejar a puerta cerrada esta y otras festividades, se hizo común. Se redujo el espacio y el número de personas. También los saludos, el horario y las amistades. Se limitaron las viandas y, sin darse cuenta, también los modales cambiaron: De lo efusivo y alborozado, se pasó a lo parco y a lo menos alegre y abierto. Eran otros tiempos. Todo, ahora, era más silencioso. Sin embargo, los recuerdos de todos los amigos de infancia y de la juventud seguían vivos, así como también los amaneceres, los ocasos y las leyendas de cada 31.

Este 31 de diciembre, como en todos los años anteriores, reviviría todos esos momentos y de nuevo la mesa luciría repleta de comida, de licores y de todo tipo de frutas y golosinas. Asearía lo que, ahora, era su casa, la aromatizaría y la llenaría de buena música, se olvidaría de todos los contratiempos,  se pondría el mejor de sus vestidos, calzaría zapatos nuevos y practicaría nuevos pases de bailes y, como nunca, se permitiría un poco más de iluminación  y se sentaría a recibirlos.

Llegado el momento, cuando las tres incansables saetas se unen sobre el sosegado 12, nadie ha llegado. No están sus hijos, ni sus hermanos, tampoco sus amigos ni los compañeros.  Mira la mesa y a unos desconocidos que, como fantasmas alocados, danzan a su alrededor. Otra vez, el silencio y la soledad infinita lo invade todo por completo. Cierra la puerta, corta el paso a la música y a la iluminación y continúa con su descanso por siempre, Igual que en otros tiempos. .

10 pasos para armar una calumnia

Consejos no aconsejables

10 pasos para armar una calumnia

Leonardo Gutiérrez Berdejo

Paso 1. El paso previo de toda buena calumnia es crearse un enemigo. Sin un buen enemigo no hay calumnia ni envidia posible. Imagine, por ejemplo, que hay alguien que es mejor que usted o que le está haciendo sombra (esto no tiene que ser necesariamente cierto)

Paso 2. Ponga su mente en blanco y elimine o ennegrezca su conciencia cualquier acto de amistad o bondadoso. Enfóquese o centre bien todas sus energías en su envidia. ¡Anímela!

Paso 3. Alimente durante días o semanas su propósito. Fíjese en un “algo” que la persona o el enemigo seleccionado haya hecho o tenga, y de lo que usted carezca. No olvide que sin enemigo no hay calumnia, pero sin envidia, no habría motivo.

Paso 4. Practique hasta el cansancio hablar en dos tonos: uno, bien bajito, como sin intención alguna o como si no quisiera que le escucharan, y, otro, bien alto, con el claro propósito de que todos a su alrededor le oigan. El tono bajito le ayudara a comenzar la calumnia.

Paso 5. Prepare el camino inventando o repitiendo mentiras y actuando con alguna intención premeditada. Recuerde que la envidia es el paso previo y el sustento moral de una buena calumnia, pero la mentira y el dolo son sus mejores aliados y le dan la fortaleza necesaria para perdurar y extenderse. Nota: Es posible armar una calumnia sin la envidia, pero carecería de la fuerza necesaria para subsistir. No tendría arraigo.

Paso 6. Arme una historia a su alrededor. Por ejemplo, que pertenece a un partido político, a una cofradía o a un apostolado. También de que es un perseguido de lo que sea. De no poder conformar este grupo, intégrese a una congregación religiosa, a una asociación de ex(s) o, al menos, a un grupo en el que esté arraigado o en el que sea fácil inculcar el sentimiento de culpa o de persecución. Mejor sería el de persecución que el de culpa. Este último desvía los buenos propósitos que se quieren alcanzar con la calumnia.

Paso 7. Acostúmbrese a escuchar y a repetir –sin cuestionar- los chismes que a diario se repiten en las reuniones semanales de su partido político, en la cofradía o en la congregación a la que pertenece. Se recomienda hacer preguntas, pero siempre en tono bajo.

