La Cumbre y el círculo del fuego

(Fragmentos)

Presagios

La noche en que Granciano reemplazó a su padre Benancio en la tarea de escribir en el últi-mo de los cuadernos del Codex-Benítez, no pudo conciliar el sueño un minuto más. Esa noche, igual que en las anteriores, había tenido la misma pesadilla: tres figuras terroríficas, dos vestidas de negro y una de rojo, enmascaradas, con espadas y tridente en las manos, venían contra él amenazándolo de muerte.

Desde lo más oscuro de una profunda cueva socavada entre los cimientos de un elevado edificio, que parecía ser el de la Cumbre, las figuras emergían como espectros agresivos. Vociferaban maldiciones, escupían blasfemias. Era medianoche y el primer canto de los ga-llos en Gambote ya se había dado.

Las pesadillas, las acrobáticas convulsiones, el constante trajinar del ojo derecho y los acu-ciantes zumbidos en el oído izquierdo, así como otros achaques que lo martirizaban sin des-canso, eran la clara señal, el aviso oportuno de que algo, en algún instante, pasó, estaba pa-sando o iba pasar aquí en Gambote o en otro lugar del país o del mundo.

Pudo Granciano haber augurado tantas cosas sin importar lo difíciles que fueran. Tanto el robó del péndulo ojo de tigre, como el asesinato en El Cairo de Tarik El Sayed Kun, el clarividente egipcio que le enseñó interpretar los mensajes del péndulo habrían podido ser vaticinadas. El estallido de un avión en pleno vuelo y la bomba que destruyó el edificio de los encargados de velar por la seguridad, ocurridos cerca y en la capital del país, también pudieron ser adivinados. Quizá, el robo que ocurrió en el almacén de tela del rabino Elías David Musa, recién llegado a Gambote, y hasta la propia muerte por sobredosis de su amigo Mike Carter las hubiera también augurado. Pero no fue así.

Para quien, como Granciano Benítez, no ha hecho otra cosa más en su vida, que presumir de augurar, vaticinar o predecir, estos hechos eran, presuntamente, predecibles. Con seguri-dad, otros fenómenos más que ocurrieron, que estaban ocurriendo y que ocurrirían en Gam-bote, habrían podido ser avizorados con los más mínimos detalles y con antelación. Pero, no lo hizo.

La causa de esta desgracia bien podría haber sido porque los instrumentos que empleaba a diario en la clarividencia estuviesen dañados. También podría haber sucedido que, por las pesadillas de las que sufría, no los ensayaba con frecuencia, como debía hacerlo, antes de usarlos o por cualquier otra causa.

Pero Granciano era un hombre de cuidados. Sabía cuidar lo suyo. Así que el péndulo ojo de tigre, las cartas de Zander, la baraja española, la bola de cristal, el dominó astrológico, el maletín del profesor Abraham Van Helsing, arma eficaz para adivinar ataques de vampiros, funcionaban correctamente. Además, el canto del gallo anunciando los mensajes alectomán-ticos, era exacto. Tan exacto, que media Gambote creía y se guiaba por él.

Hasta la ventana corrediza, abierta en el techo del Salón de clarividencia, empleada en las consultar realizadas al firmamento y el Codex- Benítez, los cuadernos, fuente suprema del saber en la que los Benítez han plasmado lo que ha de saberse sobre Gambote y sobre todo lo existente e imaginable, además de la adivinación, estaban funcionando bien.

Nada anunciaba, pues, que pudiera existir algo real o sobrenatural que interfiriera la interpre-tación de los mensajes, a menos que existiera otra razón desconocida sin identificar.

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