Paso 8. A estas alturas usted ya ha tenido que apropiarse de un sentimiento que haya calado fácilmente en algún grupo o entre la multitud. Por ejemplo; un sentimiento religioso, patrio, caritativo, devoto, deportivo, cabalístico, profesional, de defensa de los animales o de amor por la tierra. También puede ser de admiración de algún héroe lejano u olvidado.  Nota: Procure acercarse a toda persona lenguaraz, maldiciente o difamador. Serán sus mejores aliados para sus chistes, burlas y mentiras previas. La idea es llamar la atención y crear un ambiente favorable y animado a su alrededor.

Paso 9. Haga ejercicios diarios de comportarse como una “persona adolorida” o perseguida o como si estuviera enfermo o cuidándose de algo o alguien. Mejor sería si se las tira de enfermo. Esto le ayudará crear una atmósfera sana a su alrededor para comenzar a rodar la calumnia. Si desea lograr una mayor efectividad, conjúguela con el paso 6.

Paso 10.  ¡Lance al aire su calumnia! No fallará. No se arrepienta de nada, lo que importa es su ego, su propósito.

La palabra

Relato

La palabra

Leonardo Gutiérrez Berdejo

La palabra: verbo, parábola, sonido, voz; escritura, sermón, imagen, sonido.

Expresión imponente, referente obligado, significado abierto, códice sin barreras, segmento limitado…Sustantivo, adjetivo, acción, determinante, conjunción, adverbio, preposición, pronombre, conector. ¡Que importa!

Palabra, word, mot, parole, wort, parola, palavra, slowo, termo…Ella, la palabra, articula y conecta…Destella, cautiva, refleja, visibiliza, esconde, resalta, irradia. Es comienzo y fin.

Hay momentos en que la palabra es emoción, injuria, sortilegio, encantamiento, conjuro, exorcismo, hechizo, magia. A ratos se muestra despiadada y rebelde. En respuesta, se le ve imprecando, requiriendo, rogando…Atrae, sojuzga y aprisiona. Descubre y libera…Es llanto, risa; alegría, dolor.

Es averno o cielo; maldición o bendición; hielo o brasa…Abyección o nobleza, dulce o hiel…Saña o dulzura… Sarcasmo o amabilidad, sátira o elogio… Ansiedad o sosiego.

Frío o calor, nieve o infierno, tragedia o quietud, llanto o alegría.

Es lumbre, llama, hoguera, hogar, pasión, fuego que quema, ímpetu que arrasa, vivacidad atrayente, manantial que surte…Indiferencia y apatía, desdén y olvido.

En boca del mentiroso, se torna mentira; del corrupto, corrupción; del doctrinero, doctrina; del pervertido, perversión; del esclavista, prisión y del poeta, lírica, seducción. La palabra del sabio, enseña; la del necio, confunde.  En boca de Dios, es verdad. En la del diablo, mentira.

En el impotente, suele ser burla; en el envidioso, sarcasmo, sátira

Catequiza, adoctrina, sujeta, y amansa, en boca del conquistador. Es lamento, dolor, rabia o perdón, en boca del esclavo.

Es grosera o culta. Expresa emoción, llanto, risa, alegría, tristeza, virtud, pecado…Unas veces, nos hace soñar, reír, soltar carcajadas; otras, nos hace llorar y entristecer y, no pocas, nos llenan de ilusión o martirio.

Nos lleva a dudar y también a pecar… Santifica o endiosa…Conduce y transporta. Avanza o se detiene.

Se yergue o envanece; Es soberbia o humilde; Perversa o casta.

Vive con el tiempo, muere con él y en él. Es de ayer, de hoy, de siempre, se transforma y adapta.

Esa diminuta imagen, que a ratos se muestra extraña y escurridiza, también es sueño y realidad, a la vez… Asombra y maravilla. Mundos, espacios lejanos son conocidos gracias a su don. Realidades ciertas u ocultas saltan a la vista por el poder que encierra y ostenta…Exalta o brilla, disocia o une, obsequia o quita, abre o cierra mundos…Es luz, brillo o resplandor, también sombra u oscuridad.

Virtudes que ennoblecen los espíritus se acercan a nosotros como por arte de magia, gracias al imán de la palabra. Por ese mismo poder, sentimientos ocultos que pervierten y escandalizan, nuestras mentes y cuerpos se sumergen en los peores abismos. Ese es su don.

Es la fuerza de la palabra la que nos levanta, aviva y fortalece; también la que nos sepulta o envilece…Es poder que encierra y catapulta…Es gracia, donaire, pasión, simpatía, sensaciones que transportan o te sumergen. .

Ese minúsculo signo o extraña imagen nos conduce a la destrucción, a los sueños, a los encantos, al amor, al odio y en muchas ocasiones a la propia muerte…Te resucita.

Con ella: curiosidad e intriga, miedo o valor, pasión o dolor, vida o muerte, toman sentido en lo que pretende la mano o la boca del autor. No hay imposibles, no hay techos, el infinito es la frontera.

La palabra habla y las hay buenas y malas; bondadosas y siniestras…Reservadas y discretas, disimuladas, cautelosas y silenciosas. También prudentes, recelosas, secretas y privadas. Otras, por el contrario, son abiertas y expansivas como el viento. No menos, las encontramos cáusticas y agresivas.

Las hay de acción y de calma, derivadas, extensas y cortas, brillantes, acosadoras, viajeras, negras, blancas, macilentas, las que llegan o se van, perezosas o activas…Articula e integra, disocia o separa, juega, entretiene, enamora, trabaja o se lamenta.

A veces es siniestra, catastrófica, desastrosa, calamitosa, Otras, es bonanza, suerte…Funesta, desgraciada, aterradora, espantosa, horrible, lúgubre, trágica, espeluznante, tétrica…Buena, coqueta, simpática, izquierda, zurda, derecha, diestra.

La palabra se asocia, se articula con otra y otras más, hasta formar el laberinto del lenguaje por el que transita la vida misma del hombre, su identidad y su accionar comunicativo. Llega, luego, a manos de quien imagina cosas y aspira a crear, comunicar ideas, pensamientos, emociones, deseos, apetencias, caprichos o voluntades y para eso recurre a la palabra manuscrita o impresa. Es lo humano: imaginar mundos, crear situaciones y plasmarlas de manera coordinada para darlas a conocer. Lenguaje y hombre, hombre y lenguaje, enfrentados el uno al otro; amacizados en uno.

Cada autor es único, amo y señor de su obra… Cada autor es un artesano que labra, un arquitecto que diseña, un artista que moldea… Cada proceso, es particular, diferente. Está hecho para ser único e irrepetible. La escritura creativa es exigente, esclavizante, trasnochadora, perversa, morbosamente paciente y solitaria. Precisa de la técnica, de herramientas, de la capacidad del autor para unirla, integrarla, obviarla y romper moldes, hacerla diferente a cualquier otra.

Cada autor aspira a crear con la palabra una obra perfectamente escrita, sueña con la armonía, la sonoridad y la musicalidad que brindan las palabras al fundirse y acrisolarse en un manto grato a los sentidos. Sueña a que lo suyo sea una obra de arte. Es lo difícil. La literatura clásica, ejemplar, maravillosa, es fruto del conocimiento, de la técnica, del valor y de la superación. También de la constancia y del esfuerzo, de la tenacidad y del coraje. Jamás sobrará un poco de inspiración.

La obra enraizada en estos elementos, en esta vorágine de exigencias y esfuerzos, alcanzará de alguna manera ciertos méritos y resultará aceptada, al menos para su propio autor. Sin más ayuda, se defenderá por sí misma. La obra hablará de sí misma, contará su historia, revelará su estructura, sí la tiene, y nos mostrará, al desnudo, sus debilidades o suficiencias. Logrado esto, la palabra, satisfecha, hablará del autor y habrá cumplido otra de sus cualidades: la de engrandecer o envilecer; la de honrar o fulminar, la de resaltar o hundir.